sábado, 24 de noviembre de 2018


EN TROPEL, FANTASMAS EN EL TAJO

            De los que rodean y se miran en las oquedades del abismo rondeño, pocos caminos quedan vírgenes de humos, motores y suciedades de las que los humanos vamos dejando, en una forma u otra, a nuestro paso. Sí que esa pureza aún incontaminada, puede verse en el llamado de la Virgen de la Cabeza, un camino que a ratos serpentea, otras se hunde y a veces gatea; un camino que se diría que no va a  parte alguna y que solo nació para eso, para ser sendero maternal de lo que todavía es: de luz, de silencio, de paz, de arrullos de pájaros en sordina; que apenas turba, cuando ocurre,  el seco y campesino arañazo de una azada a la gleba;  una ingente atalaya, por demás, a las montañas y a la ciudad que idealizada, enriscada,  superada, alejada y algo perdida queda.
            No está, sin embargo, el camino desprovisto de ocupación, pues a un tercio de su andadura, la constancia de unos desperdigados muros, cascotes, con torreones abatidos y sendos en pie, permiten, más que mostrar, adivinar, el pasado asiento de una edificación, no cualquiera, y con un peregrina historia, según veremos.
            La espléndida mansión, ya que eso fue durante años, cabe asegurar, nació, a partes iguales, del amor y de la desesperación, que una salud en las últimas, sin remedio de durar, la de su amada, provocó en su esposo, un ingeniero cordobés. Alzada fue la soberbia vivienda en la posguerra con leves esperanzas de que el edénico paraje, en la vecindad de pinos y de olivos, en el que todavía subsistían torres e ingenios de otras culturas, aunado a la vivificadora atmósfera, de suprema limpieza, fuera capaz de detener una incontenible tisis de frenético avance, de la que ya hablaba su condición de galopante; de obrar el milagro de la curación. El fatal desenlace, no obstante, no tardaría en llegar.
            Abandonada la casa y su imposible sueño por el apenado cónyuge, de su estancia y de la que fue su mujer, en el frontispicio de la vivienda, quedaba el recuerdo del nombre con que se la denominó: Villa Apolo,por el de ella, Apolonia. Dioses por medio, y diosa para su esposo la amada, para concluir, como siempre ocurre, que nada más que de  humana cuna procedía ella. 
            En unos años, a la par que una lenta pero perceptible destrucción, otros circunstanciales habitantes se encargaron de ocuparla, felices de que nadie les llamara al orden: vagabundos, pastores, mendigos y vendedores ambulantes, con poco dinero y contentos de no tener que pagar hospedaje en lo que para ellos era uno de lujosas y rutilantes estrellas.
            Todo hasta que pasado un tiempo, ya con algunos visibles desperfectos internos y externos, con nula explicación, la vivienda vino a quedar desierta. “Embrujada está”, se comenzó a decir por boca de los dueños de hazas y huertas cercana: esa era la explicación. Aquelarre de espíritus que con las sombras celebraban sus moradores del más allá; tal vez, para los más leídos, los espectros de Bomberg o Rilke, recreando paseos,  cuadros o versos que les inspiraron la galanura del lugar; tal vez el de Apolonia, queriendo prolongar una estancia que tan efímera la fue. Lo cierto es, que, más de una vez, a oídos de los que volviendo tarde de arar o cosechar, habían llegado con absoluta claridad notas de piano y ruidos grandes, chirridos de puertas y ventanas, por no hablar de una espantosa frialdad que hasta el sendero envolvía.
            Pausada, pero con implacable saña, abajo se vino, en casi su totalidad, la estructura del edificio. Varias veces mudó de dueño la propiedad con sus anejas tierras, compradas al final por un arquitecto, con la intención de edificarlas. Un malhadado día, y un gobierno municipal que nadie recuerda, y para qué recordar, dio por bueno el expediente presentado por aquel, autorizando el sitio como idóneo para la construcción de no sabemos cuántas viviendas, pero abundantes. Tras unos años con una cierta oposición municipal a que el vergel se convirtiera en suelo de apiñadas casas, hace unas semanas, el visto bueno ha llegado para los herederos del arquitecto y para la segura construcción en Villa Apolo de un llamado “complejo hotelero”; a nuestro entender, se mire como se mire, una puerta de par en par abierta no al valle y al abrupto paisaje, sino a futuros estropicios del paraje y del camino; a la ya imparable entrada de fácticas estantiguas, fantasmas reales, materiales, que en mantillas dejarán a cualquier espíritu, de los que, pobres míos,  sin causar mal a nadie, buscando su célico rumbo, por allí, pero por poco tiempo, todavía merodean.

            En diario Sur de hoy

                
            

lunes, 19 de noviembre de 2018

      CAE LA LLUVIA

      Con la obcecada insistencia y firmeza de todo un mes, de toda una estación, se precipita la lluvia hoy, esta tarde cuando escribimos, como ayer, como anteeayer. Cuando no cae de forma insoportable, como hace unas semanas, en verdaderos torrentes y cascadas,


y en unos minutos lo que debiera en unas horas, no es necesario decir que beneficiosa es, para los campos, para la vida, para abastecer hogares y ríos.
     Aparte de todo, lo que la estación ya bastante avanzada nos está dejando es un otoño sin otoño, sin algo que le pertenece, como son sus volatineras nubes, sin sus tamizadas luces, sin apenas pájaros y casi sin colorido de los árboles y en sus hojas, sorprendidas ante ese aluvión de los cielos, tan cerrados como entradas de mansiones árabes en la costa.
      Esta desapacible, húmeda y tenaz atmósfera, qué duda cabe, tiene sus malsanas influencias, alterando la función de nuestro organismo y mente, como bien ha podido ocurrirle hace un par de días al protagonista del suceso de Martinez Astein, tomando lo que no era por lo que él creía que era. Sin entrar en más averiguaciones, que no nos competen, lo que se puede pedir en estos casos, es que nos veamos libres de ofuscaciones como la dicha. Y de las fotos que sin pedirlas nos llegan, tenemos presente  la que aparece Javi, que a duras penas se gana la vida con lo que vende en su kiosco, y que no solo tiene que hacer frente a los pasajeros que allí mismo en bandadas esperan el autobús de línea, sin intención de gastarse un euro, sino que con cosas como estas, que más allá de temer que un día se lleven su kiosco por delante, poco le importan,  se ve acosados a preguntas, en vez de, como querría,  vender más periódicos, más revistas. Así es la vida.  

martes, 6 de noviembre de 2018

EN EL INFIERNO DE LAS ELECTRICAS ARDERÁS

        Este mundo nuestro convirtiéndose está en un verdadero infierno en cuyas llamas nos quemamos los pobres usuarios de compañías tan mezquinas y monopolizadoras como es la de Endesa. Si muchas familias, ante lo desorbitado del precio de la luz, temblando cuando llegan las malditas facturas, han de optar entre comer o calentarse, ocurre en Ronda, en este pantano de trampas por doquier en que se ha convertido nuestra ciudad, que para la más mínima gestión relacionada con la electricidad hogareña, necesario es hacer acto de presencia en sus oficinas; algo que carecería de importancia si sus instalaciones no se encontraran a varios kilómetros de distancia de la población, como es el caso, entrándose además cuando se llega en el complejo universo en que se mueven aquellas, con una única empleada para atender a una clientela que nunca baja de un veintena de personas, y, ¡vaya ejemplo para una eléctrica! sin calefacción alguna en sus oficinas. Uno piensa en esa pobre gente, vieja y pobre, que si no tiene dinero para pagar facturas de luz, menos aún le sobra para pagar ese taxi que les conducirá a las gélidas salas de la Sevillana.
         Y creemos que en algo que toca tan desventajosamente a la sociedad más deprimida, también sería cosa que de que interviniera nuestro ayuntamiento, algún departamento con concejal, entre tantos, habrá que le corresponda mediar en estos casos, ¿ No es así?

viernes, 2 de noviembre de 2018


LA CIUDAD APARTE DE ALFONSO CANALES


            El nunca bien loado Alfonso Canales, en un pregón para la historia de la feria de Ronda de septiembre, bien avanzados los años sesenta, comenzaba su lección de oratoria literaria, pura maestría poética, acudiendo a una frase en la que, entendía, quedaba atrapado para desarrollar el germen de su disertación posterior, como con magistral sabiduría haría: “Señoras, señores, Ronda es aparte”.
            No es nuestra intención referirnos, más de lo que con brevedad hemos hecho, a ese pregón histórico y frase con la que el poeta quería certificar la rareza urbanística y monumental de una ciudad distinta, aunque confesemos que en toda su extensión latente nos quede la memoria de aquel acto; pero sí que, hoy, transcurridos medio centenar de años, bien que nos gustaría emplearla en un sentido muy distinto, peyorativo, si se quiere, mas acorde con la realidad, para, una vez más, dar cuenta del absoluto silencio con que en el lugar en que lo vio nacer se recuerda el IV Centenario de la publicación por Vicente Espinel de su Marcos de Obregón.
            Necio sería por nuestra parte proclamar, cuando tantos y con mejores palabras lo hicieron, las virtudes de una obra que encuadrada está entre las mayores de la literatura española, si no fuera ya asaz defensa decir que tras quinientos años siguen vivos sus personajes, cuentos y trapisondas.
            Y si extraña la actitud de, llámese impericia, ignorancia o menosprecio, mostrado por el consistorio e instituciones rondeñas, incluso rechazando la actuación propuesta de una compañía de comedias que representaba en los escenarios de varios lugares de España y en el de Almagro,  el Marcos de Obregón, más aún sorprende la actitud de la Universidad de Málaga, con aireados Cursos de Verano en Ronda y actividades adicionales, sin que en ninguno de ellos se tuviera en cuenta la celebración. Y de lamentar es, pensando que si la vapuleada cultura propia, la que manejan universidades, municipios e instituciones, cuando pasen otros cien años va a estar de mejor faz,  que no estemos para dar fe. 




SUR DE HOY 2 DE NOVIEMBRE  
               

jueves, 25 de octubre de 2018

GOTA MALDITA, GOTA BÍBLICA

Pues, aunque sin voz durante un tiempo, ¡Vivos estamos! Algo que hace unos días, cuando empezaron los cielos a despeñarse, a hundirse, a buscar una hermética fusión con los suelos, podría ponerse en duda. Y es que no era desatino pensar que esas trombas de agua, como si la que cubren los mares hubieran huido a los cielos para precipitarse luego aunadas, en terribles hordas y desigual fiereza, que podían acabar con todo y con toda vida por estos lares,  y por los demás, porque por etapas y lugares va la cosa; tal vez, en espera de un renacimiento en el que una nueva raza trate como debería a este apaleado mundo. Su cumplida venganza a ese trato se toma la naturaleza, acudiendo esta vez a esa denominada gota fría; gota maldita, gota que, en muchos casos, además de destrucción, es de muerte; pero que más que nada, gota que otra vez avisa, a descomunales voces, que la hermana que venga más amarga y más gélida, con todo lo que la palabra entraña, será.

miércoles, 17 de octubre de 2018

            EL INSTITUTO ROJO DE RONDA

            Es la calle de Lauría en Ronda, más escueta en su amplitud que en su largura, una de las pocas que, paralela a la principal de la Bola, la acompaña en su fatigosa subida o despeñada bajada, de Sur a Norte, hasta lo más empinado del barrio del Mercadillo, uno de los contados distinguidos por Estébanez Calderón si es que sería penetrar en lo genuino andaluz.
            Posiblemente, seguía siendo la calle en los años treinta una en las que todavía podía rastrearse en sus vecinos sin historia, en sus vestimentas y decires, una herencia de ese casticismo decimonono que pregonaba Serafín; pero, con innegable certeza, lo que se palpaba en sus abarrotadas casas de vecinos, y en sus diminutas viviendas de una o dos altura, o en sus corrales de aquí y de allá, era una miseria que impregnaba por doquier al lugar.
            Con el impulso de la Republica a la enseñanza, una imprevista fortuna en su condición de pobreza le advino a la calle, con la instalación de un instituto, el primero de enseñanza laica y autónoma que contemplaba la población; un edificio clásico que mantenía la poca altura arquitectónica de la calle alegrándola, y también daba algo de bullicio cotidiano al vecino llano, que en su vasta desnudez circunstancialmente, se venía utilizando para todo: para recinto ferial, para partidos de foot-ball, o para instrucción de reclutas pues cerca se levantaba el cuartel de la Concepción.
            Para cubrir la vacante plaza de profesor de dibujo, y completar la plantilla de media docena de enseñantes que allí imparten clases, llega en enero de 1936 el pintor valenciano José Manaut. Le ha animado su esposa, Ángeles Roca Fava, natural de la Serranía rondeña a solicitar el puesto, del que nunca llegaría a sentirse defraudado, ni por la atención con que atienden a sus lecciones los alumnos, casi todas al aire libre, ni, desde luego, por la ciudad, a la que no solo pinta sino que, sugestionado, la canta en versos y en lírica prosa.
            Bebía el centro con avidez de la doctrina liberal de Giner, con tanta fidelidad que, para más apostolado, pone en funcionamiento una Residencia de Estudiantes, puede que una de las pocas que funcionaran en aquel tiempo, a la manera de la que fama y prosélitos dio a la Institución Libre de Enseñanza, que aquel fundara. La progresión de ambos centros, Instituto y Residencia, a segarlos, para dejarlos carentes de alma y sentido, llegaría, con su ensangrentada hoz, la tremenda guadaña de la Guerra.
            El imprevisto estallido cuando explosionó al sublevación militar, impidió a Manaut que se hallaba de vacaciones en su tierra, volver a Ronda. A poco, el Instituto sería cerrado “por falta de profesores”; porque estos, dada su condición de republicanos, procuraron no estar presentes cuando las tropas franquistas, matando sin más a quien lo fuera, entraron en septiembre del 36 en la ciudad. De ellos, su director, Eligio de Mateos, se incorporó como coronel a los ejércitos republicanos, exiliándose posteriormente a Méjico, de donde ya no volvería.
            Su empeño en no huir, como hiciera su padre y hermano, y en permanecer en constante actividad cultural ayudando en Valencia a la Republica, le costaría caro a Manut, que identificado en Madrid, pasaría cerca de dos años, a partir de enero de 1943, en diversas cárceles españolas. Algunos antes, la orden del boletín oficial de 4 de noviembre de 1936, había declarado suspensos de empleo y sueldo a todos los profesores del Instituto, en su totalidad, nueve, del que ya uno, el único de derechas, en esa barbarie que se desató tras la proclamación de la contienda, había sido asesinado, una joven promesa de la Generación del 27, el granadino  Joaquín Amigo, que lo era de Filosofía.
            Cercenada la breve existencia del “Instituto Rojo de Ronda”, con todo lo que el dictatorial estigma proponía, la calle de Lauría, que fue la de mi infancia, había recobrado en los años cuarenta, ahora sin la aureola de su centro educativo, su otro estigma: el de la miseria más absoluta, algo que los niños, no acostumbrados a otra cosa, poco podíamos ver.
            Sí que la comprobaba en propia carne Manaut, dibujando a escondidas todo lo mucho que de horror albergaba la cárcel y su atmósfera. Más de trescientos apuntes y bocetos que, asimismo, de artera forma, sacaba Ángeles entre la ropa sucia de su marido, y que hoy, en la Universidad de Carlos III, constituye un apreciado, pero sangrante testimonio, de la barbarie de esos años, ya sin guerra, pero con demasiada de ella en la mente de los vencedores.
            En la actualidad, otro colegio, este de primaria, llena las aulas del antiguo Instituto. Un nombre religioso lo identifica. A nosotros, que, entonces, una pizca de las vicisitudes de la calle las vivimos, nos gusta ver en lo de “Virgen”, que lo es de condenas, martirios y muertes, que lo de “Paz”, ya se explica solo. 



                        SUR HOY DÍA 17 OCTUBRE
   
            
            
            
            

viernes, 28 de septiembre de 2018



El corto y el largo caminar de los pinsapos

             Un certero artículo en SUR de Pilar R. Quirós, hace unas semanas, incidía en la lógica creencia de que el pinsapo habría de auparse a latitudes más altas, como intrépido alpinista -algo que no hay ninguna duda ya es- nunca conforme con la cumbre que gana y pensando a poco en vencer la siguiente.  Es más que sabida por los expertos, la historia de denodada lid de ese árbol sin edad por mantener idénticos suelos a los que hoy ocupa; pero, diríamos, que con los cielos todavía más a la vista, porque lo que se dilucida es su imprescindible adaptación a las mudanzas de una naturaleza, que, por humanos desatinos, ahora tiende a hervir y, por todas las incesantes señas de humaredas, a no cejar en sus fuegos.
            El caso es, que me permito dejar aquí unas reflexiones, conste que de auténtico profano en la materia, abundando en  ese mirífico caminar de los pinsapos con visos de perpetuarse, mientras nuestro mundo lo haga. El corto caminar al que aludimos arriba, no es, desde luego, el ancestral que le ha dado celebridad, ni tampoco es el de subir fatigosas y pinas cuestas, de las que tantas alberga nuestra serranía, pero sí de andadura alborozada que vale la pena señalar como las de un gozoso despeñarse por ellas hasta plantarse ufano en urbanos hábitats.
            Atendiendo a lo que observo donde vivo, Ronda, ese premioso caminar bajando de sus dominios para extenderse, está presente, en los que a la vista quedan, en no menos de medio centenar de airosos ejemplares que, casi como el mismo abismo, cercan a la ciudad. Que toda esa pequeña invasión de una tropa de enhiestos y singulares vigías sea obra de los últimos tiempo, no quita para que, a su llegada, hallaran una atmósfera más que familiar, donde en pasados siglos cumplieron con una labor a la vez de ornamento en fiestas y celebraciones,  protector como techo de viviendas o ya como sólidos andamios que ayudaron a la construcción del Puente Nuevo.
            Unos, como el de la plaza de García Redondo, de majestuosa presencia y talle, muestra su resistencia a ambiente hostiles, pues nada más que suciedad  y gases desprenden los innumerables autobuses turísticos y de líneas de la vecina estación de autobuses, anticuada y de mínima superficie; otros, a la entrada de la carretera Sevilla, desbordando los muros de un jardín privado, parece lanzar salvas de frondoso recibimiento a los viajeros que entran o salen de la ciudad. Y para marcar límites, al otro extremo de la ciudad, causan admiración una pareja en la plaza del Campillo, frente a un horizonte de serranas montañas, que en sus brotes alzados, como uves de victoria, harían creer que han acaparado toda la luz que del valle y la sierra les llega, para dar más brillo y verdor donde parecía no caber más.
            Y todavía, en ese derrumbe hasta zonas más bajas, conocemos la existencia en casa de unos amigos de Arriate, de bellos y talludos ejemplares que vienen a confirmar todo lo anterior. Pero si breve y casi doméstico ha sido ese comentado viaje de los pinsapos, de varias conquistas en más lejanas tierra podría hablarse, en un azaroso periplo que comenzaría allá por los albores del siglo XIX, con escapadas desde el Jardín Botánico madrileño, donde existía una reserva de ellos hasta diferentes lugares de Castilla. En los daños producidos por un arrasador ciclón en Madrid, que derrumbó más de seiscientas farolas, se extendía el diario de la tarde de 14 de mayo de 1886, El Correo Militar, lamentando que, entre los muchos destrozos “y como cortados por un hacha”, en el Jardín Botánico, perecieran “los pinsapos que eran la admiración de los inteligentes”.  
            Prescindiendo de los híbridos o de cruce de dos especies, de los que, leo, abundan en varias zonas de España, de los genuinos, incluso con su denominación al pie de ellos, como “procedentes de la Serranía de Ronda”, hemos contemplado los que delante del fantástico alcázar segoviano, se enredan en los  cañones y fusiles del monumento a  los héroes del 2 de mayo. Y a unos kilómetros, sin dejar la provincia, los monumentales a la entrada de La Granja de San Ildefonso; uno de ellos de 31 metros de altura, también con el cartel de su procedencia serrana,  superando en grosor, 5,80 al famoso de la Escalereta en la Sierra de las Nieves, aunque no con la sorprendente antigüedad de este último, cercana a los cuatrocientos años.
             Uno que nos gustaría conocer, visible en la distancia y que supera con mucho las torres de su esplendente claustro, como observamos por la foto, es el que se levanta en el soberbio claustro del monasterio de San Pedro de Arlanza en Burgos, final nuestro para el más luengo de esos viajes de que hablamos, de un árbol al que, aunque solo fuera por llevar la escabrosa aura y luminosos ecos de estas sufridas tierras, rodando o brincando a lomos de los arrebatos del corcel de los tiempos, habría que amar y bendecir.   

          SUR de hoy 28 septiembre.  
             

jueves, 27 de septiembre de 2018

            JUEGA LA TARDE A LO QUE NO ES

        En su empinado escondite  de albas nubes, que a ratos mudan a pardas, se refugia lo que queda de verano; que es ido y superado, según reza su implacable biógrafo de siempre, el calendario; pero no en la tesitura de un tiempo que, falaz, divertido, juega a disfrazarse de la que ya no es, con batidas de sol que, ya se sabe, cuando surge con obcecada seriedad y firmeza, siempre deja su huella luminosa y, con harta frecuencia, ardorosa. Pero este querer marcharse sin decidirse del todo de la estación, lo sufre la tarde, agonizante, aunque con energías para lanzar alternativamente al suelo, o a nuestra vivienda, sin ir más lejos, parches de rayos y,  con vista y no vista prontitud, al segundo, de sombras. Más bien se dirían ambos remedos de lo quieren quieren simular y no son, pero ahí están manteniendo una lucha que si no es titánica si es vertiginosa y marea el observarla.
           Uno, tontamente, encuentra comparación a este tiempo que no quiere obedecer mandatos ni se atiene a lo que todos le gritan, con esos políticos tan hispanos, tan de ahora, con una actitud de las que pocos se salvan, y  que tras cometer un desaguisado de los que un día y otro nos dan cuenta los informativos o la prensa, amañando estudios que no han llevado a cabo, o robando lo que no es suyo, en vez de huir, azorados, avergonzados, con el rabo entre las piernas, seguro que para no perder poder y prebendas, se muestran tan numantinos y descarados, defendiendo sus engaños y trajines, que no hay manera, ni divina ni humana, de mandarlos a donde deberían estar y que por respeto a nuestros lectores, omitimos señalar.

miércoles, 26 de septiembre de 2018



APOSTILLAS A UN NOMBRAMIENTO QUE MUCHAS DUDAS PLANTEA

            No por repetida la circunstancia y los lugares, dejan de producir sorpresa hechos y acciones que tienen por misérrimo protagonista a algún rincón de estas tierras, para las que los tiempos mudan poco, y, si lo hacen, es para peor, siempre enfrentadas a la ventolera de adversos tiempos.
            Lee uno con el pasmo que nos produce la reciente noticia, de hace escasas semanas, que, tras siete largos años de premiosa espera, los altos cargos de la correspondiente administración andaluza, los que intervienen y sellan asuntos como este, le han dado su real pláceme al nombramiento del Tajo como monumento natural; aunque, no crean, tomándose un cierto respiro para ultimar detalles, por lo que cabe que el definitivo sí se prolongue alguna que otra anualidad más.
            Lo que ocurre, es que, ¡Vive Dios!, incluso sin haber grandes inversiones de dinero por medio, hay cosas que requieren concienzudo estudio y laboriosas horas de  meditación porque harto complejas y enrevesadas son, no nos vayan a dar gato por liebre o membrillo por cereza.
             Y en ese afán de que no vaya a surtir efecto el previsible engaño, como siete años dan para mucho, uno imagina ingenieros, avezados técnicos y muy profesionales peritos comprobando noche y día, sin descanso alguno, las rocas de nuestro abismo, ya que pudiera ser, que lo que consta como caliza y pétrea contextura, desde añejas eras, solo sea cartón piedra; el hondón, un escenario de los de quita y pon, de teatrales bambalinas; y el río, o las cataratas, papel de plata como el de los nacimientos navideños.
            Lo único bueno que hallamos a toda ese pertinaz empeño de absoluta ceguedad, y que, a nosotros, igualmente nos divierte, es que allá en sus ilustres tumbas, aunque en diversos y distantes mausoleos, las carcajadas de gente como Boissier, Custine, Demidoff, Latour, Tenison, Wolzogen, Robertsart, Davillier Cook, Mackenzie, Ford, Irving, Mérimée, Simón Rojas o Rilke, como mínima representación de un interminable acervo de impresionantes testimonios, salvando distancias, países y bardas fronterizas, hasta la misma Andalucía van a llegar.

 SUR HOY DÍA 26 SEPT.

viernes, 14 de septiembre de 2018

         PURIFICACIONES QUE CUESTAN

         Con el pensamiento práctico de que no hay tempestad que no se avenga a procurarse su propia calma, hemos dejado las blanduras de las domesticas sábanas esta mañana, desechando la idea de que la naturaleza, no siempre amable, repitiera acciones como la de ayer, cuando se sirvió mostrarnos que, si alguna vez  hubo algo de verdad en esa fábula para crédulos infantes, del diluvio universal, ese sería su despertar;  porque sin apuros, y sin grandes avisos los cielos, estos vinieron a derrumbarse sobre nuestras calles, quizás también con la intención, como un ávido turista más, que nada quiere perderse,  de, con la ciudad vacía de habitantes, que estos bien que buscaron dónde refugiarse, recorrerla, metiendo las narices por desoladas calles, arrastrando en su ímpetu y deseos cuanto encontraron por delante.
          No es bueno que salgamos en prensa, radio y televisiones por sucesos como estos, cuando de tantas y tantas cosas tendrían que referirse a nosotros, por lo que tenemos y, en especial, por lo que no tenemos y nunca quieren darnos: caminos, industrias o personas con verdadero afán de sacrificarse y llevar a cabo proyectos que no sean humo, sino preciadas realidades... 
           En fin, por nuestra parte, ignorantes de que nunca llueve a gusto de todos, y que la tormentosa lluvia podía dañar a prójimos en los que no pensábamos, que nos perdonen, pero sí que disfrutamos contemplando en ese trece septembrino, desde nuestra vivienda cómo se despeñaban las nubes, de grazalemeña forma, y cómo el agua con furor, desde luego, pero con una constancia y verticalidad admirable, caía que daba gusto. Hacía tiempo que la atmósfera, la tierra, tejados y árboles estaban pidiendo a gritos una purificación, y esta ya se sabe, siempre cuesta.