viernes, 18 de diciembre de 2015

POR DOQUIER PREGUNTÉ


    Al hosco viento del norte, de sutil hoja, pregunté por su morada, de dónde llegaba; si su casa se alzaba al amparo de campos bardados, junto a bosques impasibles, que huían de hirientes luces, ajena a la mirada y a la voracidad de otros seres, junto a la cálida compañía de otros vientos; si auriga era de algún amo, y si este, cada madrugada con el sol todavía madurando en su alcázar de fuego, le daba las órdenes precisas de los suelos a recorrer, dónde soplar y qué ciudades con más bravura azotar.
      No me contestó.

      A la mansa y apocada brisa del sur, la de dulces pregones, pregunté por sus orígenes; si es que nacía de la interminable placidez de noches con luna llena y bandadas de estrellas amasando sin prisas el silencio magnánimo del universo infinito; o bien si a lomos de ondas maternales, en piélagos de sostenida galanura, no quebrados por naves de desconocidas razas, ni por soterradas corrientes que empañaran la cristalina quietud de sus aguas serenas.
      No me contestó.

      Al cantarino arroyo, que en baladas de tiernos torrentes, en apresurado paso, por un excavado sendero de honduras y riberas de espesas frondas, enfilaba su ancestral ruta hacia un destino que siempre era inamovible por ser el suyo, pregunté si alguna vez en tantos miles de años, en tantas centurias de centurias, en tantas fracciones de millones de partículas de tiempo, alguna vez, en algún privilegiado momento dispuso de una mínima ocasión de trocar su sino, de verter su límpida corriente  en otros que mares que no fuera el de siempre fijado.
       No me contestó.

       A la rosa, venero de sedas, carmines y fulgores de fiesta, que atraía fogosas miradas y mercaba poesía para un reino florido de fugitivo paso y trovadores; que lucía en altares sagrados, en virginales coronas de esponsales, en desfiles de victorias y en imperiales estancias, pregunté si valía la pena ser todo para, al instante siguiente, no ser nada; si ser monarca por unas horas para, a poco, sin trono ni aduladores súbditos, ahogada de marchitos pétalos, ni el recuerdo de su esplendor quedara.
       No me contestó.

       Al andrajoso eremita, en la silente fragosidad de riscos y desnudas peñas donde se refugiaba, apartado de todos, en un momento en que hacía un alto en sus reflexiones, pregunté si necesario era que hubiera lágrimas para que la risa aflorara, si enfermar para sanar, si dormir para despertar, si sufrir desengaños para creer, si nacer para morir.
         No me contestó, pero con la vista me señaló su cueva.

     

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