miércoles, 8 de marzo de 2017

UN DOMINGO DE CARNAVAL

        Inmune a cualquier celebración que no sea la suya, desprende calma grande la mañana. Es la que blanda y mansa apresa ahora a la ciudad, sembrando de irrealidad y sumisión a un paisaje atónito. A Ronda, en pila de roca y vacío, la bautiza y da nombre un semillero de nubes de azúcar, reacias a vagar y atentas a no perder de vista, ni a viviendas, para tener donde desplomarse sin caer del todo, ni profanar la tierra, inmaculada con las últimas lluvias, ni tampoco la pulcritud de gema de las montañas, con infinitas grutas, ventisqueros y torrenteras en los que agazaparse para no claudicar del todo cuando sea la hora de desaparecer, de recoger su tupido equipaje de algodón y espuma, a la espera de volver a hilar de nuevo su cañamazo de cales y blondas.
        Alelados, cegados en una inmovilidad que no le es propia, por esa quietud que respira el día, una pareja de mirlos, con picos de zumaque y su colas
de ceremonioso faldón, maniatados quedan, sin voz ni algarabía su sonajero de brincos y estridentes gritos.
         A llenar un hondón de nunca colmar, se apresura sin conseguirlo la maraña de nubes, con un ímpetu un poco aletargado ya por tan descomunal labor, como es encerrar a la ciudad, al horizonte, en su cúpula de cristal. 


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