miércoles, 23 de octubre de 2019



CIUDAD DE MUSEOS

            Por si a alguien le quedaba alguna duda de que la esencia de las estaciones hubieran elegido un camino distinto, aquí está el otoño, haciendo acto de presencia, como antaño, como siempre. Con su ejército de nubes, esparciéndose a su arbitrio por un cielo, a ratos azul, a ratos gris, y un sol que por momentos calienta en demasía y a los que a otros puede hasta vencer sus rayos una brisa que es de puro invierno.  También con sus chaparrones, que falta que nos hacen el agua que derraman.
Bueno es que, con tantas mudanzas como está sufriendo el equilibrio de la atmósfera, algo permanezca estable, porque el día que no lo haga, y cuantiosas posibilidades hay de que eso ocurra, a este mundo nuestro pocas esperanzas de que siga en en ser, y con él a nosotros, le quedará.
            Cabe pensar que, ahora que este municipio, al igual que otros, estrena cargos y ocupaciones, que le come la ilusión, que se apresta a derrochar energías y bríos en sacar a la luz dormidos proyectos para reivindicarlos, pudiera ser el momento idóneo para proponer, los que fuera del ayuntamiento, pero en la ciudad vivimos, ideas que no es que sean totalmente nuevas, porque en un tris estuvieron en tiempo idos de fructificar, pero que en el trastero de lo que pudo ser y no fue, quedaron. 
            Con abundantes alteraciones sufridas en su urbanismo y en su entorno natural, ambos dañados o arruinados, nos queda la duda de si, con entera propiedad podría seguir teniendo algún sentido la denominación de “ciudad museo”, con que en sus años de forzado exilio, distinguió Dionisio Ridruejo a Ronda. No deja de ser curioso, sin embargo, que, sin que existiera ninguno en esos años angustiosos de la posguerra, sí que en nuestra ciudad, acogiéndose a esa frase matriz, han proliferado más tarde los museos, lo que es desde luego de loar, y de celebrar: que Ronda se haya convertido en una “ciudad de museos”.
            Hasta media docena de ellos, dentro de nuestra modestia, y puede que se nos escape alguno, se esparcen por distintas zonas, con claro éxito de asistentes, como indican que lleven años funcionando sin interrupción. Con todo, no obstante, con lo que de historia, arte, o costumbres vienen a cubrir estas pequeñas fortalezas de la cultura nativa, nosotros abogaríamos por la posibilidad de contar con uno más; algo, por otra parte, que ya con motivo de una posible donación privada de cuadros del siglo XIX (y queremos recordar que siendo alcaldesa la misma que ahora lleva las riendas del ayuntamiento), se estuvo a punto de crear: un museo que acogiera en sus salas la imagen de Ronda y de sus pueblos plasmadas desde hace centurias hasta nuestros días en pinturas, dibujos o grabados: un museo, cualquiera que sea el nombre que se le quiera dar, artístico o romántico, por proponer uno, en el que, desde luego, figurarían firmas de verdadero y universal mérito y en el que con un poco de paciencia, expondría a los visitantes una espléndida,  antológica y plural visión de nuestra ciudad y de cuánto vino a significar, como fuente de inspiración, en multitud de artistas. Por todo ello, retomar su estudio, desde luego que valdría la pena.
DIARIO SUR HOY

            

viernes, 4 de octubre de 2019

SE NOS VA EL CALOR

            Se nos va la estación estival, una más, y con ella ahuyentamos los más viejos esa pizca de miedo que metían en nosotros miríadas de advertencias, desde distintos frentes, agobiándonos con las cosas que deberíamos hacer o evitar si no queríamos que esa anual y persistente ola de fuego que desprendía los cielos, y los suelos, no nos devorara y,  lo que sería peor, nos aniquilara.
            Por suerte, zarandeados, eso sí, por esas piras obcecadas, aún podemos presumir, sin que nos llegue la camisa al cuerpo, de estar aquí, esperando ya esa luenga pausa tranquilizadora, ese hondo suspiro de un irisado otoño, mientras llegan los montaraces y, diríamos, purificadores fríos serranos. Del calor, cierto es, y del estío, no podemos esperar más que eso: ígneas vaharadas, más o menos vigorosas u obcecadas, más o menos infernales o arduas de soportar.
            Con nuevas ganas e imagino que ambiciones de mudar cosas, -que ojalá sean las que lo merezcan y no las que bien están como se hallan-, casi de manos de incipientes calores, presagiando a los de mayor dureza, hizo su entrada el nuevo Gobierno municipal, que, sabido es, llega para sustituir al precedente, de distinta ideología, aunque vale la pena recordar que, puesto a conducir los destinos de una ciudad, en este caso la nuestra, bien habría que prescindir de cualquier pensamiento político que no fuera el de ¡Ronda!.
            De desear es, que todos esos proyectos ilusionantes a los que pretende hacer frente el Ayuntamiento, como tantas veces ha ocurrido, no acaben, pasados unos meses, siendo pasto del olvido, de la desidia o de otros foráneos y más poderosos intereses, para quedar en nada.
            Modestos como somos, dejando a un lado esos megaproyectos, para los que, insistimos,  deseamos la mejor de las fortunas, pediríamos, entretanto, no abandonar las cosas pequeñas; primero, porque son piedras angulares de las más grandes, y luego, porque a voces pregonan algunas apatía, dejadez y nulo aprecio por lo que de cierto valor tenemos, y, añadiríamos, porque siglos llevan ahí, alegrándonos la vista y dándonos plácida compañía.
            Por referirnos solo a la provincia, -que mucho más lejos podían llegar los tiros-, a nadie se nos oculta que no desde hace poco, sino desde que no hay memoria, ocupamos el vagón de cola, no en esto ni en lo otro, sino en numerosos estadios largos de enumerar. Uno más, entre tantos, nos enteramos estos días por la prensa, que, hasta en eso, en espacios verdes, parques y todo eso, lastimosamente, somos los que menos tenemos, mientras que, mira por donde, Antequera, la que tantas soberanas palizas nos viene dando, día tras día, ahora más que nunca, en el arte de conseguir logros de los que sentirse orgullosos, es la primera.
            Lamento tras lamento, porque dada la escasez de zonas verdes de las que disfrutamos, (¿por qué crearlas? ¿qué sentido levantarlas en lugares que las pedían a gritos, pudiendo alzar espigados edificios, que son los que dan dinero?) lo menos que deberíamos hacer es cuidar nuestra Alameda, a la que no paramos de dar dentelladas, afear y apalear con todo tipo de eventos, con destrozos que ahí quedan sus huellas, los autorizados, y los que no lo son de salvajes, a los que mejor se les podría poner freno con una vigilancia generalizada, que hasta ahora, que sepamos, no existe. Penosa para un lugar con tanto turismo, y más, desde luego, para los rondeños, la fealdad ya de comienzo de esa entrada principal de nuestra Alameda, luciendo como  pedestre puente hacia su interior, desde hace incontables meses, ese montículo acementado y lleno de cicatrices, que por su fealdad, es todo un poema con profusión de ripios.
            Cosas pequeñas que no nos sobran, sino que echamos en falta. ¿Desde cuándo está sin un brazo, manca, la espléndida, hermosa, farola  de la plaza de Carmen Abela? Si fue la naturaleza la que la cercenó, el restaurarla no creemos sea labor de esta… En fin, aboguemos también, puesto a pedir cosas nimias, que perdidas aceras, como la que trascurre desde la iglesia del Socorro hasta la calle de la Bola, no se pierdan para los que andamos de aquí para allá, entre otras cosas porque para eso se pensaron.

RONDA SEMANAL HOY
           

martes, 24 de septiembre de 2019

SABOR HISPANO EN CUENTOS INGLESES

            Que la plácida actividad de la lectura no tenga fronteras vedadas, que pueda desarrollarse en no importa qué lugares u horas, es uno más de sus numerosos atractivos. Dicho de otra manera: adonde voy yo va mi ejemplar, mi libro, el deseo de leer, de dar cumplida cuenta de una tentación que solo depende de un acto de mi voluntad.
            Poco, nunca se puso en práctica en España esta actividad, y refiriéndonos a otros tiempos los que lo hacíamos preferíamos para no llamar la atención y que no se nos tachara de raros,  llevarla a cabo en el íntimo ámbito del hogar. Por eso, veíamos con algo de admiración y no menos envidia, la desenfadada –llamémoslo así- actitud de abundantes visitantes extranjeros, que se permitían en playas, cafés, parques, trenes o autobuses, aislarse del mundo circundante con un libro, sacado del bolso si se trataba de una fémina o del bolsillo de su chaqueta si un varón.
            Un escenario con idénticos protagonistas, libro e individuo, y el aire libre acunándolos, pero con insospechada frecuencia, podía contemplarse si los que visitábamos ciudades, por ejemplo, como París y, más, Londres, éramos los hispanos. Perdido ese estulto pudor lector hoy en día, el que nos hacía dudar si hacíamos lo correctos mostrando nuestras inclinaciones lectoras en público, no demasiado ha cambiado esa brecha entre determinados países y el nuestro por lo que el hábito de leer se refiere, dentro o fuera del hogar, sino que, diríamos, es más profunda que lo fue nunca.
            Si de algo podemos sentirnos satisfechos mi mujer y yo, de lo realizado con nuestros medios, en una función educativa doméstica que no necesita otros que no sean los de que nos vieran diariamente leyendo, y libros como objetos familiares esparcidos por doquier en la casa,  es la de haberles transmitido esa pasión por ellos a nuestros hijos, y estos, a los suyos. Claro que, en el caso de mi hija, desde hace una veintena de años en Londres, casada con un irlandés, no es nimio el fervor con que los docentes locales fomentan ese amor por los libros interesando a sus alumnos. Sugerentes bibliotecas en salas aparte, en cada clase, llenas de colorido, continente y contenido, son aras en las que se rinden culto a los libros, que están a disposición de los alumnos tanto para hacer uso de ellos en una atmósfera propicia o para llevárselos a casa. Fruto de esa labor, sorprende, y no creo que su caso sea una excepción, que nuestra inglesa nieta, de solo siete años, devore, entre otros, en pocos días volúmenes y volúmenes de las aventuras de Harry Potter, con pasmosa prontitud. 
            Su hermano mayor, de diez años, en una elección en la que nadie más que él ha intervenido, se ha traído de la biblioteca escolar, para leerlo durante sus vacaciones en España, un libro titulado: Toro, toro, cuyo autor es Michael Morpurgo, que goza de una merecida fama por sus libros para niños y adolescentes. Una carrera literaria que iniciaría cuando siendo maestro de primaria y acudir a los cuentos infantiles para leerles historias, pensó que él, de su propia cosecha, podía contarlas mejores. 
            Amasa la levadura de sus cuentos infantiles Morpurgo, partiendo de escenarios reales y del manejo de unos hechos históricos que igualmente lo son. Estos elementos narrativos, sirven de sostén a una ficción que no es tan fantástica como parece, que aunque no ha sucedido bien pudiera haberlo hecho. Una visita del autor a tierras tan legendarios, encantadas y desconocidas como las malagueñas de La Sauceda de Cortes, no lejos de las cuales pastan los toros de una ganadería, en los albores del siglo XXI, le brindó ideas para tejer la historia que recorre el libro, la que un abuelo, conocido como Antoñito, le cuenta a su nieto, del mismo nombre, ocurrida en su niñez, con dos protagonistas mayores, Paco, un toro al que vio nacer y que aún adulto, como un fiel perrito, le sigue a todas partes. Para librarlo de una muerte en los ruedos, emprenderá acciones temerarias, la última abrirle las puertas del redil, para que huya a los cercanos bosques.
            El otro protagonismo es el de nuestra Guerra Civil, y el de un grupo de guerrilleros entre los que se encuentra como cabecilla, Juan, un tío de Antoñito; y  la infamia de una destrucción real de personas y viviendas de la que todavía habla hoy en día los muros en pie y algún ventanal de lo que fue la ermita del pueblo. Para recordar, que no fue fábula sino vileza el que fuera este lugar edénico de La Sauceda el que sirviera como inicial banco de pruebas, arrasado por las bombas nazis de la llamada Legión Cóndor, Legión de muerte, unos meses antes que en Guernica, ejecutando unos bombardeos que resonarían durante largos años por todo el Continente, tanto como se prolongaría la Segunda Guerra Mundial.

DIARIO SUR SÁBADO 21


               

domingo, 21 de julio de 2019

            LA MIRADA DE RILKE EN UN LIBRO

            Como a ojos vistas de los que nunca faltaron a nuestro lado, agonizan los libros de letra impresa, con un tempo ya descabalado que ha tornado su ritmo en puro despeñarse, habrá que agradecer la presentación por estos recónditos y abruptos lares, donde más es de notar la fatal circunstancia, de uno muy especial: el titulado, “Viaje al Sur. Rilke en Ronda”, del que es autora Carmen Rivas, en edición patrocinada por la Fundación Unicaja.
            Justo es reconocer, que con ese aluvión de obras que en las últimas décadas se han escrito sobre la estancia del universal Rilke en Ronda, si prescindimos de contadas excepciones, de concienzudos investigadores y de amantes de las letras, el poeta en nuestra ciudad, desde esos mismos años, no es más que un nombre que, a razón de un homenaje, le sonó bien a los dueños de una autoescuela o de una constructora para denominarlas, con lo bien, pensamos, que esa denominación hubiera servido para ser usada  con idéntico fin, pero con asaz más propiedad en un colegio o en una librería,  círculo cultural o así.
            Y vejación mayor, para la historia de esa estancia, y sin duda para los rondeños, el total desprecio ejercido con la habitación que ocupó el poeta en el hotel Reina Victoria, de cara a las montañas, como no podía ser menos, convertida durante décadas en un pequeño museo, con su mobiliario de época, facturas y otros objetos afines, a la que se desmanteló, desapareciendo. Que un hotel con 95 habitaciones, para dar y tomar, que sus compradores, arrendadores, arrendados, propietarios o vendedores, no hayan tenido la delicadeza de conservar una con tal memoria a sus espaldas es de pena y bien indicativo de cómo funcionan las cosas por aquí. 
             Vejaciones y desprecios aparte, de loar es, y no poco,  la aventura emprendida por Carmen Rivas, persiguiendo sin descanso el deambular del poeta de Praga, hasta no dejar vacío de contenido ninguna de las horas pasadas por Rilke en esos meses de residencia en el hotel, ni, menos, de su premioso caminar por las calles y campos serranos, un hito creativo desde entonces en la historia de la poesía. Hermoso y agotador empeño el suyo, al de la autora nos referimos, y una obra, la que rememora las páginas del libro, tan exhaustiva y definitiva, que no es posible explicar su minucioso desarrollo, si no es conociendo que Carmen ha dedicado parte de una vida, incontables años, a completarla, a culminarla.
            Como solícito epígono rilkeniano, contempla el libro, bajo la perspicaz mirada de su autora, el lírico peregrinaje del poeta, por una Ronda de infinitos silencios y perfiles, más herméticos y sugestivos por la presencia de la crudeza del invierno, de brisas afiladas, pero sin mácula, de una pureza redentora, que  más que dejar estigmas en la débil salud de Rainer María, pareció recomponerla, acorazarla para ser frente al desafío de la creación, de la inspiración, porque por doquier le surge.
            No de silencios y punzantes auras, sin embargo, se compone el libro, mas de evocadores textos alfombrados de numerosas ilustraciones que cuentan, para ser más certeros, el mapa de rincones hollados por el poeta. En definitiva, diríamos, que, Carmen Rivas,  mete pies y alma en el seguimiento de las huellas dejadas por el poeta  para, obcecada, ejemplarmente, recorrer sus mismos lugares. Son sitios de sobra familiares para ella, por ser parte integral del suelo en el que vive y se ha criado; pero que ahora se presentan, a sus ojos escrutadores, tamizados por la pátina que imprimió la antigua presencia de Rainer María; lugares en los que, con seguridad, dejó el poeta una trova, unos fervorosos renglones, o acorraló el estro de unas líneas para darles vida en una trova, en una postal, en una epístola; lugares que  se manifiestan con un halo de insospechada pureza, de cosa nueva, algo de lo  que, con creces, rebosa el libro.

SUR DE HOY
            
              
        
           

martes, 18 de junio de 2019


            TODO EN UNA CERÁMICA

            Somos por estas fragosas tierras del interior, con más peñascos que planicies, y menos fortuna que las que merecerían, muy poco dados a las alabanzas; entendemos que, con  origen, en algo que, ahora,  tras siglos de constantes y enconadas luchas de razas, y otros tanto de total olvido, y no menos engaños, fluye abundantemente en el torrente de nuestra sangre, y a lo que como justificación -puede que de forma estulta-,  nos aferramos para seguir inmersos en nuestra adustez y desidia, tan antigua como arraigada. 
            Una forma, sibilina, de ahondar en la herida de ese olvido, era no olvidándonos del todo, pues usados fueron  con persistente tradición, en cualquier época, estos serranos suelos, como sitio de castigo, o mazmorra al aire libre, a los que se enviaban gobernantes y políticos transgresores de los distintos regímenes. Y por si alguna duda quedara, y, sin querer ahondar, se nos vienen a la memoria,  los de Escóiquiz, los de Ruidrejo, Beigbeder, o, como más doméstico, el del poeta y periodista malagueño Antonio Luis Carrión.
            Con muy distintas intenciones, llegaron por aquí, hollando pueblos sin descanso, con enfervorizado ánimo, para propalar una cultura de proyecciones, teatros, conferencias y libros, apenas un mes después de ser proclamada la II República, en altruista entrega, Cernuda, Bello, o Gaya, voceros de ese excepcional proyecto, sin parangón alguno en Europa, que fue la Misión Pedagógica, y de paso, mostrar su devoción por los rincones más apartados de la Serranía y por la abrupta belleza de Ronda.
            En parte por la necesidad de ganarse la vida y en parte atraídos a estos lugares, por lo que de bueno habían oído referir de ellos, y, con gran peso, por el interés de Fernando de los Ríos, a sazón ministro de Enseñanza y Bellas Artes, un par de años más tarde, en 1933, llegan Eligio de Mateos, sobrino de Dolores Rivas, esposa de Manuel Azaña, Joaquín Amigo, granadino del círculo de García Lorca y redactor con este de la revista Gallo, José Manaut, pintor y escritor valenciano, con merecida fama alcanzada póstumamente, o Antonio Palomeque, historiador y geógrafo, con una reconocida obra investigadora todavía vigente.      
             En una mañana invadida por la placidez de brisas vernales que acarician sin tapujos y de un junio cumplidor, pues actúa como se espera de él, remontando sombras, un grupo heterogéneo de sectores de la población rondeña, con amplia representación de enseñantes, cabe decir que despojados de esa ancestral y abúlica molicie que siempre nos puede, nos hemos aglomerado para llevar a cabo un acto cultural al que hubiera dado sus plácemes Francisco Giner: con plena presencia de aire libre y naturaleza de fondo, dándole un buen repaso memorístico a un capítulo de nuestra historia, para refrescarla, antes de que la maraña de polvo y años nos lo amordace y, como tantos otros, sucumba.
            Nada mas ha consistido el acto, con un sentido y breve proemio de versos y música, en la instalación de un mosaico acogiéndose al espacio enjalbegado y libre de una fachada, que fuera parte del edificio del defenestrado Centro. Inscritos han quedado en ella, en uno, una serie de homenajes y de recuerdos: a la Institución Libre de Enseñanza, a la Residencia de Estudiantes, al propio Instituto, a una plantilla de profesores de excepción, a José Manaut representándolos, y con una dolorosa actualidad, por su reciente pérdida, al autor de la cerámica, al bueno, sabio y magno artista de todo lo andaluz que fue Cristóbal, Cristóbal Aguilar.
DIARIO SU HOY
   

martes, 11 de junio de 2019


HUERA DE VISITANTES LA CIUDAD NOS ESPERA

            A la manifiesta tozudez de los cielos, tan imperecedera como su inmensidad, se deben, Zaide, estos días de pertinaz, abundantes y jugosas lluvias, que, a grandes carretadas, a apaciguar la aridez de sedientas tierras acuden. Han obrado con largueza, negativamente, en la presencia de forasteros y aunque los días han mudado luego a ser bonachones y condescendientes, la posibilidad de la vuelta a un tiempo de fríos glaciales y horizontes sombríos, que parecía ido, los ha hecho recapacitar, porque no es, qué duda cabe, lo que buscaban al dejar el calorcillo y la ternura de las almenas del hogar.
            Si detenidamente lo piensas, Zaide, te cerciorarás de que la ciudad vacía de viajeros, es más nuestra que con ellos, y que algo de esa posesión de que ahora gozamos quedaba en extrañas manos, con sus miradas usurpando las nuestras, sus pisadas y vagabundeos a los nuestros, los de los nativos. Y no es que en demasía nos importe su llegada y mestizaje, traen vida de otros lares, pregones nuevos, lo que siempre es de agradecer. Sin embargo, para la contemplación, casi mística con su prieta soledad y siglos a cuestas, la ciudad y los campos llaman en estos momentos al espíritu, a la paz interior, como si esta, tan resquebrajada y en perpetua lid siempre, no fuera ya nunca a extraviarse por conocidos vericuetos de infortunio y pesadumbre.
            Mágica, milagrosa pócima constituye, si bien te fijas, Zaide, ese montaraz escenario, al que, como a las haldas maternales el niño, se acoge nuestra ciudad, presa de un hálito en el que vibra una pizca de quietud y un derroche de gozosa eternidad. En ella, son más luengos y despejados los senderos, más uniforme el orden de la fila de olivos, más templada por la pincelada de la estación vernal la redondez de la copa de los castaños, a los que da protección y alba guarda la esbeltez de unos esparcidos álamos. Otra nívea blancura, como sábanas secándose al aire libre, se refugia en las menudas viviendas, prestas a una danza de seducción, y  más donaire aún en alguna gruesa y empinada torre sin edad, a la que marea con sus arabescos de humo una hoguera que carece de dueño.
            Durante unos huidizos y efímeros instantes, hasta podría creer uno ser parte inmanente de ese paisaje, sustancial a ese luminoso sueño de insuperable paz.

SUR DE HOY

viernes, 7 de junio de 2019


HISTORIA DE UNA CALLE Y DE UNA PLACA SIN CASA


            Cuenta nuestra calle mayor, la más afamada y transitada por nativos y foráneos pies, con una curiosa y longeva historia, a la que ella se aferra con uñas y dientes para no morir. En más de una ocasión, nos ocupamos en hablar de ello y a la que ahora nos gustaría volver, tanto por lo que puede aportar a esa legión de guías de distintas procedencia, que siguen inventando, unos oídos y otros no, a su capricho, bulos y más bulos sobre el nebuloso origen de nuestra entrañable calle: la de la Bola.
            No es que se hunda el mundo, pero molesta, a los que algo conocemos de esa historia, la reiteración con que se oye contar falsedades y cosas absurdas sobre su nombre, un nombre que algo especial deberá tener como para obviar y dejar sin sentido el oficial desde hace ya un siglo y medio. La más socorrida, aunque cada día corren más versiones, que proviene la dicha denominación de una voluminosa bola de nieve, amasada por los lugareños tras un gran temporal de los que con harta frecuencia nos visitaban en aquella época, a la que hicieron rodar recorriendo en toda su extensión la pina calle. 
            Nada más lejos de la realidad. La vida debía tener en aquellos tiempos, mediados del siglo XVIII, muy poco de juego, pero a juego se la tomaban los jóvenes, practicando con asiduidad uno, el de las bolas, en el que, muy probablemente también, dada su popularidad, de ocultas, se cruzaban apuestas; una manera, con cierta fortuna y habilidad, de ganarse unas monedas en días en los que no era fácil ganárselas; más que nada en un lugar de escasas posibilidades de hallar otra ocupación que no fuera de jornalero de sus campos, como era el barrio de San Francisco, en su plaza, donde venía a practicarse el juego.
            Otra práctica, en más poderosas manos, la de la nobleza con sus ejercicio militares, sus corceles y armas, vino a poner fin a ese escenario utilizado por los jugadores, que buscaron una nueva zona, si no más apropiada, sí más libre de otros ejercicios que no fueran los de sus miembros lanzando la bola, para la que también era necesario buena fortaleza pues era de hierro, concretamente la del tramo más céntrico y llano de la actual carrera de Espinel.
            Subyace otra historia sobre la dicha, bastante más actual, que, unida a la anterior, creo que merece ser referida aquí; más que nada por si fuera posible sacar algún provecho de ella, no es otra la pretensión que mueve a estas líneas. Con la idea de recuperar de una vez por todas, para guías y visitantes, el origen de la calle, y unir nuestro respeto a la insistencia popular de generaciones para que el antiguo nombre siguiera ahí, con la colaboración de la consejería de turismo de nuestro ayuntamiento, se fabricó, quiero recordar hace ya al menos, un año, una hermosa cerámica, obra de María Guillén,  que tiene sembrada de ellas los pueblos de nuestra Serranía, con un somero texto de su origen. La intención, claro está, era promover su instalación en cualquier fachada de la calle de la Bola. Pero no deja de sorprender, con la extensión de nuestra calle en sus tres primeros tramos, donde mejor quedaría, la de negativas recibidas para que en la fachada libre de cualquier comercio o en casa particular, luciera –que eso sería- la mencionada cerámica, con ningún gasto para sus propietarios, que correrían a cargo del ayuntamiento, y con la certeza, si se tratara de un comercio, de la segura parada de los guías y la posibilidad de que más de un turista entre a comprar. 
            No sé si ha  mediado en las adversas respuestas, la reconocida abulia y desidia rondeña, o, más bien,  un temor  a ulteriores perjuicios que por ningún lado vemos. Lo que si esperamos del nuevo gobierno municipal, y de su buen obrar, que tratándose de una proyecto bonito, y de nimio costo, tratara de finalizarlo. Si es así, por anticipado nuestro agradecimiento.

En RONDA SEMANAL HOY     


             

miércoles, 29 de mayo de 2019

A CRISTÓBAL AGUILAR, AL ARTISTA, AL AMIGO


            Hay escritos que nunca deberían ver la luz, que son los que, como el presente, destinamos, con torpe voz,  a la ingrata tarea de resumir lo que es arduo resumir: los hechos de una vida cuando ya nada queda de aquella, sino su memoria, por muy viva y por muy duradera que permanezca. Ha muerto Cristóbal Aguilar, ese andaluz, sevillano de nacimiento y rondeño de corazón,  ciudades a las que, a parte iguales, amaba con callado ardor. 
            Eso de que, la mayoría, solo caemos en la cuenta ya viejos, lo de que en ese azaroso viaje que es nuestro paso por el mundo, únicamente cabe cumplirlo con provecho si se lleva a cabo con plena conciencia de lo que somos y lo que debemos a los demás: altruismo, bondad, honestidad, transmisión de conocimientos, y todo ello lejos del brillo de cegadores focos y vanas tribunas, lo había puesto en práctica Cristóbal desde su juventud, desde un humilde y callado obrar, de andaluz sin trampa ni cartón, a lo Giner. Nada más así puede entenderse, desde esa parca importancia que se daba, que una obra tan ambiciosa como la suya, de centenares de cuadros, de grabados, de dibujos, de cerámicas, no haya dado la vuelta al mundo. Basta contemplar cualquiera de ellos para cerciorarse de que no hay exageración en nuestras palabras.
            Se nace artista, como una cualidad más, el que la tiene, de un don de la sangre y la contribución de unos padres artesanos y la perfección que permite una concienzuda actividad. En su Sevilla natal, estudia en la Escuela de Artes y Oficios, y, posteriormente en la de Bellas Artes. Pensionado con una beca en El Paular, en tierras castellanas, amplia conocimientos, con un grupo seleccionado de profesores y compañeros, con los que comparte materia y objetivos. Una ciudad que respira arte a raudales por los cuatro costados, le seduce, hasta el punto de fijar allí su residencia durante un período de seis años. Dibuja y pinta cuanto tiene a la vista y más allá de ella, seres, escenas y paisajes. Con el rumor del río Clamores de fondo, lo único que perturba el silencio del monasterio, hace amistad, les ayuda en sus actividades y pinta a los monjes de El Paular. Es el obsesivo comienzo de una obra a la que permanecerá fiel de tal forma, sin faltar una jornada, que aun en los  últimos días, que precedieron a su muerte, privado de la facultad del habla, le acompañan y usa sus útiles de pintar.
            Sin embargo, en la histórica Segovia, no se detiene solo en recrear esa mezcla de misticismo y piedra que constituye su paisaje, y busca nuevos retos. Quiere saber más. En París, bebe los saberes del arte de grabar de mano de un prestigioso exiliado español, José Ortega, también sus recónditos sus secretos, el de la xilografía y de la litografía. En su Sevilla, en una época, el inicio de los 60, en que el grabado es un arte olvidado, quiere dejar constancia, a su manera, con un grito de protesta en sus personajes, jornaleros, albañiles, parados y menestrales empobrecidos, enflaquecidos, desesperados, del desgarro que le produce su situación, a los que retrata, dentro de la producción del Grupo Sevilla de Estampa Popular que funda junto a Fco. Cortijo y Fco. Cuadrado, y parte de la cual, hoy ocupa una de las salas del madrileño museo Reina Sofía.
            A Ronda llega en 1965 con una ganada plaza de profesor de dibujo para ocupar un puesto en  su Instituto de Enseñanza Media. Contaba, que lo que le decidió a venir, a una  ciudad que desconocía, fue la contemplación de un folleto turístico con la imagen de una fachada, ebria de luz y en ella el anchuroso vuelo de un rondeño cierro. En el Instituto “Pérez de Guzmán”, crea los estudios nocturnos, y día y noche  imparte clases de sus amplios conocimientos artísticos. Pero, al mismo tiempo, de mil formas, en carteles y dibujos deja oír su voz contra la represión de un régimen que no ceja en perseguir las ideas y que llena las cárceles de presos. En ellas, en sendas ocasiones, es recluido Cristóbal, que antepone a todo su profundo sentido de libertad, para exigirla porque no la hay, y desde luego, para expresar con arte la carencia de ella.
            En esos años, hasta su muerte, de intensa vida en Ronda, con escapadas a Sevilla, de ver era cómo, cada día echaba un pulso, como a tantas cosas, al amanecer serrano, a ver quién llegaba primero a pisar su pino y enrevesado suelo, y allí estaba, cuesta abajo o cuesta arriba, en un lugar estratégico, en la ladera de una montaña, o en lo más hondo del Tajo,  hasta que el sol se encumbraba bien alto, muy pendiente del vagabundeo de una nube, del vuelo de un ave, del centelleo de una luz, de la huella de un ventarrón del Estrecho en un grupo de árboles, que hacían a sus cuadros tan inefables, tan diferentes, tan vivos. Cuando el tiempo se tornaba insoportable para pintar al desnudo aire, lo hacía en su casa, o se entregaba a sus grabados y cerámicas, midiendo la temperatura de su pequeño horno, con su babi lleno de lamparones.
            Para no extenderme más en lo que necesitaría un volumen, decir cuánto echaremos de menos sus amigos, sus lecciones de humildad, la de los tesoros de sus iglesias sevillanas, su bonhomía, el preguntarnos cada mañana, a veces sin conseguirlo tras recorrer toda la población qué dónde estaría pintado hoy, como ayer, como siempre. Y no quiero pensar, cuánto lo echarán de menos, su mujer, María, y sus hijos Luis y María.
                
      




viernes, 26 de abril de 2019

ANTONIO ROMÁN, EL SERRANO QUE DERROCÓ A TRUJILLO

            Nada más contundente y severo, para trastocar el sesgo de nuestras bamboleantes vidas, que la irrupción de una guerra en ellas. Ni nada, con más virulencia que una conflagración de las características de la civil española, para sacar a relucir en los que intervienen, cobardías, heroicidades, u otras osadías o miedos que yacían latentes, y que, posiblemente, no hubieran llegado a aflorar sin el vendaval provocado por la contienda. 
            Como paradigma, entre muchos otros, bien podría servir el de Antonio Román Durán, natural de Montejaque, donde vio la luz primera en 1905. Médico militar desde 1925 y profesor de siquiatría en la Academia de Sanidad Militar, consta su afiliación al partido socialista en 1929. Pensionado por la Junta de Ampliación de Estudios de la República, el estallido de nuestra contienda le sorprendió en Alemania. En ella participaría activamente, ya ostentando el cargo en Guadarrama de Jefe de Sanidad del Ejército del Sur, como tomando las armas, siendo heridos en sendas ocasiones.
            Exiliado en Toulouse en 1939, casaría allí con otra refugiada, Rosario Domínguez, licenciada en Letras. Fue también lugar del nacimiento de la única hija del matrimonio, Rosario Román Domínguez.  En 1941, desde Las Martinicas, embarcan los tres para Santo Domingo, lugar en el que permanecerá hasta 1946, con sucesos dignos de figurar en cualquier relato de aventuras al por mayor.
            A la isla, en diferentes oleadas habían llegado entre tres y seis mil españoles, que no es que buscaran la tierra prometida sino que huyendo de la suya evitaban unas muertes, que aun acabada la fratricida guerra se contaban en España, de manos de otro dictador, en una represalia sin sentido y de innombrable crueldad, en mayor número que el componía este específico exilio.  Trujillo, acogiéndolos, perpetraba un doble juego, con todas las cartas a su favor: hacer gala de un falaz talante democrático, a la vez que se aprovechaba de lo más granado de los exiliados para mejorar todas las instituciones locales, a las que se fueron incorporando intelectuales de reconocida fama e historia.
            Por su parte los nuevos moradores, a los que no engañaba Trujillo, aceptaron de momento la situación, la más aceptable para poder ganarse la vida, la suya y la de sus familias, incluso firmando un manifiesto en el que le agradecían su actitud. Algo que, drásticamente, empezaría a cambiar unos años más tarde cuando la tiranía del dictador se hizo insoportable para ellos y para la oposición dominicana.
            Antonio Román, ejercía de profesor de sicología en la Universidad, cuando un episodio inesperado le hizo entrar de lleno en la lucha contra el dictador. En 1946, Antonio Bonilla Artiles, vicerrector de la Universidad, dominicano, que públicamente osó manifestarse a favor de democratizar el régimen, era herido de gravedad al salir de una sala de cine, por los esbirros de Trujillo. Refugiado en la embajada de Méjico, no encontraría más ayuda médica que la que le prestó Román Durán. Las consecuencias de su actitud no tardaron en llegar, Trujillo, que acusó al montejaqueño de haber introducido el comunismo en la isla, fue expulsado inmediatamente del país.
            Asilado ahora en Guatemala y declarado ya enemigo mortal de Trujillo y de su dictadura, no cejaría Román Durán en su pretensión de derrocarlo. Como primera providencia, fue autor de un manifiesto revolucionario que se distribuyó entre el pueblo dominicano, espoleándolo a que se levantara contra Trujillo. No contento con ello, participaría, como uno más en dos expediciones armadas que, saliendo de Guatemala, llegaron a Santo Domingo para enfrentarse a las fuerzas de aquél. La medida de expulsión de sus cargos como profesores de la Universidad y a varios del país, se haría extensiva en 1947 a una veintena de españoles, con el caso más conocido de la muerte del jurista Jesús Galindez, al que mandó asesinar en su apartamento de Nueva York, donde residía tras dejar la isla.
            En el aspecto cultural, asimismo en Guatemala dejarían huella el malagueño, introduciendo la sicología y creando el Instituto de Sicología e Investigaciones Sicológicas de la facultad de Humanidades, que el mismo dirigía. Derrocado el gobierno democrático en 1954, y divorciado de su mujer, volvería, puede que en ese año o en algunos más tarde, a España, para establecerse en la costa malagueña donde dirigió un centro geriátrico.

DIARIO SUR DE HOY
               
             

miércoles, 3 de abril de 2019

                                                          
TU REINO

            En el fútil reino de los sueños, abrumado de estupores, de cavernas tenebrosas, de rendijas sin fondo y pasadizos que a ningún lado llevan, es, cualquiera de nosotros, Zaide, el perenne monarca, aferrado al mullido lecho de un inamovible trono. Tus súbditos, miríadas de legiones enardecidas que conspiran con infinito furor para esclavizarte, subyugarte o enaltecerte; tu inacabable predio, un esotérico escenario, con millones de acres de tierras luminosas o sombrías, con abismos, palacios, centauros, extinguidas especies y seres inauditos que te adulan o hieren, que surgen y se desvanecen porque no son nada tuyo; donde campan a su impredecible aire, las escenas más fastuosas, más fantasmagóricas, más impronunciables, las persecuciones más feroces, las actitudes menos deseables, las fogatas que menos arden, los insondables piélagos en los que te ves sin remedio perecer, para no hundirte jamás.  
            En una rueda carente de redondeces, voltean cientos de cangilones, a los que desesperados te aferras para no ser presa de un vacío en el que no existen salideros, ni pretiles, ni agarraderos. Y cayendo andas, angustiado, desnortado, mirando caer a otros, perdido, gimiendo o riendo sin saber por qué, en una noche en la que no hay estrellas, ni montañas con sederos que alguna parte conduzcan, o en la que si atisbas presuntos caminos, se esfuman cuando a su pie estás, son caudales con ningún lecho y torrenteras con ninguna agua, que buscan océanos que nunca están.
            Tu reino, el que gobiernas sin saberlo ni gobernarlo más que en huidizos instantes, en el que eres rey y siervo a la vez, lo pueblan, a su soberano antojo, villanos y taumaturgos, que lo mancillan o enaltecen, magnates de un suspiro, que en ese menudo tiempo de sopor, cuando tú, su dueño, convocas a todas las dichas, a todo el conocimiento, a todo el amor, a todas las melodías, a toda la tácita paz que, insólita, cabe en un segundo, para que te socorran, se esfuman de súbito antes de aparecer, porque es un tiempo inabordable, inefable, inapresable, que, aunque ansías, nunca aprehendes porque nunca está a tu alcance. 
            Es tu reino, pase lo que pase en él, y pese a quien pese, que nadie te disputa,  y en él, allí, en las desasosegadas horas en que el sueño te ampara o te desespera, en las que todo se esfuma o empequeñece, eres tú, su indiscutible señor: un dueño que, en rigor, nada o poco manda.

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