lunes, 3 de marzo de 2014

QUE LA LLAMA NO TE ABRASE EN DEMASÍA.



     Si es como me dices, Zaide, que la llama del amor ha prendido en tí con pocas intenciones de abandonarte, procura, más que nada, que su lumbre no sea tan ardiente que te abrase en demasía; ni que desfallezcas a su conjuro tan presurosamente, con la gran ansia de amar y ser amado, que ciegue su resplandor tus sentidos, embarazando y trastornando tu mente hasta el punto de que no  aciertes a discernir lo que de más valor anida en la persona que amas.
    No sea que lo que crees oro  resulte al final oropel, cuida de no dejarte seducir sólo por el brillo, a la larga más que fugitivo, de bellezas y aposturas que engañosas te atraen, por muy deslumbrantes que parezcan. Busca con idéntico afán, incluso mayor, en las estancias recoletas de su alma, otras de menor ostentación, porque eso es parte de su valor, pero que bien visibles están con nada que  fijes tu atención. El buen corazón, la modestia o la cordialidad, si las tiene la persona a quien pretendes, esas sí que son prendas de gran valor y las únicas que, al contrario que las otras, nunca llegan a  fenecer. Si además de eso, el conjunto de aquellas exteriores y de estas últimas, más ocultas, adornan a la persona amada, podrás sentirte el mortal más afortunado de la tierra; pero cuenta y ten por seguro, que jamás lo serás si las virtudes de las que carece son las más necesarias: las del alma. Acertarás de pleno si es allí donde miras primero.

      

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