miércoles, 18 de septiembre de 2013

POR SI FUERA LUZ Y NO SOMBRAS LO VENIDERO



        Para servirnos de ellos y de muchas maneras hacer más llevadera la vida del hombre, no siempre fácil, nos fueron concedidos los animales, nunca, entiendo, que para martirizarlos en indignas diversiones, cuando mil formas hay de darnos solaz y contento sin agraviarlos a ellos ni a nadie vivo. 
         Grande, inexplicable es el misterio de nuestra existencia y de lo que tras agotarla nos espera. Por si fuera luz y no sombra lo venidero, y por si en el desenlace de ese enigma, en vuelco inesperado,  nos tocara a nosotros representar al animal y a ellos ser los portadores del conocimiento,  aunque sólo fuera por eso, Zaide, seamos compasivos, porque como tú y yo, pertenecen a este mundo nuestro, son seres vivos y poco daño te causan, aún cuando tú, empleando unos dones de los que ellos carecen, con crueldad que no tiene nombre se los inflija. 

sábado, 14 de septiembre de 2013

NUNCA OLVIDES



      Nunca olvides, amigo, que a esa casa en la que habitas, que con tanto afán tanto limpias, pintas, reparas y enluces, en la que te miras como si del mejor de los palacios se tratara, la pueden destruir catástrofes impensadas o caer en manos de especuladores y desalmados, que son multitud los que a todas horas nos vigilan y castigan.

         Aunque sólo fuere por si alguna vez llegara el caso, que de nada estamos libre en nuestra frágil existencia, por si eso, Zaide, digo, ocurriera, guarda un inmenso respeto y apréstate a cuidar como oro en paño a tu otra morada, a la madre tierra, para que las florestas te sigan dando sombra, agua los manantiales, mieses los campos y frutos los huertos; porque su menoscabo y degradación es el tuyo y el de tus hijos, y porque malo será que, si lo necesitaras por no tener otro sitio donde refugiarte, no halles un rincón donde asentarte.  

viernes, 13 de septiembre de 2013

EN EL SILENCIO LOS HALLARÁS




     Zaide, no en el ensordecedor clamor de la vana lisonja, sino en el silencio que nunca cede y calla, pero siempre otorga, encontrarás el verdadero rostro de los que mucho te aprecian. Que no te busquen ellos a tí, búscalo tú a ellos, puesto que son los que te protegen, pregonan tus virtudes y tapan tus lacras. En cualquiera de sus miradas, de infinita limpieza, hallarás tanto amor y compresión como baldía tierra en los otros. No puede ser cierto que quien bien te quiere te haga llorar, sólo meditar, o es que no te querrá. Eso al menos, Zaide, yo entiendo.

lunes, 9 de septiembre de 2013

PLÁCIDOS ATARDECERES


     Estos plácidos atardeceres, Zaide amigo, silentes e inacabables, se mueven en el campo con un latido mayúsculo de eternidad. La escena, sin mudar un ápice lo que a la vista queda, con sus cortijos agazapados, emergiendo la impoluta blancura de la protección de las rocas, sus picachos, oteros y veredas, sus bardas de piedra, señalando fronteras, o sus caminos polvorientos alisados a fuerza de millones de pisadas, podría ser la que vivió otro ocaso en este mismo lugar, hace mil, dos mil, tres mil años. 
      Para que el mimetismo no se quiebre con la llegada de algún elemento advenedizo, sino que lo refuerce, irrumpe un pastor con su rebaño. Levanta ceremonioso su gorra para saludarnos y hacernos ver que se ha cerciorado de nuestra presencia, aunque mirándole al rostro no lo pareciera. Un centenar de cabras bulliciosas, avasallan el camino hasta hacerlo suyo. Dos perros jubilosos, parda su lana de hojarasca,  sudor y cabriolas, persiguen, acorralándolas, a las más díscolas para que profesen en obediencia. Cuando guías y rebaños se pierden en el horizonte, todavía, durante un buen pellizco de tiempo, queda flotando en el aire manso una melodía que, sin pretenderlo, es pura armonía y perfección, salida de una orquesta de esquilas que nunca pierde el compás, y que cuenta para dejarnos sin aliento, también perdidos en el ayer a nosotros, con la sutileza y el rumor del agua recién salida del manantial.

martes, 3 de septiembre de 2013

UN BUEN REY




      Un buen rey, Zaide, para serlo, para ser querido e incluso venerado por sus súbditos, lo ha de ser a lo largo y ancho de su reinado, por dilatado y difícil que fuere éste, y no le valdrá ante el pueblo acudir a épocas de leal y ejemplar reinado para justificar errores presentes. Si obligaciones miles se exigen a los que nunca  protegen  tronos, coronas ni privilegios ancestrales de sangre, cuántas virtudes y sacrificios  se le  debería pedir a quien todo se le ha dado por puro nacimiento, no porque méritos haya hecho para sentirse dueño y señor de los que pueblan su reino, que no servidor de ellos. Más monarca que él debería considerarse al que llega a este mundo sin medios o bienes paternos, y desde la humildad y el esfuerzo alcanza altas cotas de conocimiento y bondad verdaderos, sin hacer mal a nadie, oyendo al que le llama, dando al que le pide, por poco que le quede: no más reyes que estos tendría que haber en el mundo nuestro. 
      

sábado, 31 de agosto de 2013

ATADURAS Y MÁS ATADURAS.



      Un nuevo mes, Zaide, que se nos escapa, sin poder detenerlo, como migaja de mercurio entre las manos. Y uno no sabe si alegrarse o entristecerse. Días hay, en que nos gustaría desprendernos de tantas ataduras como se nos imponen desde que nacemos: los Gobiernos, las convenciones, las leyes, no todas justas ni sensatas, porque castigan al pobre y favorecen al poderoso; y también éstas de las marcas que sometemos, o intentamos, al tiempo, dándole nombres y más nombres, a algo que sólo es una continuidad sin principio ni fin, por mucho que hablemos de meses, años o siglos.
      Por eso, Zaide, momentos hay en que nos gustaría ser una especie de Robison entre la gente, ignorando ataduras y más ataduras, que nada más que hacen a cada instante recordarnos no únicamente nuestra finitud y transitoriedad, sino asimismo que presos somos de infinitos dueños terrenos, que no divinos, que eso al menos sería comprensible. Pero como sueño es del todo imposible vivir de espaldas a la sociedad, por muy ficticia y falsa que sea, intentemos al menos disponer de una parcela propia, por enana que sea, donde al menos, durante un segundo, un minuto, digamos ahora soy yo, sin que nadie disponga de mí.

jueves, 29 de agosto de 2013

A LOMOS DE TORMENTAS


     A la naturaleza, Zaide, no cabe achacarle veleidad alguna, tal como con frecuencia ocurre con los hombres, inestables y caprichosos, y de admirar es su fiabilidad para sujetarse al papel que le dicta el paso presuroso de las estaciones. A veces, sin embargo, tiene aquélla sus imprevistos enojos, y sin atenerse entonces a previsiones o saltándose las que se suponían certeras, descarga su malhumor aquí y allá, amenazando antes para que nadie argumente inesperadas sorpresas.
       Es lo que barrunta sin premuras la tarde, sembrada de claroscuros, cuando no de tenebrosas nubes por poniente, que no anuncian nada bueno. Se ha dejado oír el furor algo distante de unos truenos vagabundos, y entretanto, liberados de la angustia ardorosa de su sueño veraniego, un umbroso rincón de celestinas y jazmines, que confundidos crecen en abigarrada mezcolanza, intensifican el pálido azul y la blancura de sueño de sus pétalos,  apropiándose del momento de respiro, para, gozosamente, perfumar la espesura de su oculto retiro de raros olores.





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martes, 27 de agosto de 2013

UN EJÉRCITO DE ENCINAS



     Aquí en el campo, Zaide, con las montañas tan próximas, como un peldaño a mano para escalar los cielos, no menos cercanos, se observan cosas dignas de citarse. Entre ellas, ese ejército de encinas, una tras otra, en ordenada formación, al duradero respingo del toque de corneta de un gallo insomne, se ha puesto en marcha, muy de mañana, antes de que irrumpa con fuerza el sol avasallador de todos los días. Su meta de hoy, escalar ese túrgido collado, con figura de enorme mascarón de proa de su navío de rocas. 
    Vista la dificultad del empeño, ataca procurándose mañas y ardides, como puede ser la de subir por la diminuta cañada, entre colina y colina, evitando pendientes más empinadas y la humana huella de unos cortijos a punto de despeñarse; luego, por la falda de una oblonga meseta, un respiro entre un agobio de peñascos. Al postrer estirón, el más arriesgado y peligroso, solo llegan dos o tres de los más osados ejemplares, pero enflaquecidos por la agotadora ascensión, en la que han perdido gran parte de su frondosidad y vigor. Toda una hazaña en cualquier caso, un acto de voluntad del que ya nos gustaría alardear de vez en cuando a nosotros. 



sábado, 24 de agosto de 2013

ZAIDE, ESOS INSTANTES DE TRANSICIÓN.




   Zaide, esos instantes de tarda transición, cuando el sol es una moneda áurea que rueda montañas abajo hasta perderse en su etéreo refugio, y las sombras amenazan pero todavía no son sino un quiero y no puedo, un esforzado intento nada más, tienen una solemnidad y una grandeza difícil de definir, salvo que, con la fuga del sol, un silencio venido de no sé donde, usurpa ese mágico espacio de claroscuros y fugaces lumbres avasallándolo todo. Callan los perros, ahogados en sus ladridos un rato antes, se diluyen los perfiles de la sierra, aun los más abruptos, y muy quedas y muy quedas, como un nimio latido del momento, suenan como de cristal las esquilas del ganado que, al igual que hace cientos de años, en miles de atardeceres, regresa a su rústica morada, en cualquier recogido lugar del campo. No hay estrellas todavía, sino una desmayada blancura, que parece impropia de la hora, porque, con todas sus veleidades, todavía es luz y no sombras. Cuando éstas, vestidas de un ropaje que es ya casi azul de agua del mar, arropadas por la augusta calma de la hora ganan espacio y densidad, todavía queda algo de la huella de un día, que ya no lo es. 


martes, 20 de agosto de 2013

ZAIDE, EL MISMO SUELO PISAS.



     Desde las inestables cimas a las que te encumbraron soberbias y orgullos desmedidos, nunca, Zaide, mires con desprecio por tus riquezas, saberes, galanuras, sangre o cargos, a los que ninguna de estas cosas poseen. Son dones que se te dieron y que, esquivos, no es atrevimiento pensar, alguna vez desaparecerán, con idéntica prontitud que a tí se acercaron. Recapacita, amigo Zaide: el mismo suelo que a los demás, poderosos y desvalidos, te sostiene, y aunque tú creas volar fuera de él, sólo por él caminas sin levantar más que lo que mides, ni siquiera una pizca. Sólo tu generosa actitud con el prójimo, hará que tus actos te hagan más grande a los ojos del resto de tus congéneres. Nada más que eso debería contar, aunque escasos lo entiendan. Sé tú de esos pocos.