martes, 5 de noviembre de 2019

UN TRASNOCHADO PROCESO A LOS LIBROS

            Al encabritado galopar de los tiempos no hay razón que se le  oponga, ni objeto o concepto que no acabe mudando su esencia, o la idea que teníamos de ellos, y a los que, ese persistente cabalgar, acabe erosionando en su pretendida y ancestral consistencia.
            A cuenta viene ahora, de historias que envuelve a los libros desde su nacimiento, como entes inanimados, pero no por ello con menos capacidad de acaparar en su seno inquinas, odios y de verse sometidos a persecuciones, a hogueras purificadoras con las que, en no importa qué épocas, material o metafóricamente se intentaba ahogar, exterminar, como si ello fuera posible, el pensamiento humano, su arbitrio.
            Ese misma mal empleada libertad de decidir o de acatar órdenes, se encargaba de determinar qué obras merecían por su contenido ser aniquiladas y cuáles no, en juicios en los que tanto primaba la opinión propia del inquisidor de turno como la ideología gobernante.
            Con caracteres de ficción, pero con elementos muy enlazados en el intríngulis de esas piras, en las que se consumían sin remedio el alma individual de los libros, cabe recordar el cervantino proceso a que somete el cura, con su acólito Maese Nicolás, el barbero, a los de la bien poblada biblioteca de Alonso Quijano, con el pretexto de que ponían en peligro, más de lo que ya se hallaba la trastornada mente de su dueño. Una excusa más que añadir a las que, de todo tipo, sirvieron para prender, en cualquier lugar y hora, las fogatas inquisidoras en que ardían sin remisión los inquilinos de las heterodoxas bibliotecas mundanas.
            Lo que nosotros estábamos lejos de imaginar hace años, es que ese tiempo tan esquivo y voluble nos pusiera en el ingrato papel de actuar de verdugos de libros; mejor, si se prefiere, de expulsarlos del hogar que tuvieron durante toda una vida, la nuestra,  de las estanterías domésticas, donde reposaban, se exhibían con cierta pudorosa quietud y mansedumbre, en espera de un humano contacto.
            Será la vorágine del desbocado transcurrir en que más que nunca nos movemos, o de ese despiadado avance de la técnica, devorando en unos instantes lo que antes costaba siglos, pero lo cierto es que su devastador paso perceptible es en el número de víctimas que va dejando. También ha dejado su fatídica huella en los libros, en un buen número de ellos que, nos dicen, sin sentido están por los continuos cambios; que lo que cuentan sus páginas ya no es verdad; que nuevas medidas, nuevas naciones, nuevas separaciones y adiciones han dado al traste con la que ya existía.
            Y ahí estamos, sicario de los tiempos y las modas,  juez sin toga, para con el corazón en un puño, decidiendo qué enciclopedia, de las diversas que alberga nuestra biblioteca, qué manual, qué atlas, qué renombrado Espasa, de los que nos dieron conocimientos en píldoras o en brazadas, son los que por mor de esa tiranía que nos impone el desbocado caminar de los tiempos tendremos que abandonar, que desalojar, que expulsar, en una tarea que nos parte el alma, y con la duda de si  tiene algún sentido lo que hacemos; y si en un porvenir, nunca predecible, por circunstancias que pueden que ocurran, una catástrofe de las modernas tecnologías, un Farenheit a sus cableadas entrañas, que nunca se sabe, no solo echaremos de menos a esos volúmenes que fueron nuestros amigos  y maestros, sino que sin otro sostén que  mantenga vivo su contenido, habremos de, muy a escondidas,  a los pocos que resistan al cataclismo, aprenderlos de memoria, para que algo quede.

SUR DE AYER   
            


sábado, 2 de noviembre de 2019


MI CALLE

            Adscritas a las ciudades en las que se hallan, no solo son las calles arterias y latidos de un corazón común, sino además refugios de los hogares en los que vivimos, un hogar de múltiples hogares, diríamos. A veces, por fas o por nefas, se presentan  ocasiones en que gusta hablar de ellas. A todos, entiendo nos pasa. Contar un poco, incluso, cuando se puede, la historia de su nacimiento. Seguro que todas la tienen, y singular, aunque muchas por si antigüedad es complicado indagar en su creación, al no quedar vestigios. En el caso de la mía, me permito decir que asistí a sus balbuceos como calle en embrión, y que, bueno o malo, al ser más viejo que ella, me arrogo el papel de cronista para trazar unas someras líneas sobre ese incipiente andar.
 El sitio donde mi padre vino a construir una casa, -pagar para que se la construyeran, quiero decir-, allá por los años cuarenta y tanto, era un lugar denominado, y muy apropiadamente, Los Espinillos, desértico y de rocas, y estas por doquier con pequeños fósiles, ancestral recuerdo de primitivas edades de cuando todo era mar por aquí. En realidad ese erial de matojos y piedras, se extendía por un extenso paraje partía de terrenos del actual ambulatorio y de la espalda de la avenida Martínez Astein hasta perderse y continuar, prácticamente, más allá del suelo de la actual circunvalación.
Ronda era entonces mucho más íntima, más familiar, más pueblerina, si se prefiere, casi todos nos conocíamos, y de cara al exterior más conocida de extranjeros que de los propios españoles. Dentro de esa zona despoblada de vivienda, y de vehículos en el conjunto de la ciudad, la carretera de Málaga, en los días apacibles,  por esa circunstancia, no por los arcenes sino ocupando la calzada, era un reguero interminable de gente que con frecuencia llegaban hasta dominios del Puente de la Ventilla o de la llamada Venta del Abogado.
Retomando el tema de las calles, en la que vivo, la que vi nacer, es la llamada del Escudero Marcos de Obregón. En memoria, claro, de la famosa obra de nuestro Espinel, de la que, precisamente, el pasado año se celebrara el V centenario de su creación, no con la magnitud y festejos que merecía, y los logrados por dejarse la piel nuestro amigo Isidro García Sigüenza. Y aunque nada debió frecuentar Espinel estos terrenos, sin ningún monumento de importancia a su insigne figura, y pasada a mayor gloria a favor de la de la Bola, la titulación oficial de esta, no está mal, fuera de quien fuera la idea, que lo ignoro, que algo de él suene en boca nuestra, aunque sea utilizando como instrumento la denominación de una calle,
Ya dije que la primera vivienda que tuvo la calle, que lejos estaba entonces de serlo, fue la de mi familia.  que también sembró mi padre. Posteriormente se fueron añadiendo viviendas, a ritmo lento, que no daba para otra cosa la época, en ninguno de sus aspectos. Por los años primeros de la década de los cincuenta, sí se le podía dar tal denominación, poblada a ambos lados por un conjunto de pequeños chalets, muy andaluces, y de árboles., ornando sus puertas.
De aquella calle y de aquella atmósfera tranquila, desde luego, poco queda. Y si en la cercana de Martínez Astein, sus dueños, o las prohibiciones, ha permitido que mantenga su antiguo aire, con sensatos cambios, en la que, como entonces, vivo, cada uno, el dueño o su arquitecto, las han levantado a la buena de Dios, o siguiendo un arbitrio urbanístico que en la mayoría de los casos, no era el más indicado.
Hoy es más que nada, la calle, un gigantesco aparcamiento, y es de ver, cómo cada vez más temprano, como no se quiere prescindir de los vehículos, antes de la salida del sol, muchos lleguen, para que su coche tenga donde quedar estacionado; la afean aún más, horrorosos postes de los que llevan la luz, o lo que quiera que sea, y que ahí se quedan, no sé cuántos se han apoderado de parte de las aceras. De estas, en la de mi puerta, un enorme socavón, amenaza si no lo ha hecho a que más de un viandante se deje parte de su anatomía en él. Dos llamadas mías al ayuntamiento, departamento de obras, para dar cuenta del enorme boquete, en los dos últimos meses, muy a la moda, uno tras otro, hasta tres empleados diferentes escurrían el bulto, diciéndome que no era asunto suyo, pero que pasaban nota a la persona a quien correspondía. Buscando donde posarse debe andar la tal nota, en interminable vuelo.  En el tramo de acera siguiente, con esa pretensión de meter los vehículos hasta el mismo interior de los locales,  hoy ocupada por diferentes comercios, que dada su oferta, nos lo necesitan, su superficie solo muestra desniveles, badenes y pendientes muy propias para unas pruebas de habilidad, pero no para transitarla.
En otra dirección, la que lleva a la carretera de Málaga, en la misma de Marcos de Obregón se encuentra instalado el mercado de abastos. Aunque se prolongue luego, ya en toda su extensión, ocupando otra vía distinta, la de Jaén, nos gustaría, dada su proximidad y la noticia de, muy pronto, una llamada digitalización de su interior, “y su actuación en varias líneas”, -según leo-, que una de ellas se destinará a paliar el lamentable estado que presenta lo que una vez fue asfalto y hoy no son más que hoyos y suciedad  al pie de la puerta de salida; más que nada, porque se trata de una acera a la que es necesario acudir, si se baja hacia Martínez Astein, para no ser atropellado en la calzada. Con tantas instituciones, provinciales y locales, implicada en esa reforma virtual, creo que no sería mucho pedir una pizca de algo más material.

RONDA SEMANAL


domingo, 27 de octubre de 2019



PETER HANDKE, UN NOBEL POR TIERRAS MALAGUEÑAS

            Reciente la concesión del Nobel de Literatura a Handke, cabría una somera mirada a  su paso en 1989 por nuestras tierras. Muy breve fue, en realidad, el que llevó a cabo por España. Entra un 20 de febrero y se marcha el 6 de abril, tomando el avión que, desde Málaga, le conduciría a Milán, dando término a ese viaje, en el que Andalucía, desde su llegada a Linares el 5 de marzo, acaparará gran parte de ese periodo de tiempo.
            Recorre el austriaco los caminos hispanos con la intención de ir tomando notas para la redacción de sendos libros, que nunca llegaría a escribir. Dada esta circunstancia, 15 años más tarde, opta por la publicación de su antiguo peregrinaje, pues tal se podría considerar el aire de monástica austeridad que caracteriza al libro: Ayer de Camino.
            De esa premura y comedimiento con que recorre las ciudades, atrae su atención nada más llegar a Málaga, un 31 de marzo, la presencia en el puerto de lo que denomina “un bote submarino”, “chorreando en negro”, color al que un día gris y de cambiantes luces, inunda igualmente a los marineros, que en su marcial inmovilidad y ordenadas filas, les encuentra algo de barras paralelas, todos ellos gozosos por haber subido un peldaño y recobrado el mundo de arriba, el superior.
            El desplazamiento de Málaga a Ronda, en autobús, le proporciona al austriaco otras inesperadas “iluminaciones”; una de ellas, la contumaz y precavida contemplación de la marcha del vehículo, salvando las inúmeras curvas del recorrido, prisionero, a diestro y siniestro de abismos insondables, e, igualmente, de pobladas laderas a punto de derrumbarse; pero más que nada, la poco habitual conducta de su chofer, que decide detenerse en un tramo del trayecto, comido de mareos. Como el asiento delantero, junto al conductor, lo ocupan dos hijos de este,  habría que indagar si, al sentirse mal, lo que pretendió, antes que la suya y la de los pasajeros, fue salvar la vida de su prole. En cualquier caso, piensa que la lentitud es un valioso acólito del tiempo, y a la que, de vez en cuando, es necesario acudir.
            Llegado a Ronda, no busca la huella querida de Rilke dentro de la población, donde contempla la pedestre apropiación de su nombre por una autoescuela, sino en las afueras, siempre territorio favorito del poeta checo para sus paseos en los meses que residió allí. Comprueba Handke,  que no estuvo equivocado Rainer Maria, y que para disfrutar de la naturaleza e integrarse en ella, no hay mejor aliado que el silencio, sin perder de vista ni un momento al paisaje. En este escenario, resulta música en sordina la de las aves, grandes y nimias, que han tomado a los almendros, hasta arriba de blancura, por asalto para sus líricos ensayos y piruetas.
            Atrapado por la magia del momento y del bucólico lugar, tumbado sobre la tibia tierra serrana, se siente el austriaco como monarca augusto de un reino sin vasallos. El silencio es tan grande, que el tenue volar de un grupo de gorriones, adquiere el aparato de “un zumbido, un rugido o incluso de un retumbar”.
            No desaprovecha Handke, los atractivos que le ofrece la bajada al Tajo. Hasta los molinos llega. Y como le gusta, sin nadie que le acompañe, emprende el descenso dejándose llevar del impulso que añade a su marcha los pendientes y escuetos senderos. Del zumbido de los moscardones está abarrotada la mañana, abrumando con su leve peso a las ramas de árboles y arbustos, que se agitan cuando aquellos huyen en desbandadas, como si fueran pájaros los que los abandonaran. Ante la escena, se siente uno más y con ganas de gritar: “¡Soy tu hijo!”, pero, dice, “¿Quién me escucharía?”. Ni rastro ya, a estas alturas del año, del invierno, evidente en el caudal del Guadalevín, con poco agua y muy contaminada la que lleva. Y se pregunta: “¿Lo vió Rilke todavía como río?”.
            En busca de la perspectiva que se contempla desde un pino solitario, de la que ha leído, o al que, sin proponérselo, le ha conducido su vagabundeo de caminante, se fija en los saltos que, delante de él, en el sendero, como señalándole los pasos a seguir, ejecuta un cuco, con una energía inconcebible en tan diminuto cuerpo. Un hombre y su burro, ambos con tardo andar, no lejos de donde está, le hacen recordar a su país, a Austria, donde es frecuente ver parecida escena. Al amor del sol y la sombra, tendido bajo el pino, aún tiene tiempo de echar una cabezada.


DIARIO SUR DE HOY 

miércoles, 23 de octubre de 2019



CIUDAD DE MUSEOS

            Por si a alguien le quedaba alguna duda de que la esencia de las estaciones hubieran elegido un camino distinto, aquí está el otoño, haciendo acto de presencia, como antaño, como siempre. Con su ejército de nubes, esparciéndose a su arbitrio por un cielo, a ratos azul, a ratos gris, y un sol que por momentos calienta en demasía y a los que a otros puede hasta vencer sus rayos una brisa que es de puro invierno.  También con sus chaparrones, que falta que nos hacen el agua que derraman.
Bueno es que, con tantas mudanzas como está sufriendo el equilibrio de la atmósfera, algo permanezca estable, porque el día que no lo haga, y cuantiosas posibilidades hay de que eso ocurra, a este mundo nuestro pocas esperanzas de que siga en en ser, y con él a nosotros, le quedará.
            Cabe pensar que, ahora que este municipio, al igual que otros, estrena cargos y ocupaciones, que le come la ilusión, que se apresta a derrochar energías y bríos en sacar a la luz dormidos proyectos para reivindicarlos, pudiera ser el momento idóneo para proponer, los que fuera del ayuntamiento, pero en la ciudad vivimos, ideas que no es que sean totalmente nuevas, porque en un tris estuvieron en tiempo idos de fructificar, pero que en el trastero de lo que pudo ser y no fue, quedaron. 
            Con abundantes alteraciones sufridas en su urbanismo y en su entorno natural, ambos dañados o arruinados, nos queda la duda de si, con entera propiedad podría seguir teniendo algún sentido la denominación de “ciudad museo”, con que en sus años de forzado exilio, distinguió Dionisio Ridruejo a Ronda. No deja de ser curioso, sin embargo, que, sin que existiera ninguno en esos años angustiosos de la posguerra, sí que en nuestra ciudad, acogiéndose a esa frase matriz, han proliferado más tarde los museos, lo que es desde luego de loar, y de celebrar: que Ronda se haya convertido en una “ciudad de museos”.
            Hasta media docena de ellos, dentro de nuestra modestia, y puede que se nos escape alguno, se esparcen por distintas zonas, con claro éxito de asistentes, como indican que lleven años funcionando sin interrupción. Con todo, no obstante, con lo que de historia, arte, o costumbres vienen a cubrir estas pequeñas fortalezas de la cultura nativa, nosotros abogaríamos por la posibilidad de contar con uno más; algo, por otra parte, que ya con motivo de una posible donación privada de cuadros del siglo XIX (y queremos recordar que siendo alcaldesa la misma que ahora lleva las riendas del ayuntamiento), se estuvo a punto de crear: un museo que acogiera en sus salas la imagen de Ronda y de sus pueblos plasmadas desde hace centurias hasta nuestros días en pinturas, dibujos o grabados: un museo, cualquiera que sea el nombre que se le quiera dar, artístico o romántico, por proponer uno, en el que, desde luego, figurarían firmas de verdadero y universal mérito y en el que con un poco de paciencia, expondría a los visitantes una espléndida,  antológica y plural visión de nuestra ciudad y de cuánto vino a significar, como fuente de inspiración, en multitud de artistas. Por todo ello, retomar su estudio, desde luego que valdría la pena.
DIARIO SUR HOY

            

viernes, 4 de octubre de 2019

SE NOS VA EL CALOR

            Se nos va la estación estival, una más, y con ella ahuyentamos los más viejos esa pizca de miedo que metían en nosotros miríadas de advertencias, desde distintos frentes, agobiándonos con las cosas que deberíamos hacer o evitar si no queríamos que esa anual y persistente ola de fuego que desprendía los cielos, y los suelos, no nos devorara y,  lo que sería peor, nos aniquilara.
            Por suerte, zarandeados, eso sí, por esas piras obcecadas, aún podemos presumir, sin que nos llegue la camisa al cuerpo, de estar aquí, esperando ya esa luenga pausa tranquilizadora, ese hondo suspiro de un irisado otoño, mientras llegan los montaraces y, diríamos, purificadores fríos serranos. Del calor, cierto es, y del estío, no podemos esperar más que eso: ígneas vaharadas, más o menos vigorosas u obcecadas, más o menos infernales o arduas de soportar.
            Con nuevas ganas e imagino que ambiciones de mudar cosas, -que ojalá sean las que lo merezcan y no las que bien están como se hallan-, casi de manos de incipientes calores, presagiando a los de mayor dureza, hizo su entrada el nuevo Gobierno municipal, que, sabido es, llega para sustituir al precedente, de distinta ideología, aunque vale la pena recordar que, puesto a conducir los destinos de una ciudad, en este caso la nuestra, bien habría que prescindir de cualquier pensamiento político que no fuera el de ¡Ronda!.
            De desear es, que todos esos proyectos ilusionantes a los que pretende hacer frente el Ayuntamiento, como tantas veces ha ocurrido, no acaben, pasados unos meses, siendo pasto del olvido, de la desidia o de otros foráneos y más poderosos intereses, para quedar en nada.
            Modestos como somos, dejando a un lado esos megaproyectos, para los que, insistimos,  deseamos la mejor de las fortunas, pediríamos, entretanto, no abandonar las cosas pequeñas; primero, porque son piedras angulares de las más grandes, y luego, porque a voces pregonan algunas apatía, dejadez y nulo aprecio por lo que de cierto valor tenemos, y, añadiríamos, porque siglos llevan ahí, alegrándonos la vista y dándonos plácida compañía.
            Por referirnos solo a la provincia, -que mucho más lejos podían llegar los tiros-, a nadie se nos oculta que no desde hace poco, sino desde que no hay memoria, ocupamos el vagón de cola, no en esto ni en lo otro, sino en numerosos estadios largos de enumerar. Uno más, entre tantos, nos enteramos estos días por la prensa, que, hasta en eso, en espacios verdes, parques y todo eso, lastimosamente, somos los que menos tenemos, mientras que, mira por donde, Antequera, la que tantas soberanas palizas nos viene dando, día tras día, ahora más que nunca, en el arte de conseguir logros de los que sentirse orgullosos, es la primera.
            Lamento tras lamento, porque dada la escasez de zonas verdes de las que disfrutamos, (¿por qué crearlas? ¿qué sentido levantarlas en lugares que las pedían a gritos, pudiendo alzar espigados edificios, que son los que dan dinero?) lo menos que deberíamos hacer es cuidar nuestra Alameda, a la que no paramos de dar dentelladas, afear y apalear con todo tipo de eventos, con destrozos que ahí quedan sus huellas, los autorizados, y los que no lo son de salvajes, a los que mejor se les podría poner freno con una vigilancia generalizada, que hasta ahora, que sepamos, no existe. Penosa para un lugar con tanto turismo, y más, desde luego, para los rondeños, la fealdad ya de comienzo de esa entrada principal de nuestra Alameda, luciendo como  pedestre puente hacia su interior, desde hace incontables meses, ese montículo acementado y lleno de cicatrices, que por su fealdad, es todo un poema con profusión de ripios.
            Cosas pequeñas que no nos sobran, sino que echamos en falta. ¿Desde cuándo está sin un brazo, manca, la espléndida, hermosa, farola  de la plaza de Carmen Abela? Si fue la naturaleza la que la cercenó, el restaurarla no creemos sea labor de esta… En fin, aboguemos también, puesto a pedir cosas nimias, que perdidas aceras, como la que trascurre desde la iglesia del Socorro hasta la calle de la Bola, no se pierdan para los que andamos de aquí para allá, entre otras cosas porque para eso se pensaron.

RONDA SEMANAL HOY
           

martes, 24 de septiembre de 2019

SABOR HISPANO EN CUENTOS INGLESES

            Que la plácida actividad de la lectura no tenga fronteras vedadas, que pueda desarrollarse en no importa qué lugares u horas, es uno más de sus numerosos atractivos. Dicho de otra manera: adonde voy yo va mi ejemplar, mi libro, el deseo de leer, de dar cumplida cuenta de una tentación que solo depende de un acto de mi voluntad.
            Poco, nunca se puso en práctica en España esta actividad, y refiriéndonos a otros tiempos los que lo hacíamos preferíamos para no llamar la atención y que no se nos tachara de raros,  llevarla a cabo en el íntimo ámbito del hogar. Por eso, veíamos con algo de admiración y no menos envidia, la desenfadada –llamémoslo así- actitud de abundantes visitantes extranjeros, que se permitían en playas, cafés, parques, trenes o autobuses, aislarse del mundo circundante con un libro, sacado del bolso si se trataba de una fémina o del bolsillo de su chaqueta si un varón.
            Un escenario con idénticos protagonistas, libro e individuo, y el aire libre acunándolos, pero con insospechada frecuencia, podía contemplarse si los que visitábamos ciudades, por ejemplo, como París y, más, Londres, éramos los hispanos. Perdido ese estulto pudor lector hoy en día, el que nos hacía dudar si hacíamos lo correctos mostrando nuestras inclinaciones lectoras en público, no demasiado ha cambiado esa brecha entre determinados países y el nuestro por lo que el hábito de leer se refiere, dentro o fuera del hogar, sino que, diríamos, es más profunda que lo fue nunca.
            Si de algo podemos sentirnos satisfechos mi mujer y yo, de lo realizado con nuestros medios, en una función educativa doméstica que no necesita otros que no sean los de que nos vieran diariamente leyendo, y libros como objetos familiares esparcidos por doquier en la casa,  es la de haberles transmitido esa pasión por ellos a nuestros hijos, y estos, a los suyos. Claro que, en el caso de mi hija, desde hace una veintena de años en Londres, casada con un irlandés, no es nimio el fervor con que los docentes locales fomentan ese amor por los libros interesando a sus alumnos. Sugerentes bibliotecas en salas aparte, en cada clase, llenas de colorido, continente y contenido, son aras en las que se rinden culto a los libros, que están a disposición de los alumnos tanto para hacer uso de ellos en una atmósfera propicia o para llevárselos a casa. Fruto de esa labor, sorprende, y no creo que su caso sea una excepción, que nuestra inglesa nieta, de solo siete años, devore, entre otros, en pocos días volúmenes y volúmenes de las aventuras de Harry Potter, con pasmosa prontitud. 
            Su hermano mayor, de diez años, en una elección en la que nadie más que él ha intervenido, se ha traído de la biblioteca escolar, para leerlo durante sus vacaciones en España, un libro titulado: Toro, toro, cuyo autor es Michael Morpurgo, que goza de una merecida fama por sus libros para niños y adolescentes. Una carrera literaria que iniciaría cuando siendo maestro de primaria y acudir a los cuentos infantiles para leerles historias, pensó que él, de su propia cosecha, podía contarlas mejores. 
            Amasa la levadura de sus cuentos infantiles Morpurgo, partiendo de escenarios reales y del manejo de unos hechos históricos que igualmente lo son. Estos elementos narrativos, sirven de sostén a una ficción que no es tan fantástica como parece, que aunque no ha sucedido bien pudiera haberlo hecho. Una visita del autor a tierras tan legendarios, encantadas y desconocidas como las malagueñas de La Sauceda de Cortes, no lejos de las cuales pastan los toros de una ganadería, en los albores del siglo XXI, le brindó ideas para tejer la historia que recorre el libro, la que un abuelo, conocido como Antoñito, le cuenta a su nieto, del mismo nombre, ocurrida en su niñez, con dos protagonistas mayores, Paco, un toro al que vio nacer y que aún adulto, como un fiel perrito, le sigue a todas partes. Para librarlo de una muerte en los ruedos, emprenderá acciones temerarias, la última abrirle las puertas del redil, para que huya a los cercanos bosques.
            El otro protagonismo es el de nuestra Guerra Civil, y el de un grupo de guerrilleros entre los que se encuentra como cabecilla, Juan, un tío de Antoñito; y  la infamia de una destrucción real de personas y viviendas de la que todavía habla hoy en día los muros en pie y algún ventanal de lo que fue la ermita del pueblo. Para recordar, que no fue fábula sino vileza el que fuera este lugar edénico de La Sauceda el que sirviera como inicial banco de pruebas, arrasado por las bombas nazis de la llamada Legión Cóndor, Legión de muerte, unos meses antes que en Guernica, ejecutando unos bombardeos que resonarían durante largos años por todo el Continente, tanto como se prolongaría la Segunda Guerra Mundial.

DIARIO SUR SÁBADO 21