martes, 24 de julio de 2012

ABANDONOS QUE DUELEN



     Como este ambiente asfixiante nos tiene recluido en casa una parte muy grande del día, casi todo a fuer de sinceros,   poco tiempo nos queda para con detenimiento y recreo echar la mirada a otras cosas de las que tanto nos gusta a veces presumir, a veces disentir, entre las que nos rodean. Diríamos que, últimamente, con harta razón, son más las que nos entristecen el ánimo que las que nos lo alegran. Verdadera pena nos dio hace unas fechas, conocer con más concreción y detalles por la prensa local la denuncia del estado en que se halla uno de los parajes más impresionantes, más hermosos, de más historia y más ignorados de nuestras tierras: el Tajo del Abanico, al que ni siquiera cabe ponerle la excusa de la lejanía para no visitarlo, como  no la hay para acercamos al Barrio de San Francisco, de donde se encuentra a un tiro de piedra.

     Pero, qué decimos, habrá que posponer la visita para tiempos mejores: para cuando  unos y otros, los de siempre, caigan en la cuenta de que hay cosas que merecen conservarse; sobre todo si lo que requieren aquéllas, son gastos nimios y rentables, comparados con otros, y un mínimo de esfuerzo y respeto para  limpiar y poner en orden lo que merece que se ordene y limpie, y no se vaya con la velocidad imparable de la luz a hacer puñetas leyendas, calzadas romanas, cultura, horizontes inabarcables y todo lo que ustedes quieran. 

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