viernes, 26 de abril de 2019

ANTONIO ROMÁN, EL SERRANO QUE DERROCÓ A TRUJILLO

            Nada más contundente y severo, para trastocar el sesgo de nuestras bamboleantes vidas, que la irrupción de una guerra en ellas. Ni nada, con más virulencia que una conflagración de las características de la civil española, para sacar a relucir en los que intervienen, cobardías, heroicidades, u otras osadías o miedos que yacían latentes, y que, posiblemente, no hubieran llegado a aflorar sin el vendaval provocado por la contienda. 
            Como paradigma, entre muchos otros, bien podría servir el de Antonio Román Durán, natural de Montejaque, donde vio la luz primera en 1905. Médico militar desde 1925 y profesor de siquiatría en la Academia de Sanidad Militar, consta su afiliación al partido socialista en 1929. Pensionado por la Junta de Ampliación de Estudios de la República, el estallido de nuestra contienda le sorprendió en Alemania. En ella participaría activamente, ya ostentando el cargo en Guadarrama de Jefe de Sanidad del Ejército del Sur, como tomando las armas, siendo heridos en sendas ocasiones.
            Exiliado en Toulouse en 1939, casaría allí con otra refugiada, Rosario Domínguez, licenciada en Letras. Fue también lugar del nacimiento de la única hija del matrimonio, Rosario Román Domínguez.  En 1941, desde Las Martinicas, embarcan los tres para Santo Domingo, lugar en el que permanecerá hasta 1946, con sucesos dignos de figurar en cualquier relato de aventuras al por mayor.
            A la isla, en diferentes oleadas habían llegado entre tres y seis mil españoles, que no es que buscaran la tierra prometida sino que huyendo de la suya evitaban unas muertes, que aun acabada la fratricida guerra se contaban en España, de manos de otro dictador, en una represalia sin sentido y de innombrable crueldad, en mayor número que el componía este específico exilio.  Trujillo, acogiéndolos, perpetraba un doble juego, con todas las cartas a su favor: hacer gala de un falaz talante democrático, a la vez que se aprovechaba de lo más granado de los exiliados para mejorar todas las instituciones locales, a las que se fueron incorporando intelectuales de reconocida fama e historia.
            Por su parte los nuevos moradores, a los que no engañaba Trujillo, aceptaron de momento la situación, la más aceptable para poder ganarse la vida, la suya y la de sus familias, incluso firmando un manifiesto en el que le agradecían su actitud. Algo que, drásticamente, empezaría a cambiar unos años más tarde cuando la tiranía del dictador se hizo insoportable para ellos y para la oposición dominicana.
            Antonio Román, ejercía de profesor de sicología en la Universidad, cuando un episodio inesperado le hizo entrar de lleno en la lucha contra el dictador. En 1946, Antonio Bonilla Artiles, vicerrector de la Universidad, dominicano, que públicamente osó manifestarse a favor de democratizar el régimen, era herido de gravedad al salir de una sala de cine, por los esbirros de Trujillo. Refugiado en la embajada de Méjico, no encontraría más ayuda médica que la que le prestó Román Durán. Las consecuencias de su actitud no tardaron en llegar, Trujillo, que acusó al montejaqueño de haber introducido el comunismo en la isla, fue expulsado inmediatamente del país.
            Asilado ahora en Guatemala y declarado ya enemigo mortal de Trujillo y de su dictadura, no cejaría Román Durán en su pretensión de derrocarlo. Como primera providencia, fue autor de un manifiesto revolucionario que se distribuyó entre el pueblo dominicano, espoleándolo a que se levantara contra Trujillo. No contento con ello, participaría, como uno más en dos expediciones armadas que, saliendo de Guatemala, llegaron a Santo Domingo para enfrentarse a las fuerzas de aquél. La medida de expulsión de sus cargos como profesores de la Universidad y a varios del país, se haría extensiva en 1947 a una veintena de españoles, con el caso más conocido de la muerte del jurista Jesús Galindez, al que mandó asesinar en su apartamento de Nueva York, donde residía tras dejar la isla.
            En el aspecto cultural, asimismo en Guatemala dejarían huella el malagueño, introduciendo la sicología y creando el Instituto de Sicología e Investigaciones Sicológicas de la facultad de Humanidades, que el mismo dirigía. Derrocado el gobierno democrático en 1954, y divorciado de su mujer, volvería, puede que en ese año o en algunos más tarde, a España, para establecerse en la costa malagueña donde dirigió un centro geriátrico.

DIARIO SUR DE HOY
               
             

miércoles, 3 de abril de 2019

                                                          
TU REINO

            En el fútil reino de los sueños, abrumado de estupores, de cavernas tenebrosas, de rendijas sin fondo y pasadizos que a ningún lado llevan, es, cualquiera de nosotros, Zaide, el perenne monarca, aferrado al mullido lecho de un inamovible trono. Tus súbditos, miríadas de legiones enardecidas que conspiran con infinito furor para esclavizarte, subyugarte o enaltecerte; tu inacabable predio, un esotérico escenario, con millones de acres de tierras luminosas o sombrías, con abismos, palacios, centauros, extinguidas especies y seres inauditos que te adulan o hieren, que surgen y se desvanecen porque no son nada tuyo; donde campan a su impredecible aire, las escenas más fastuosas, más fantasmagóricas, más impronunciables, las persecuciones más feroces, las actitudes menos deseables, las fogatas que menos arden, los insondables piélagos en los que te ves sin remedio perecer, para no hundirte jamás.  
            En una rueda carente de redondeces, voltean cientos de cangilones, a los que desesperados te aferras para no ser presa de un vacío en el que no existen salideros, ni pretiles, ni agarraderos. Y cayendo andas, angustiado, desnortado, mirando caer a otros, perdido, gimiendo o riendo sin saber por qué, en una noche en la que no hay estrellas, ni montañas con sederos que alguna parte conduzcan, o en la que si atisbas presuntos caminos, se esfuman cuando a su pie estás, son caudales con ningún lecho y torrenteras con ninguna agua, que buscan océanos que nunca están.
            Tu reino, el que gobiernas sin saberlo ni gobernarlo más que en huidizos instantes, en el que eres rey y siervo a la vez, lo pueblan, a su soberano antojo, villanos y taumaturgos, que lo mancillan o enaltecen, magnates de un suspiro, que en ese menudo tiempo de sopor, cuando tú, su dueño, convocas a todas las dichas, a todo el conocimiento, a todo el amor, a todas las melodías, a toda la tácita paz que, insólita, cabe en un segundo, para que te socorran, se esfuman de súbito antes de aparecer, porque es un tiempo inabordable, inefable, inapresable, que, aunque ansías, nunca aprehendes porque nunca está a tu alcance. 
            Es tu reino, pase lo que pase en él, y pese a quien pese, que nadie te disputa,  y en él, allí, en las desasosegadas horas en que el sueño te ampara o te desespera, en las que todo se esfuma o empequeñece, eres tú, su indiscutible señor: un dueño que, en rigor, nada o poco manda.

            EN DIARIO SUR DE HOY

sábado, 2 de marzo de 2019


ARTURO REYES POR  LA SERRANÍA

            Entre los muchos méritos que caben atribuirle a Arturo Reyes como literato, habría que reconocerle, en destacado estadio, un amor por su tierra malagueña que, en su caso, además, no se detuvo, como en el de otros paisanos escritores, en la ciudad en la que vio la luz, llevándolo con idéntico fervor a los apartados rincones de la provincia poco tratados y menos conocidos.
            El gusto por lo que estando tan cercano, tan remoto y desconocido aparecía, se plasmaría con especial brillo y colorido en el montaraz y soberbio escenario de la Serranía rondeña, actuando, incluso, ante sus amigos de oficio como ilustre difusor de una rutilante atmósfera, cuyo resplandor quería llegara también a ellos.
            En este empeño, para su personal historia, la de sus acompañantes y la de la literatura andaluza, han quedado los avatares de esa excursión de unos días en la primavera de 1910, en tren con destino a Jimera de Líbar, y, luego, a caballo, riberas del Guadiaro adelante, emprendida en unión de Narciso Díaz de Escobar y Antonio Nicolás, autor del jugoso relato del viaje. 
            No es solo Jimera, de la que cantará sus encantos Reyes, con un largo poema en octavas, recreando un idílico ambiente pastoril, igualmente presente en su aplaudida novela Cartucherita, sino que toda la Serranía será para él sitio de observación para idear personajes y escenarios en sus abundantes novelas y cuentos.
            Con argumento que se desarrolla en Ronda, hallamos el cuento titulado Al borde, con acción que tiene lugar en el Tajo, donde un grupo de personas se descuelga por el abismo con cuerdas buscando nidos de águilas. El tema de los contrabandistas y su persecución por los escopeteros o guardia civil, está en el titulado Entre breñas, presentando tipos muy de su tiempo y de la tierra:
            “Tos los de Gaucín y los de Igualeja, y los de Jimera, y los de Arriate conmigo por si sa menester pararles los pies un rato a esos caballeros” (sus perseguidores).
            Con parecida atmósfera, pero esencialmente girando la acción en torno a una gentil serrana, Mariquita Rodríguez, transcurre la novela corta en tres capítulos, de nombre La niña de Montejaque, con el que su autor quiere reflejar el indómito carácter de los nativos, puesto en evidencia en cientos de históricas ocasiones, aunque muchas no trascendieran todo lo que merecían: pero sí que bien lo resalta él a propósito de una conversación de la protagonista con su tía, a quien quieren quebrar la voluntad para contraer matrimonio con quien no desea: “… pero es que yo no quiero casarme; primero, porque no hay mozo que a mí me tire pa tanto, y segundo, porque yo no necesito de nadie pa que ni a usted ni a mí nos falte nunca trigo en el troje…”.
            Bien retrata Arturo Reyes, con veraz pincelada, la casa de Mariquita, igual a la de tantos pueblos de esa Serranía medio ignorada todavía hoy en día y en los que no mucha mudanza han traído los tiempos, en las “que fulge el sol en ventanas, en las blancas paredes, y en la blanca techumbre”, con mesas de pino, sillas de enea, “y dos o tres macetas de rosas y claveles… delatando la mano incansable y pulcra de una mujer hacendosa”…

 Diario SUR de hoy.

             
            
                       

lunes, 28 de enero de 2019

CONTAR ESTRELLAS Y CUADRARLAS ES DE DIOSES



            En nuestras febles luces, briznas que perplejas otean el vasto universo, imaginarnos podemos que, en el perenne asueto que les deja el gobierno de sus eternidades, los dioses matan su tiempo jugando a contar los millones de estrellas que los rodean; su número exacto, ni una más ni una menos, un recuento del que ni una de ellas escapa.
            Aunque torpemente y cada uno con sus fuerzas, un cierto remedo nos cabe a los humanos. En el empeño, de desear sería que esotéricas fórmulas ayudarte pudieran en esa ingente locura  de contar astros, de acotarlos. Como utópico eso es, Zaide, para calmar tu sed de aprehender magnitudes que humana medida no tienen, te propongo esta voluntariosa simulación:
            En la augusta calma en la que moran las densas sombras, mejor si el silencio impera, elige mirando a las alturas una parcela de cielo. A diestra o a siniestra, es lo de menos, ni muy amplia ni muy henchida de astros, para que sobre ella un mínimo dominio visual ejerzas. Te recomiendo, no te extralimites en eso de la elección de la etérea superficie, por lo que te he dicho y porque por nimia que sea relucirán, cegadoras, deslumbrándote, como áureos doblones medievales, miríadas de estrellas.
            Fija, luego tus ojos, con gran esmero, en quince, veinte, o treinta, como mucho, de ellas. No es una lista que se diga cerrada, ya que alguna puede colarse o fugitiva huir; pero en las que se  mantengan inamovibles tendrás que aplicarte para intentar lo que te sugiero hagas después:
            Lo más peliagudo, como en todo, es el comienzo, ya que has de conseguir colocar la imagen de los que amas, una a una, con harto celo y ambición, no hay que decirlo, en cada astro, sin descartar, desde luego, a los fallecidos. Será cuestión de meses, puede que de años, pues ardua y parsimoniosa es la tarea, dependiendo también del fervor y del período de tiempo que cada noche le dediques; pero a la larga, con esa infinita paz que desprenden las tinieblas, cuando llegue el momento,  éxtasis que no es para contar, será una gloria casi cercana a la de los dioses, ver aparecer en tu estrellada parcela, en la faz de dos, tres docenas de ellas, la de tus padres, la de tus hermanos, la de la madre de tus hijos, la de los hijos de estos, componiendo un friso que no es para contar, un santuario de santuarios a tu solo alcance, que es y no es de este mundo,; sí, tal vez, de ese otro que, queremos creer, más temprano o tarde nos espera.


lunes, 21 de enero de 2019




Los trabajos serranos de Miguel de Cervantes


            Nimbado con sus méritos literarios, cuesta a veces creer que Cervantes, aparte de su vida de genial escritor, tuviera, sin aparente relación con esta, otra menos conocida, llena de penurias y desilusiones, como cualquier humano. Y es que su obra como escritor, y sobre todo ese monumento para entender con una única lectura, sin buscar más, el vecino mundo de reír y llorar, conociéndolo de su mano, que es Don Quijote, de tal modo idealiza la figura de Cervantes, que solo la retratamos en nuestra mente como urdidor de un mágico friso de sueños e imperecederas historias, olvidando la más material y real.
            No hace falta decir, sin embargo,  lo azarosa y compleja que fue la última, de lo más agitada, aventurera y sufrida, con cientos de peripecias y destinos, de aquí y allá, donde le llevaba su sino, coadyuvando de paso, con miles de ideas y de mimbres, a la creación de su novela cumbre, ese resplandeciente cesto sin fondo en el que todo bulle y emociona, en el que todo cobra sentido sin, al parecer, pretenderlo.
            En esa batalla interior entre comer y escribir, y en su deseo de, al menos, poder compaginar ambas actividades se inscribe por su mayor biógrafo hasta hoy, Astrana Marín, el empeño de Cervantes por encontrar un empleo de cierta autonomía y bien remunerado, sin la molesta cercanía de superiores y con tiempo libre par escribir o ir dando forma a sus proyectos literarios. Acogiéndose a amigos influyentes, un día de agosto de 1594, cree Cervantes encontrar si no el empleo ideal sí un buen sustituto, cuando es nombrado comisario o encargado de cobrar impuestos de tercias y alcabalas, que tenía pendientes de ingresar las arcas reales en el reino de Granada. Obligado quedaba, en el ejercicio de su oficio Cervantes a recaudar lo adeudado en el plazo de 50 días, cubriendo ocho leguas, al menos, en cada uno de ellos, o unos cuarenta y cuatro kilómetros, sin que se contara en ese período los obligados viajes a la Corte a rendir cuenta al Rey. Las  partidas eran siete, correspondientes a ese número de zonas de Andalucía. De un total adeudado a las arcas reales de 2.459.989 maravedíes, entre ellas la de 454.824 maravedíes correspondientes de las tercias de las tierras de Ronda.
            En noviembre, la deuda general estaba cobrada, siendo la de Ronda la única en la que todavía estaban pendientes de cobro 24.975 maravedíes, que según el escribano de Felipe II en Ronda, Sebastián de Montalbán, se debía a un error de la contaduría real, que pretendía cobrar más de lo debido. En cualquier caso, mientras se aclaraba el desfase o no, como cumplido estaba el plazo, de pedir hubo Cervantes al Rey una ampliación de este, que le concedió 21 días más de estancias en nuestras tierras. No obstante, Cervantes, con la salud debilitada, en esta última etapa dejaría en manos de su ayudante Nicolás Benito la tarea de recaudar lo reclamado; decisión que lamentaría pues el asunto llegará a enredarse de tal maneras como para darles inesperados quebraderos de cabeza y poner la Hacienda Real en duda la efectividad de su nombramiento como recaudador.
            Es cuando menos digno de comentario, el destino que se la daba a la provisión de trigo de las tierras de Ronda y de las poblaciones que comprendía, con los impuestos reales dichos, que no era otro que el de harina para fabricar bizcochos, uno de los alimentos esenciales, además de garbanzos, habas y queso, para los marineros y soldados de las galeras en sus viajes a América y a otras colonias, de las numerosas que España tenía en la época. Que la más importante fabricante de bizcochos, y también receptora de estas cosechas fuera una sevillana, Magdalena Enríquez, casada, de más saberes que los de hornear pan y galletas, pues, algo raro en una mujer entonces, sabía leer, escribir y echar cuentas, ha dado que hablar a sus biógrafos.  Normal era que Cervantes con ella se entendiera para asuntos relacionados con su actividad de recaudador y el destino que se le daba a las mieses; pero, parece que, igualmente,  otros menos sólitos y  lícitos entraron en el mercantil intercambio en juego, añadiendo nuevas páginas al capítulo de la vida amorosa del preclaro genio.

En el Diario Sur de hoy día 21





             
            
            

miércoles, 2 de enero de 2019

POR DOQUIER PREGUNTÉ

            Al hosco viento del norte, el de afilado cuchillo, pregunté por su morada, de dónde llegaba, si su casa se alzaba al amparo de campos bardados de espinos, junto a bosques impasibles que huían de hirientes luces, ajenos a la mirada y voracidad de otros seres, junto a la cálida compañía de amables brisas; si auriga era de algún desconocido amo, y si este, cada madrugada, con el sol aún madurando los rayos en su alcázar de fuego, le daba las órdenes precisas de suelos en los que galopar, dónde soplar y a que lugares con más saña azotar. 
            Calló y no me contestó.
            A la mansa y apocada aura del sur, la de dulces pregones, le inquirí sus orígenes. Si es que nacía de la inacabable placidez de noches con luna llena y bandadas de estrellas amasando con ninguna prisa el silencio magnánimo del universo infinito; o bien, nacía a lomos de ondas maternales, en piélagos de sostenida galanura, no quebrados por corrientes traidoras que empañaran la quietud de sus aguas serenas.
            Calló y no me contestó.
            Al cantarino arroyo, que con apresurado paso, acunando en su seno baladas de tiernos torrentes, por un manido sendero de honduras y riberas de densas frondas, enfilaba su ancestral y manida ruta hacia un destino inamovible, por no gozar de otro, le pregunté si en tantos miles de años, en tantas centurias, en tantas millones de fracciones de tiempo, alguna vez, en algún milagroso instante, dispuso de la mínima ocasión de trocar su infalible destino, de verter su límpida y rumorosas corrientes en otros ríos, en otros mares que nos fueran los de siempre.
            Calló y no me contestó.
            A la rosa, venero de sedas, carmines y fulgores de fiesta en sus pétalos, que atraía fogosas miradas y vendía miríadas de poesía a trovadores para su florido reino; que lucía en sacros altares, en virginales coronas de esponsales, en desfiles de gloriosas victorias, y en estancias imperiales, pregunté si valía la pena ser reina en un luminoso momento, para no ser nada en el siguiente, sin trono, adoradores, ni serviles cantores, condenada a marchito penar.
            Calló y no me contestó. 
            Al andrajoso eremita, en la silente fragosidad de riscos y desnudas rocas, en las que se refugiaba, apartado de los suyos y de un desgajado mundo, cuando hacía un alto en sus rezos y meditaciones, le pregunté si imprescindible era que hubiera que verter lágrimas para esperar que otra vez la risa aflorara, si enfermar para sanar, si dormir para despertar, si desengañarse para creer, si nacer para morir.
            No me contestó, pero sí que con la mirada me mostró su cueva.


             Artículo en Sur de hoy


domingo, 16 de diciembre de 2018


            DE EFEMÉRIDES MALAGUEÑAS Y CORAZONES DE VIRREYES 

            Un trabajo, puede que no suficientemente valorado, pero de cierta importancia para el estudio de la historia de su tierra es el que llevó a cabo José Luis Estrada Segalerva en Efémerides Malagueñas; una obra enciclopédica en la que su autor debió emplear cuantiosas horas y una inagotable voluntad para recoger, desde el siglo XV, un interminable friso de sucesos acaecidos en suelo de Málaga y su provincia; de heterogénea naturaleza, ya que junto a los de un innegable valor histórico, datando el origen y agonía de  guerras, revoluciones, de nacimientos y muertes de ilustres figuras de la literatura o del arte, o de fastos de diversas índoles, dignos de resaltar por su originalidad o rareza, se mezclan noticias de crímenes horrendos, aunque todos lo son, de capturas de bandidos o de tropelías cometidos por estos, de incendios, epidemias, terremotos, derribos, o inauguraciones de sedes ya hoy desaparecidas, pero que en su tiempo pudieron llamar la atención general. 
            Un conglomerado de datos, en suma, que, en palabras de su autor, si individualmente no podían tener un gran interés, sí que “enlazados”, reflejaban “épocas y décadas en sus esenciales vaivenes históricos”, los que ofrecían cuatro volúmenes con más de 1700 páginas, repletas de hechos, nimios y gloriosos.
            Después de años dormidos en lo que se supone, para llamarla de algún modo, nuestra particular biblioteca, nos ha atraído de golpe, en una visita protocolaria, la variedad de amarillos que se han prendido a cada una de sus cubiertas; un algo esperado, por cumplir ciertos años de vida, y, otro tanto, por su persistente encierro, más cruel y prolongado de lo que, por fas o por nefas, tendríamos que haberlos sometido.
            Aunque gran parte de las Efemérides tienen a Málaga capital como destinataria, en menor medida, igualmente, miran hacia horizontes del interior. Entre otras, no deja de tener su relumbre esta en la que nos detenemos, de un 7 de febrero de 1760, en la que se da cuenta de la muerte en Méjico de Agustín de Ahumada y Villalón, su virrey, y de que su corazón fue enviado a su tierra natal, para que fuera depositado en la capilla del Rosario del convento de Santo Domingo.
            No parece que estuvieran atadas a disposiciones testamentarias estas insólitas exequias, con la salomónica partición de los restos del difunto; más es de imaginar, la presencia de su esposa y sobrina, María Luisa, la que, con la mitad de años menos que su esposo, aportó al matrimonio el marquesado de las Amarillas, sus riquezas y posesiones, su estallido de juventud, y más de un gesto de adelantada a su tiempo y a su condición femenil: lo más material, pensó, sepultado en la ciudad desde la que gobernó un inabarcable hispano imperio, para memoria y honores de los fieles que allí aún tuviera; lo de más valor en vida, su marchito corazón, con lo que de espíritu o alma todavía conservara, a su tierra rondeña para que si otra existencia ultraterrena había, que de algo le sirviera el coral de jaculatorias, de himnos religiosos y de cantos de contrición, a todas horas, ya desde prima y maitines, en el que constantemente las voces de los monjes lo sumergían.
            Más fortaleza que monasterio, se erigía el convento, todavía sin puentes mediadores, señalando la frontera entre ciudad y campo; su pie en suelo firme y su fábrica fija en la nada que emergía del sombrío e ingente boquete del Tajo,  Hades y Tártaro de un inframundo de cañones, peñascos y angosturas. Está por ver si los de la orden actuaron en el convento como verdugos de la Inquisición; si así fuera, no más tortura necesitarían que asomar sus acusados al precipicio, en cuyo fondo, de no abjurar de sus maquinaciones, podrían en nada de tiempo hallarse.
            Enterrado en sitio hoy en día ignorado el corazón del fenecido virrey, transcurridos unos años, no demasiados, otro distinguido ocupante, -sus restos queremos decir- vinieron a pedir eterno reposo en la misma capilla del Rosario, estos con más aparato que aquel, pues depositados fueron en un túmulo si no de extrema grandiosidad, sí con mármol, que era de la tierra y a la vista de quien quisiera visitarlo: los de José de Moctezuma y Rojas, nada menos que descendiente directo y nieto del emperador azteca de ese mismo apellido.  
            Una peregrina cita post mortem de dos razas y dos culturas, en el recogimiento de los muros de un templo.  Un peregrinar de vidas y azares con su migaja de romance añejo, dentro de esa aventura mayor de la España descubridora y que no dejaba de tener su ínfima moraleja; no ya de nuestro imprevisible destino en vida, sino la de nuestros restos; y eso, por muy perdido que ande, en espera de un menor descubrimiento, entre arruinadas criptas y pedruscos, casi en comunicación con las   abisales profundidades vecinas, el yerto corazón de Agustín de Ahumada, el rondeño que llegó a virrey.  


Diario Sur de hoy.
            
            
               
             

jueves, 13 de diciembre de 2018

     MALÉVOLO OTOÑO

    Asoma su ceño más malévolo el otoño, que es ahora mismo nada más que enfurecido y desatado invierno, con todo lo que a la vista queda emprendiendo un vuelo de desorientada e inexperta ave a la que han dejado sin su guía, porque un ventarrón, que es levante y poniente, aliados andan para que nula protección contra una lluvia que también se mece en el regazo de esos vientos, aporten  paraguas, chubasqueros, gabanes y hasta gorras, que se dirían portan alas.
    Se esfumaron con prontitud en otras clases de fugitivos soplos, esos días de soles imprevistos y de brisas casi sofocantes, que eran como un oasis venciendo a la aridez y dureza con que nos venía sometiendo la estación; un ir de aquí para allá la naturaleza y nosotros, que a duras penas nos adaptamos a su enloquecido vaivén;  que nos confunde y nos desanima. El tiempo,  qué duda cabe, obediente acólito es,  y como los sueños, va y viene, animando o desalentando, dejándonos siempre un regusto de insatisfacción, de no sabemos qué búsqueda, de qué ignotas y verdes praderas que nunca llegan.

miércoles, 5 de diciembre de 2018


EN MEMORIA DE JOSÉ MANUEL MONTES

            En este día húmedo, sin soles y apenas luces, ha muerto José Manuel Montes, amigo de todos, y algo se nos quiebra a nosotros, que también de él lo fuimos, pensando que su eterna sonrisa, que su pausado andar y sus muchos saberes, ya nunca, en fortuitos encuentros callejeros, tendrán lugar.
            Amaba a rabiar, José Manuel,  a los libros y a Ronda, y por esta última en mil batallas estuvo en lid, de cuyas victorias nunca quiso presumir, pues eso no era lo suyo. En cuanto a los libros, media vida se pasó persiguiendo historias que hablaran de estas tierras, acumulando obras que de algún modo las tratara, hasta trocar su hogar, el antiguo y el reciente, más en refugio de ellos que de personas.
            Si de algo interiormente se sentía orgulloso, era, haciendo honor a su apellido, ligado a sierras y picachos, de emprender grandes caminatas que le conducían si no por montes, si por verdes collados y sinuosos vericuetos serranos. Y cuando de estas tierras no hubo trayecto o trocha que no conociera, cubiertas todas, las de otros horizontes a veces acompañado, a veces solo, emprendió.
            Con salud debilitada, hace unos meses quiso pasar los postreros meses de una existencia que preveía se acababa, en repentina mudanza, a una vivienda de cara a la Alameda, para mejor contemplar las fogosas auroras y los premiosos amaneceres, de los que hablaba con tanto entusiasmo como si les perteneciera, como un artesano pregona sus creaciones. Pero, igualmente, nos comentaba el desafuero que se estaba cometiendo con lugar tan esplendoroso e insólito, al que durante el día, ni un minuto, se dejaba parar con celebraciones que nada más que ruidos y estropicios por doquier dejaban a su paso, y últimamente, con la realización de una entrada con horrible barriga de cemento de surcos, que a bien a las claras hablaba de la insensatez de los que encargados de su cuidado, en otras cosas piensan.
            Como provisto de un salvaconducto de bondades y bien hacer te marchas, no nos cabe duda de que, si para llegar ahora a inmarcesibles prados y nemorosos bosques, has de cruzar estigias lagunas y encarar la faz de feroces cancerberos, sin el menor peligro las navegará y salvarás. Es lo que, dilecto amigo, te deseamos.

            En Revista Puente Nuevo, presentada ayer

martes, 4 de diciembre de 2018


EL CICERONE MUDO DE D’ORS

            Es un otoño falaz y cicatero, de turbiones y bóreas, un otoño que no lo es, sino desmadrado invierno; que nos priva de lo que suele ser su esencia: alígeras nubes navegando en bandadas por cielos añiles, velando y desvelando rocas y cumbres, y un constante trasiego de apagadas pero miríficas luces. Un otoño que nadie diría que lo es, mas que esta mañana, para que no se diga, muestra su botín de irisadas hojas, marchitos y recortados corazones, o nimias piraguas sin timonel, poblando un suelo aún húmedo, el de esta Alameda, abierta a cien montañas, a cien serranos horizontes, puro cristal esta mañana un si es no es otoñal.
            Ramonea el sol, despertando frondas y árboles ateridos y llega la vida, mansa y callada. La confunde, desorienta y quiebra en su augusta quietud, un tropel de voces, en realidad un informe griterío de grupos de turistas galos, germanos, orientales; y más que nada las de sus guías, parlanchines sin tregua, que se detienen aquí y allá, muy puestos de su papel de capitanes de una grey a la que toca más que mandar, seducir.
            Y para eso nada mejor que hacer gala de una facundia, que, las más de las veces se nos antoja a los que únicamente observamos, hiperbólica, fraguando historias en ocasiones reales, casi siempre ficticias, y de estas, unas creíbles y otras muy difíciles de asumir. Un parloteo que se intensifica ante las figuras en piedra o en bronce de toreros y majas, y que ni siquiera para ante esa desbocada belleza que se despeña o despliega montaraz, revoleteando por una naturaleza tan próvida como acogedora.
             Espectador de ese incesante y plural vocerío que lanzan a la mañana la pujante aglomeración de trujamanes, recuerda uno el episodio que en sus Glosas refiere D’Ors, impenitente viajero de muchas tierras, y también de estas, en las que a comprobar vino que los artesanales cierros rondeños no eran sino abultados vientres de unas viviendas ahítas de sol y cal; pero también, para aprender él, maestro de viajes, que no había cicerone en el vasto mundo, más de envidiar y eficaz, como el chiquillo sordomudo que le acompañaba en su peregrinaje por Ronda, al que acabaría comprándoles unos zapatos para suplir a los harapos que le servían de calzado. Unos golpecitos en el hombro, como previo aviso, y el infantil índice del pequeño, enderezado, le señalaba lo que había que admirar, todo un poema de callado cuño, como el mismo chiquillo.

SUR DE HOY