jueves, 8 de marzo de 2018

         CIUDAD MUSICAL

      Mira por donde, la nuestra, se ha convertido desde hace tiempo en una ciudad enteramente musical, por denominarla de alguna manera. O, tal vez, sin que lo sepamos, oculto anda bajo las aceras un enorme órgano, de gigantescas teclas, ya que, nos tememos, que de punta a punta de la población, de un extremo a otro, escenario de nuestro paseo cotidiano, loseta que se pisa, loseta que, de inmediato, lanza al aire de la mañana, su musiquilla, su quejido más bien, pues en modo alguno son armoniosas sus notas y sí estridentes y harto molestas.
       En los días en los que el frío era el protagonista y la soledad casi manifiesta todo el rato, ese acompañamiento de confusa tonada que levantaba nuestros pasos no importaba demasiado, siendo en todo momento quejunbrosa; pero ahora, que paso que damos, pequeña catarata de agua que inunda nuestros calzados y pantalones, lo cierto es que nos llevan todos los demonios.
        Como siempre, esa falta de cimentación en el acerado, algún culpable tiene: o el que contrató la obra, el ayuntamiento en este caso, o quien que la ejecutó, se llamara como se llamara la empresa: alguien, no hay que decirlo, nos engañó para durante bastante tiempo hacernos la puñeta y un paseo cotidiano, supuestamente agradable, en una explosión de maldiciones.


sábado, 3 de marzo de 2018

       SI NO FUERA

      Con un prolongado suspiro de alivio, acogemos esa tregua con la  que, para que no se la maldiga en demasía, se mostraba esta mañana una naturaleza de lo más sosegada y amable. Una naturaleza encrespada, que durante dos interminables días nos fue metiendo el miedo en el cuerpo con feroces turbiones que eran multitud en uno asociados, y un bramar del viento que era para amedrentar al más templado de nervios. En cambio ahora, los temidos aires han dejado por el momento de ser pendencieros y malvados y el pasado y titánico furor de los cielos nada más que una abundancia de inofensivos grises quedan, con empeño de envolverlo todo, pero sin ánimo de asustar a nadie.
      Un temporal de los de antaño, que vertió miles de litros en unas horas, que


pareció decir: "¡Ya está bien de quejas por la sequía! ¡Ahí lleváis agua para saciaros!"Y por lo que el día presenta a la mirada, si no fuera por algún cable fuera de lugar; más de un árbol destronado de su asiento; por un río, el local, que se las ve y se las desea para dar cabida a tanto caudal desmelenado como le llega; a un Puente, con toda su envergadura, cegado en su armonioso arco menor por la abrumadora y terne acometida de agua tumultuosa procedente de un ciento de angustiados arroyos; de viviendas con las que se ensañó sin piedad volando tejados y un infierno de gotas en su interior; por las descomunales rocas que taparon carreteras y alborotaron suelos; si no fuera por eso, se diría que aquí no ha pasado nada.

martes, 6 de febrero de 2018

       NO HAY CARRETERAS CORTADAS Y OJALÁ LAS HUBIERA.

      Con tanto blanco al alcance de la mirada, el de las nubes, el de los muros de las viviendas, el del horizonte, una sabana impoluta y sin rotos, incluso el que se instala en nuestra mente, dejándola in albis, sin otra cosa en que pensar sino en su impotencia para urdir pensamientos, lo que sorprende es que el supremo blancor, ese que únicamente es capaz de proporcionar, la nieve y su delicado y espumoso color, no haya hecho su aparición en estos montaraces lares, otrora corazón de profundas nevadas, porque en lo que se refiere a lo glacial de la atmósfera, esa bien que se ha adueñado de la ciudad. Con todo los elementos propicios para hacer su aparición, esto es, pureza del clima, enhiestas, numerosas y encumbradas montañas, y ese desplome de los termómetros, en los que apenas se distingue el temblor de los grados, sorprende que esa capa bienhechora de armiño, nos haya traicionado buscando el amor de otras ciudades. Ahora bien, como carreteras puede decirse que por estas tierras no existen, al menos nos llevamos la palma en proclamar con todo orgullo, que  carreteras cortadas no tenemos, y es un alivio, perdiendo, ganar en algo.  

jueves, 1 de febrero de 2018

          LUNA FRÍA AFRICANA

          Con una luna fría, africana, redonda a más no poder, dejando ver hasta las arrugas de su vetusta superficie, nos amilana febrero; un febrero, diríamos, febril por meter las narices en el corazón del invierno;  veremos si con intenciones de darle una patada a sus fríos y heladas para alejarlos, o bien, para  amamantarlos y darles ánimo para que persistan en congelarnos las ideas,  atosigarnos la osamenta y pulirnos las ateridas faces hasta dejarlas exangües.
           Las consabidas cuestas de su predecesor, teóricamente, deberían ir a menos, si no fuera porque hay subidas de un áspero y espinoso  camino, sin más remedio que hollarlo, como el de las eléctricas, que hasta bien entrada la primavera, nunca dejan de empinarse para más desgracia de los que nos acogemos a radiadores y braseros para no exhalar el último suspiro. Dentro de esa locura que de antiguo se le atribuye al mes, bien haría en sosegar los gélidos furores de la madre naturaleza, no ya porque el calor vuelva a nuestros afligidos cuerpos, si no por eso de las descomunales facturas con que Endesa y adláteres nos acortan no sé si la vida, pero sí que las pocas perras de que disponemos para hacer frente a los cuantiosos gastos que la dura la estación y los tiempos, como locos, nos demandan.


martes, 30 de enero de 2018

           DE MIL DEMONIOS EL VIENTO

     Este enero, fustigador, pendenciero, alborotador, también ejerce estos días inciertos de elemento purificador, y es de ver cómo en su tremenda azotaina, en su turbión de airados bofetones, en su descarga de bufidos, se estrella allí y acá contra en lo que en su febril carrera halla. Arranca de cuajo miles de detritus de añeja suciedad, miles de caducas hojas que sin dueño andaban, prohijándolas, miles de hinchados plásticos, miles de papeles con anónimos textos, miles de basuras, durante meses invasoras  y clama en puertas y ventanas, sacudiéndolas, lamiéndolas, aporreándolas, encogiéndolas y atemorizándolas, para que duda no quede de quién es el que manda ahora. Y una pizca de ese temor, invade asimismo a los moradores de esas viviendas, a las de toda la población, que se han puesto a pensar, sin saber dónde meterse, arrebujado entre líos de sábanas y edredones, más acobardado que nunca, que si este viento destructor tendrá algo de juicio final, un poco de fin de todo lo que nos rodea y queremos.

jueves, 25 de enero de 2018

          UNA NIEBLA QUE NADA DURA

       Cuando el amanecer se presenta como hoy, con vellones de prieta lana, con gruesas capas de algodón, hurtando la visibilidad de viviendas y tejados, no dejando ver más allá de tus narices, uno se las promete muy felices porque pocos espectáculos existen más hermosos que la niebla haciendo cabriolas, hecha dueña y señora de ese enorme y hondo espacio al que llamamos Tajo, jugando con tu percepción a la que a ratos engaña, descubriendo y tapando; y cámara en mano, dispuesto vamos, a todo el correr que nos permiten la movilidad de nuestra débiles piernas, temerosos de que cuando lleguemos al balconaje de la Alameda y a los ahora desnudos olmos que en su alineación lo imitan, nada quede de las apelotonadas y madrugadoras nubes, más que el recuerdo.
        Y ,por desgracia, así es si no fuera por huellas de su paso que tras esa inofensiva invasión, permanecen aquí y allá, sombreando cumbres y situando jirones en otros casos, que se aferran al suelo de las huertas, de las pequeñas praderas y de los nimios bosquecillos de olivos, como aliento, visible con el frío, de la madre tierra. Y con esa insatisfacción tan propia de los humanos, se marcha uno, con su necedad, cómo si ese escenario tan fuera del mundo que diariamente nos ofrece nuestro serrano precipicio necesitara de algo para maravillarnos, para dejarnos sin habla; y con la misma premura que llegamos, si echar siquiera una mirada a ese esotérico equilibrio de los almendros ya florecidos en las laderas del Tajo, nos marchamos. ¡Que los magnánimos dioses, los manes y los penates, y todos los demás, nos perdonen!  
       

domingo, 21 de enero de 2018

            CON OTROS AIRES PERO LOS MISMOS MALES

       Apacigua enero sus furores, o puede que, aparentando una engañosa y pronta retirada, los esconda, para, cuando menos se piense, ponerlos en liza de nuevo. De momento, es muy de agradecer la tibieza y calidez de un sol que no pretende ser falaz para nadie, porque pese a todo, a calentar viene, que es lo suyo, con meridionales humores y rayos que son una bendición para el cuerpo y para el espíritu; pues aparte de los consabidos beneficios, que cuando está de buen ver vierte en nuestros humanos organismos, no es lo mismo caminar más pendientes de charcos helados o de dónde meter las manos para proporcionarles un mínimo de ardor, que de los atractivos que pueda ofrecernos la estación, con brotes por doquier en el campo más próximo y en las mágicas laderas del Tajo.
            Andar y ver, remozados y como nuevos, acumulando sensaciones de luz y color, sin que nos amedrente, como en pasados días, el rigor del frío, tozuda agua o huracanados vientos, avizorando el permanente espectáculo natural que nos rodea, con perceptibles huellas de una mudanza que ya, muy tímidamente, anuncian los almendros.
         Otro espectáculo más humano, pero de antiquísimo origen, también anda desde hace unas semanas por estos lares: el del circo. Ignoramos si el hecho de una estancia más prolongada que de costumbre, provendrá de los mismos problemas que el de los antiguos circos, aquellos de modestas  carpas y equilibristas y de famélicas fieras, que nos visitaban en los años cincuenta del pasado siglo,  con desoladoras actuaciones en las que apenas ganaban dinero para trasladar su fanfarria y sus animales enjaulados hasta otras poblaciones. En el Llano, hoy tan poblado, desierto entonces, meses permanecían pasando hambre e, imaginamos, maldiciendo el día el cual aquí llegaron.  
  

lunes, 15 de enero de 2018

      COMO CÉSARES ROMANOS, EN LA ESPESURA DE UN LAUREL

      La lluvia, la última, fue por fin pertinaz, remediadora, sin vientos que la desfiguraran y alocaran. A nadie, sin embargo, desquiciaron más que a una pareja, carbón carbón, pico zumaque y cola señorial, de chovas que, desde hace algún tiempo, se regalan, como romanos césares, con la frondosa espesura, verdor y acre olor de un panzudo laurel, que en mi jardín, muy descuidado y lleno de años crece.
       No es mal sitio, porque su prieto y amazacotado interior, pone freno a los desasosiegos que causan las bruscas mudanzas del tiempo; ora, a las crudeza de los hirientes inviernos, ya a las insufribles taras de las calimas de los interminables estíos.
       También a ellas, vivientes al fin y al cabo, amedrantan la rigurosidad de las estaciones desatadas, y si a pesar de todo pechan con lo que de los cielos en el exterior cae y a sufrirlo salen, es porque, como a todos, les parece una necesidad respirar ese aire montaraz que por doquier, de aquí y allá, impregnándolo todo, desde las cercanas sierras, sumiso y puro, viene.
        Pero claro es,  con todas sus buenas intenciones, cuando se deciden a dejar su abrigado hogar, el agua que no da un respiro y que todo lo empapa, también donde ponen sus patas, en tejados, antenas, chimeneas, balcones, empalizadas


y suelos, las confunde y dudan, pensando si han hecho mal en desafiar a esa humedad que va en aumento y que no deja ver más que lo que a su vera tienen. Y con azorado e incierto desplegar de sus pequeñas alas, con la inquietud como bandera, ellas, tan apaciguadas de suyo, ahora se descontrolan, pierden sus nervios, también ellas, y ni por un momento se están quietas.

domingo, 14 de enero de 2018


ENGAÑADORA ES LA NOCHE

      No siempre es la noche un piélago de aguas calmadas,  reparadoras de inquietudes y fatigas, en las que a conciencia sumergirse para dar un mentís al día y decirle que no todo es él, que no todo es claridad y palpitante vida.
       No dormir cuando todo invita: la hora, el silencio, la oscuridad que se procura, el reloj del tiempo casi inmóvil, como si no contara añadiendo hojas al libro del caminar y de los años, se diría una traición, un mal pago a la noche y al respeto debido a sus inamovibles y placenteras leyes.
        ¿O es ella, taimada, la prieta noche, la que hurtándonos lo que es de eterno convenido: un temporal abrigo, una nada vigorizadora, un opio a trapacerías y desdenes, la que urdiendo excusas que no se ven ni se oyen, la que escurriendo el bulto, la muy veleidosa, la que nos engaña y nos condena?



viernes, 12 de enero de 2018

       SOLAZÁNDOSE ANDA EL INVIERNO

        Que por aquí anda solazándose el invierno, con su digno pregonero, el pérfido enero, más patente se hace en estos iniciales días del mes, cuando con desangelado ánimo y bolsillos hueros, a nuestra vera lo tenemos caminado por esa tremenda cuesta que a la ruina doméstica tienta. Y es que con las primeras dentelladas de ese bribón, que en carne viva hieren, igualmente parece flagelada la ciudad, con esas ramas arbóreas, por doquier, "in puribus", o lo que es decir, mostrando sin pudor alguno su desolada desnudez y unas redondas semillas en los altos ejemplares del paseo de nuestro afamado parque, que son como lágrimas por un frondoso verdor y de un pudor que antaño tuvieron  y ahora yacen perdidos.
            Y algo extraño de ver, las aceras también lloran su soledad, añorando esas manadas de turistas que las reventaban, de extraños pelajes y lenguas, impersonales, gregarios hasta el hartazgo, sin más voz que la de su guía, no siempre fiable, muchas veces embustera, ni tampoco sin darle más destinos a sus pasos, que a lo que su dictador, su dios ahora, se le apetezca, que ellos son ciegos y él su lazarillo.


         Para que no se diga, de todo ese apabullante tumulto de extrañas jergas, libertad de vestidos, para reír a carcajadas las más, algunos de los más fieles de nuestros visitantes, los orientales, aunque con la laxitud de un precario goteo, se han liberado de la dictadura de los viajes grupales y de sus vocingleros guías, y en pareja de a uno o de dos, con rostros de que ahora, la ciudad, semi vacía de viajeros, es toda para ellos, con faces en las que baila la felicidad del momento, te miran con ojos inquisitivos, como si quisieran preguntar algo, o a uno se lo parece, porque lo cierto que en esos libros y mapas que nunca se les caen de las manos, está escrito, posiblemente, más de lo que cualquiera de nosotros, los naturales, sabemos de nuestra ciudad.