domingo, 15 de marzo de 2015

ISLA DE ROBINSONES



     Mientras esa utópica perfección de las ciudades sin ruidos y sobresaltos llega, huyendo de estos,  es decir, del agobio y del peligro de los vehículos de todo tipo, lo sensato, si se quiere caminar, es seguir la pequeña ruta que acoge la tranquilidad de las calles peatonales. Aquí, en realidad, la proporción de gente que por un motivo u otro las busca es mayor que en cualquier otra parte, y, en buena lógica, igualmente tendría que serlo la intensidad de las voces y la algarabía de la humana grey en plena actividad, con numerosos grupos de turistas que van y vienen, o los que componen detenidos los nativos, hablando de sus cosas o de las que el ritmo de las horas proporciona no habituales en su raudo acontecer. No obstante, podría con certeza decirse que, cualquiera que sea el tumulto, el tránsito de forasteros o la mezcolanza de lenguas, o el griterío de los más pequeños,  es una isla esta de las calles sin tráfico, habitada circunstancialmente por plácidos robinsones en las que es la calma de espíritu la que impera.








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