lunes, 18 de febrero de 2013

LAS PRIMERAS FLORES DEL INVIERNO




     Estos días de transición de un febrero dubitativo, sobre qué camino seguir, tienen la ventaja con sus dudas, de que en el interludio de sus cielos grises hasta otros por adivinar, más hoscos o menos invernales, de ser moderadamente hermosos en sus temperaturas y en su modo de proceder, nunca extremo en su proceder, ni insufrible.

      Ayudado por esa lasitud del tiempo y los cielos, tímidas pero visibles han aparecido por donde vivo las primeras flores del invierno; señal de que éste no está siendo tal, ni por ende a la altura de los míticos de antaño. Una rosa, con sus colores fuertes de vigorosa recién nacida y dos lirios, no sembrados, llegadas sus semillas de Dios sabe dónde, o en los alados brazos de qué ignotos elementos, ponen su lírico acento a la quietud y oscuridad de las horas; pero más que nada, son portadores de futuras bonanzas y floraciones. ¡Ojalá que algo de eso llegará, quebrara, a la infamia de los tiempos, no los atmosféricos, que vivimos, que vive el país!

viernes, 15 de febrero de 2013

AVES DE LAS QUE QUEDAN




      De las muchas aves que hace años llenaban el aire, rocas, y grietas de nuestro abismo, pocas quedan. Hay paneles por los confines de la Alameda que pretenden levantarnos el ánimo, clasificando científicamente con sus nombres, una serie de razas de aquellas, grandes y pequeñas, que, aparentemente todavía andan, o deberían andar,  por aquí.  Sin querer ser agoreros, lo cierto es que uno no ve nada que no sean contados grajos en los días en que el viento sopla a su capricho, sacando de los refugios en que se esconden, a todo bicho viviente. Otra cosa opinarán los expertos, que uno no lo es.

     A falta de otras aves, diariamente nos entretenemos viendo las evoluciones de las palomas de la Alameda y cómo se buscan la vida. Ahora que el tiempo ha templado, no hay dificultad en verlas por el paseo central y jardines aledaños, a la caza de migas o del agua que manan de las fuentes; más complicado fue en esos días pasados, de fuertes heladas y glacial frío, descubrirlas, aunque no lejos andaban: unas, rodeando la altanera torre de la Merced; otras, en las ramas más altas de los copados árboles del paseo; las menos en huecos, inmóviles, al socaire de algún banco. Todas, sin excepción, olvidando la comida, esperaban que ese rayo de sol, desvaído, sin fuerza, que se deslizaba de vez en cuando amagando desde los cielos, cobrara vigor y calentara un poco, al menos, sus plumas. Hoy con la ayuda de un sol de los de verdad, han recobrado aplomo,  sus vuelos a medio gas y las carreras de siempre, para  huir de los intrusos, que nunca dejan de molestarlas




lunes, 11 de febrero de 2013

LLANTO POR DOS VIDAS



     Una hora que nos levantaba el ánimo a mi mujer y a mí todos los domingos, era la de las 9 de la mañana, en el bar donde acostumbramos a desayunar, ritualmente con un grupo abigarrado de ciclistas aficionados; hasta una docena, a veces más, que se dan cita allí para compartir ilusiones, charlas, bromas y confidencias familiares. De sus conversaciones, captadas sin querer, se desprendía la ilusión con que a lo largo de toda la semana laboral, esperaban este festivo para dar rienda suelta a sus ganas de vivir, materializadas en ese día en orientar sus energías en largos paseos en bicicleta, con rumbo unos y otros sin él, que eso era un atractivo más de ellos, cuando extendían apuntes y mapas en las abarrotadas mesas.

     Como tantos domingos, los vimos marchar el pasado aupados en sus bicis, con la sonrisa en los labios, precedidos por la advertencia habitual del dueño del establecimiento, en la que se adivinaba algo de envidia por no poder ser de la partida: "¡Cuidado con la carretera!"; pero éstas, como los borrachos, son instrumentos letales en España. Y allí dos del desenfadado y alegre grupo de amigos, se toparon con ambos y con su infame despedida de este mundo. El coche de un conductor ebrio, joven también, uno más de los que ha generado esta sociedad actual, la del botellón y falta de ideales, embistió a los que podían servirle de modelo. ¡Qué más añadir!

sábado, 9 de febrero de 2013

GÉLIDA MAÑANA ÉSTA.





     Gélida mañana ésta, de un febrero empecinado en sus comienzos en cortarnos el aliento con el punzón de sus heladas. Desde el interior de las viviendas los cielos son engañosos, ya que un sol que parece envolverlo todo, como los océanos a los ríos cuando llegan a sus dominios, en realidad no son más que marionetas de suelos en los que dominan copiosas escarchas que se apañan, además, sin ayuda de ningún otro elemento, para levantar brisas que le son afines, pero que hieren con saña faces y órganos al descubierto.

      También hieren situaciones que no son tan pasajeras como las de la naturaleza: el imperio de los bancos, el impudor de la mayoría de los gobernantes para justificar sus lacras, la impotencia de la juventud o de los campesinos a los que se les exige con incomprensible dureza un número de jornadas para tener acceso a una miseria de limosna, los recortes, donde más duelen, y donde puede saltar la chispa -en sanidad o enseñanza-, que lo anegue todo el día menos pensado.

      Para cambiar por unos minutos esa triste melodía que no tiene visos de parar, demos marcha atrás en el tiempo y recordemos que por estas fechas, hace un centenar de años, abandonó Rilke nuestra ciudad. A él, que siempre vivía un poco de la generosidad de los demás, probablemente se le acabó la del  mecenas de turno; o tal vez un frío de mil demonios, como el que sopla hoy, le volvió a la realidad de su mundo viajero, al que se incorporaba otra vez con las alforjas llenas hasta arriba de ideas, de su bien aprovechada estancia rondeña.


martes, 5 de febrero de 2013

REMEDIOS CONTRA LA INGRATITUD DE LOS TIEMPOS




     No muchas son las maneras de evadirnos de problemas punzantes en los lúgubres días que corren, en los que no cesan los escándalos de despilfarros e infames apropiaciones, así como el descubrimiento cotidiano de gente sin honor ni dignidad alguna. Nosotros, con unos amigos, optamos hace un par de fechas por escoger una de las más antiguas: la de escaparnos al campo. El campo, qué duda cabe, como tantas cosas que viven una agonía permanente, ya no es lo que era; su abandono es palpable, ya sea porque el campesino que lo roturaba y mimaba consideró un día que no  era rentable, o bien pagados los sacrificios que requería su cultivo,  o ya porque los cantos de sirenas de la ciudad y trabajos urbanos menos fatigosos acabaron por seducirle.
     Por fortuna, nos dirigíamos a las hermosas tierras, de uno de los amigos, Juan de nombre,  que no sólo no ha desertado  de aquél, sino que forma parte de su vida de una forma tan imperativa, absorbente y sincera, que catastrófico sería para el devenir de su salud y de su felicidad que alguna vez tuviera que renunciar a él.
      Ese amor, obsesivo, pero natural en su persona, impregna toda la propiedad, de un extremo a otro de ella: en el árbol que crece a su antojo, centenario, inmenso, frondoso, porque no necesita mayor ayuda, o el que despunta a la vida, y depende en su crecimiento del mimo del que lo protege; en la presencia de lo que es la esencia de la tierra, animales, en una persona que no es rica, sino que todo lo basa, -no habría otra forma-, en una dedicación exclusiva: toros, caballos, asnos, pocos y amistosos, como suelen ser cuando no se les martiriza ni provoca;  en la armonía de pequeños senderos empedrados y en el equilibrio que desprende cualquier nimia edificación debida a sus manos.
       No es el campo un sitio que merezca el olvido; sí un lugar, en cambio, para olvidar preocupaciones y gozar de su dadivosa oferta. De algunas de ellas gozamos como locos en esas horas: de un sabroso guiso, de charlas que lo eran aún más, de vinillo y aceitunas andaluzas,  como  esplendorosa rúbrica, de un atardecer autóctono y grandioso, de los que dejan a uno sin saber qué decir en el vano intento de alabarlo.   
        

viernes, 1 de febrero de 2013

CON LOS MIMBRES PRECEDENTES




      A febrero, como mes diferente, le dan fama y cierto prestigio de raro, su cortedad a la hora de echarse días a las espaldas, y, cómo no, ese carácter de veleidoso impenitente, desprendiéndose de cualquier adustez opresiva para hacer realmente lo que le viene en gana, ora rezando, ya pecando.

         En otros tiempos, con otras calendas y circunstancias, era un mes bien recibido, por su transición hacia predios menos gélidos, dejándose tentar por brisas de una primavera no muy lejana, y, más que nada, porque se había perdido de vista a enero, un mes un tanto insufrible con sus interminables fiestas, sus gastos excesivos y los ahogos imprescindibles para recuperar el resuello extraviado por los excesos de las comidas y las dentelladas del frío. 

         Triste por ello es, que, esta vez, en la sucesión del tiempo en el calendario, febrero pase un tanto desapercibido, siendo una prolongación más de las penurias y miserias precedentes, que no sólo no cesan, sino que aumentan a velocidad vertiginosa impulsada por voraces políticos que, en todo  la geografía,  pregonan austeridad y viven, se apropian de lo que no es suyo, y derrochan, tal mitológicos dioses.

      


domingo, 27 de enero de 2013

DESVELANDO AMANECERES




      Uno de los grandes atractivos de la vida, nos lo proporciona sin la menor duda ver amanecer, señal inequívoca de que seguimos en el mundo. Pero sin salirnos de este despertar cotidiano de la naturaleza, hay otro placer añadido que sólo es cualidad que nos traen determinadas  estaciones de cambiantes entrañas, como el otoño o  el invierno;  y es el de, esperando el amanecer, adivinar qué nos deparará en su aspecto atmosférico la mañana: qué nubes nos visitarán, qué auras ablandarán o endurecerán el ambiente, qué luces o colores engalanarán el austero paisaje.  Como entre nuestros hábitos está el de madrugar, y a veces exageradamente, intentamos siempre, escudriñando los cielos, a esas horas un completo enigma a no ser que esté lloviendo, trazar con mucho de necia arrogancia,  al margen de las certeras previsiones de la actual meteorología,   la futura marcha del día.

      El acertijo es harto complicado teniendo en cuenta que para ello estorba más que ayuda la mortecina luz de una farola cercana, que entre recortes municipales y directrices de Sevillana, anda todo el santo año más muerta que viva. Ya que no es noticia proclamar  que tal eléctrica, por hablar de la que más cerca nos martiriza, está más preocupada por amasar dinero para los miembros de sus consejos administrativos, que en prestar un servicio digno. En ese despropósito no es extraño, en su afán lucrativo, que, sin avisar,  mande a las viviendas, cuando le viene en gana, una avenida tal de carga, que destroza en su alocado caminar  cuanto encuentra a su caso. El que esto escribe, por ejemplo,  por tal circunstancia, cuenta ya con un incendio en su casa, y hace sólo pocas fechas con el fundido de varios aparatos, sin que en ninguno de los dos casos la reclamación haya servido más que para inútiles rabietas. 

      Creo que nos hemos perdido el hilo, aunque nunca viene mal un desahogo. En realidad, lo que pretendíamos al principio, es decir que nos espera hoy, con una niebla que sólo dibuja contornos y siluetas, un día precioso. 

miércoles, 23 de enero de 2013

ARRIATEÑOS APAGONES




     Con el paso de los años se va minimizando el cerco de la circunferencia que en extremos equidistantes ocupan Arriate y Ronda, una vasta espiral que ya trazara desde sus comienzos, dando un rodeo para delimitarla, y ahorrar cuantiosos gastos en su construcción por aquí,  el ferrocarril que une a las dos poblaciones. Con estrechar queremos decir, que la proliferación de viviendas entre ellas, en   predios que no eran más que  olivares y campiña, van acercando ambos urbanismos proclives por la marcha de los días y las necesidades de los tiempos, por suerte o desgracia, a no ser más que uno. Entretanto, en un intervalo que no presumimos muy largo, los naturales de una y otra ciudad se entrenan para lo que venga intercambiando la geografía que les es propia, es decir, viviendo los arriateños en terrenos rondeños y viceversa.

      Aunque guarda el que escribe amor y respeto para todos los pueblos serranos,  algo más, no sólo, la distancia, le acerca a Arriate, lugar de nacimiento de su progenitor, en una tarde, según la meteorología, de ponerse al abrigo de los huracanes que han de soplar; después, no tanto cuando en el interior de un coche de un amigo, nos dirigimos hacia allí por el camino del Llano de la Cruz, todavía con mucho de su encanto prístino, de molinos y senderos en los que ramonean no sólo ovejas con su lana encima, sino una paz que se demora y se enquista, como hace siglos.

     Como ocurre en las transiciones entre campo y ciudad, y más cuando se trata de pueblos andaluces, Arriate sorprende enseguida con su blancura, la torre altanera de su iglesia y la apretura de sus calles, señalando por si no lo sabíamos, en qué región nos hallamos y cómo se ganan la vida sus gentes. Vamos a casa de un matrimonio amigo, que nos reciben como a monarcas, con gollerías de la tierra y guisos caseros que con mano diestra y sabor de otras épocas, fabricó la esposa. Una velada de lo más   emotiva, con anécdotas del mil aventuras que nos proporcionaron los años, los mismos que ya nos van pesando.

      Aparte de recuerdos, libros, árboles y animales, también hablamos de esos apagones de luz que, al parecer, y según nos contaba nuestro anfitrión sigue sufriendo Arriate, habitualmente, sin que nadie los remedie, desde siempre,  como si estuviéramos en la posguerra, cuando común era el uso de velones y quinqués.  Como estando allí ocurrió la venida de tinieblas varias veces, damos fe de lo ocurrido. No nos cabe la menor duda de que, como con tantas otras tropelías que por estos lares ocurren, a los naturales de por aquí, los arriateños,  hartos de poner el grito en los cielos, de protestar a la Sevillana, o como se llame ahora, sin que se le hicieran el menor caso, acabaron por rendirse temiendo mayores males. Puro estoicismo, en fin,  de aguantar lo que nos echen, que eso también lo llevamos en la sangre.

lunes, 21 de enero de 2013

BATALLAS DE LAS QUE SE VEN MENOS



       Ha librado ya tantas batallas,  de las de verdad, el escenario del Puente, fratricidas, y foráneas, que la de esta mañana, con otras armas que las de matar, con un cielo indeciso, a ratos tapados a ratos de azules tonalidades, cobraba un aire especial. Puede que en su caminar, nuestro venerado Puente, ya casi tres veces centenario, nunca se viera en otra de parecidos perfiles, con su superficie tomada por modernas máquinas, de las gigantescas y de las de menor prestancia, y una concentración de visitantes de allende nuestros límites locales, que no sabemos bien por qué cúmulo de circunstancias se habían puesto de acuerdo para coincidir en tan concisa superficie, que hoy lo era más que nunca. Si añadimos que además de los agentes que dirigían el tráfico, sin conseguirlo, de los obreros que a falta del inicio de las obras, se tomaban su buen bocadillo casero y de los coches que en ningún momento se detenían, sin hacer caso a otras órdenes que no fueran las del conductor del vehículo, se imaginarán ustedes qué novísima contienda era la que allí se mantenía.

       Me decía allí mismo, al pié de la efigie de Ríos Rosas, (que más que nunca volvía las espaldas al paso del Puente, para qué no se le culpara, como a cualquier político, de lo que allí ocurría), un experto albañil ya jubilado, de los que desde que nacieron se han ganado honrada y modestamente la vida con el palustre, levantando muros y lamiendo heridas del tiempo a viviendas de todo tipo, que el despliegue era tan aparatoso como costoso e innecesario; que la misma grúa que evidentemente causó el daño con sus vibraciones, utilizada convenientemente, ayudaría con poco esfuerzo a volver la piedra desplazada a su sitio original. El resto, lo solucionaría un grapado en condiciones; que era una barbaridad lo de emplear siete mil euros en una obra, que no requería más de mil.

     Bueno, librada nuestra particular batalla, ya hacemos, como ejemplares ciudadanos, mutis por el foro; no tranquilos desde luego, más bien con el alma en vilo, temblando porque a pesar de tan suculenta inversión los réditos desmerezcan.

domingo, 20 de enero de 2013

RECORDANDO OTROS FRÍOS




     Entre vientos malévolos y hoscas nubes se mueve esta mañana dominical. La soledad de las calles, además,  vacía de caminantes y rumores, añade un grado más de desolación al aspecto general de sopor, de animal que inverna, de la ciudad.

     El frio es tanto más intenso si se tiene en cuenta los plácidos días primaverales de estas Navidades y, sin duda, incluso este de hoy seguiría siendo casi primaveral si lo comparáramos con los inviernos de antaño, cuando no había agua en los grifos porque las cañerías eran puro hielo y los medios para combatir el frío de las nevadas y de las tremendas heladas eran escasos.

     Volviendo a pasadas épocas, el día, el mes, y el aniversario de su estancia, nos lleva por un momento a rememorar trozos de la vida de Rilke, el poeta checo en Ronda, por estas fechas, hace un centenar de años. El frío, como del que hablábamos, sería glacial, aunque una persona procedente de climas todavía más crudos, lo sentiría menos en sus carnes. De todas formas, también lo atenuaría la serenidad de una Ronda, abrazada a su intimidad de lugar perdido, olvidado, intemporal, que se aferraba a la estética de sus humildes casas blancas en el Mercadillo, San Francisco y Padre Jesús, y a los  blasones de otras en la Ciudad, para seguir viviendo su historia y sus desniveles sociales; algo que no importaría mucho al poeta, más preocupado de captar paisajes y amaneceres, de recorrer caminos sin ruedas, en los que perderse y confundirse con la madre tierra, en un panteísmo esclarecedor.