martes, 6 de febrero de 2018

       NO HAY CARRETERAS CORTADAS Y OJALÁ LAS HUBIERA.

      Con tanto blanco al alcance de la mirada, el de las nubes, el de los muros de las viviendas, el del horizonte, una sabana impoluta y sin rotos, incluso el que se instala en nuestra mente, dejándola in albis, sin otra cosa en que pensar sino en su impotencia para urdir pensamientos, lo que sorprende es que el supremo blancor, ese que únicamente es capaz de proporcionar, la nieve y su delicado y espumoso color, no haya hecho su aparición en estos montaraces lares, otrora corazón de profundas nevadas, porque en lo que se refiere a lo glacial de la atmósfera, esa bien que se ha adueñado de la ciudad. Con todo los elementos propicios para hacer su aparición, esto es, pureza del clima, enhiestas, numerosas y encumbradas montañas, y ese desplome de los termómetros, en los que apenas se distingue el temblor de los grados, sorprende que esa capa bienhechora de armiño, nos haya traicionado buscando el amor de otras ciudades. Ahora bien, como carreteras puede decirse que por estas tierras no existen, al menos nos llevamos la palma en proclamar con todo orgullo, que  carreteras cortadas no tenemos, y es un alivio, perdiendo, ganar en algo.  

jueves, 1 de febrero de 2018

          LUNA FRÍA AFRICANA

          Con una luna fría, africana, redonda a más no poder, dejando ver hasta las arrugas de su vetusta superficie, nos amilana febrero; un febrero, diríamos, febril por meter las narices en el corazón del invierno;  veremos si con intenciones de darle una patada a sus fríos y heladas para alejarlos, o bien, para  amamantarlos y darles ánimo para que persistan en congelarnos las ideas,  atosigarnos la osamenta y pulirnos las ateridas faces hasta dejarlas exangües.
           Las consabidas cuestas de su predecesor, teóricamente, deberían ir a menos, si no fuera porque hay subidas de un áspero y espinoso  camino, sin más remedio que hollarlo, como el de las eléctricas, que hasta bien entrada la primavera, nunca dejan de empinarse para más desgracia de los que nos acogemos a radiadores y braseros para no exhalar el último suspiro. Dentro de esa locura que de antiguo se le atribuye al mes, bien haría en sosegar los gélidos furores de la madre naturaleza, no ya porque el calor vuelva a nuestros afligidos cuerpos, si no por eso de las descomunales facturas con que Endesa y adláteres nos acortan no sé si la vida, pero sí que las pocas perras de que disponemos para hacer frente a los cuantiosos gastos que la dura la estación y los tiempos, como locos, nos demandan.