sábado, 10 de mayo de 2014

LA FLOR EN LA PIEDRA



     La placidez del tiempo, muy consciente de que es más de razón homenajear al mes y sumarse a su fama de florido y hermoso, que no contrariarlo y dañarlo en su alegre vistosidad, es de una inmovilidad tan absoluta en su bondad, que no hay mejor ni más alborozado ejercicio que recorrer la ciudad a la caza de imprevistos hallazgos, de cosas nuevas, que todo es cuestión de proponérselo y paciencia.
     Hoy hemos creído encontrarlo en la flor, incrustada en la piedra, de conocidas o ignotas flores, creciendo donde se diría era del todo inimaginable que emergieran, en el mismo vientre de fornidas rocas, en herméticas paredes, sillares, aleros, farolas, escaleras al aire libre, adoquines o abandonados balcones de casas en ruina. Tan atareados estamos siempre en dirigir a la mirada hacia lo que tenemos delante, a lo más material y prosaico, que el empeño de saltarse las ordenanzas de la visión y lanzarlas hacia las alturas como continuada actividad, puede costar, hasta acostumbrarse, alguna molestia corporal e incluso levantar extrañeza entre los viandantes que te cercan. Una heterodoxia, ésta, no obstante, de lo más inocua, que tiene sus compensaciones, que quiebra monotonías en nosotros y que deja una lección de lo más provechosa, como es la constancia y persistencia, dignas de loa, de unas matas por, en contra de toda lógica, buscarse la vida donde menos era de rigor que la hubiera. Su triunfo hay queda palpable, enhiesto e irisado, un ejemplo a seguir.    

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