martes, 18 de junio de 2019


            TODO EN UNA CERÁMICA

            Somos por estas fragosas tierras del interior, con más peñascos que planicies, y menos fortuna que las que merecerían, muy poco dados a las alabanzas; entendemos que, con  origen, en algo que, ahora,  tras siglos de constantes y enconadas luchas de razas, y otros tanto de total olvido, y no menos engaños, fluye abundantemente en el torrente de nuestra sangre, y a lo que como justificación -puede que de forma estulta-,  nos aferramos para seguir inmersos en nuestra adustez y desidia, tan antigua como arraigada. 
            Una forma, sibilina, de ahondar en la herida de ese olvido, era no olvidándonos del todo, pues usados fueron  con persistente tradición, en cualquier época, estos serranos suelos, como sitio de castigo, o mazmorra al aire libre, a los que se enviaban gobernantes y políticos transgresores de los distintos regímenes. Y por si alguna duda quedara, y, sin querer ahondar, se nos vienen a la memoria,  los de Escóiquiz, los de Ruidrejo, Beigbeder, o, como más doméstico, el del poeta y periodista malagueño Antonio Luis Carrión.
            Con muy distintas intenciones, llegaron por aquí, hollando pueblos sin descanso, con enfervorizado ánimo, para propalar una cultura de proyecciones, teatros, conferencias y libros, apenas un mes después de ser proclamada la II República, en altruista entrega, Cernuda, Bello, o Gaya, voceros de ese excepcional proyecto, sin parangón alguno en Europa, que fue la Misión Pedagógica, y de paso, mostrar su devoción por los rincones más apartados de la Serranía y por la abrupta belleza de Ronda.
            En parte por la necesidad de ganarse la vida y en parte atraídos a estos lugares, por lo que de bueno habían oído referir de ellos, y, con gran peso, por el interés de Fernando de los Ríos, a sazón ministro de Enseñanza y Bellas Artes, un par de años más tarde, en 1933, llegan Eligio de Mateos, sobrino de Dolores Rivas, esposa de Manuel Azaña, Joaquín Amigo, granadino del círculo de García Lorca y redactor con este de la revista Gallo, José Manaut, pintor y escritor valenciano, con merecida fama alcanzada póstumamente, o Antonio Palomeque, historiador y geógrafo, con una reconocida obra investigadora todavía vigente.      
             En una mañana invadida por la placidez de brisas vernales que acarician sin tapujos y de un junio cumplidor, pues actúa como se espera de él, remontando sombras, un grupo heterogéneo de sectores de la población rondeña, con amplia representación de enseñantes, cabe decir que despojados de esa ancestral y abúlica molicie que siempre nos puede, nos hemos aglomerado para llevar a cabo un acto cultural al que hubiera dado sus plácemes Francisco Giner: con plena presencia de aire libre y naturaleza de fondo, dándole un buen repaso memorístico a un capítulo de nuestra historia, para refrescarla, antes de que la maraña de polvo y años nos lo amordace y, como tantos otros, sucumba.
            Nada mas ha consistido el acto, con un sentido y breve proemio de versos y música, en la instalación de un mosaico acogiéndose al espacio enjalbegado y libre de una fachada, que fuera parte del edificio del defenestrado Centro. Inscritos han quedado en ella, en uno, una serie de homenajes y de recuerdos: a la Institución Libre de Enseñanza, a la Residencia de Estudiantes, al propio Instituto, a una plantilla de profesores de excepción, a José Manaut representándolos, y con una dolorosa actualidad, por su reciente pérdida, al autor de la cerámica, al bueno, sabio y magno artista de todo lo andaluz que fue Cristóbal, Cristóbal Aguilar.
DIARIO SU HOY
   

martes, 11 de junio de 2019


HUERA DE VISITANTES LA CIUDAD NOS ESPERA

            A la manifiesta tozudez de los cielos, tan imperecedera como su inmensidad, se deben, Zaide, estos días de pertinaz, abundantes y jugosas lluvias, que, a grandes carretadas, a apaciguar la aridez de sedientas tierras acuden. Han obrado con largueza, negativamente, en la presencia de forasteros y aunque los días han mudado luego a ser bonachones y condescendientes, la posibilidad de la vuelta a un tiempo de fríos glaciales y horizontes sombríos, que parecía ido, los ha hecho recapacitar, porque no es, qué duda cabe, lo que buscaban al dejar el calorcillo y la ternura de las almenas del hogar.
            Si detenidamente lo piensas, Zaide, te cerciorarás de que la ciudad vacía de viajeros, es más nuestra que con ellos, y que algo de esa posesión de que ahora gozamos quedaba en extrañas manos, con sus miradas usurpando las nuestras, sus pisadas y vagabundeos a los nuestros, los de los nativos. Y no es que en demasía nos importe su llegada y mestizaje, traen vida de otros lares, pregones nuevos, lo que siempre es de agradecer. Sin embargo, para la contemplación, casi mística con su prieta soledad y siglos a cuestas, la ciudad y los campos llaman en estos momentos al espíritu, a la paz interior, como si esta, tan resquebrajada y en perpetua lid siempre, no fuera ya nunca a extraviarse por conocidos vericuetos de infortunio y pesadumbre.
            Mágica, milagrosa pócima constituye, si bien te fijas, Zaide, ese montaraz escenario, al que, como a las haldas maternales el niño, se acoge nuestra ciudad, presa de un hálito en el que vibra una pizca de quietud y un derroche de gozosa eternidad. En ella, son más luengos y despejados los senderos, más uniforme el orden de la fila de olivos, más templada por la pincelada de la estación vernal la redondez de la copa de los castaños, a los que da protección y alba guarda la esbeltez de unos esparcidos álamos. Otra nívea blancura, como sábanas secándose al aire libre, se refugia en las menudas viviendas, prestas a una danza de seducción, y  más donaire aún en alguna gruesa y empinada torre sin edad, a la que marea con sus arabescos de humo una hoguera que carece de dueño.
            Durante unos huidizos y efímeros instantes, hasta podría creer uno ser parte inmanente de ese paisaje, sustancial a ese luminoso sueño de insuperable paz.

SUR DE HOY

viernes, 7 de junio de 2019


HISTORIA DE UNA CALLE Y DE UNA PLACA SIN CASA


            Cuenta nuestra calle mayor, la más afamada y transitada por nativos y foráneos pies, con una curiosa y longeva historia, a la que ella se aferra con uñas y dientes para no morir. En más de una ocasión, nos ocupamos en hablar de ello y a la que ahora nos gustaría volver, tanto por lo que puede aportar a esa legión de guías de distintas procedencia, que siguen inventando, unos oídos y otros no, a su capricho, bulos y más bulos sobre el nebuloso origen de nuestra entrañable calle: la de la Bola.
            No es que se hunda el mundo, pero molesta, a los que algo conocemos de esa historia, la reiteración con que se oye contar falsedades y cosas absurdas sobre su nombre, un nombre que algo especial deberá tener como para obviar y dejar sin sentido el oficial desde hace ya un siglo y medio. La más socorrida, aunque cada día corren más versiones, que proviene la dicha denominación de una voluminosa bola de nieve, amasada por los lugareños tras un gran temporal de los que con harta frecuencia nos visitaban en aquella época, a la que hicieron rodar recorriendo en toda su extensión la pina calle. 
            Nada más lejos de la realidad. La vida debía tener en aquellos tiempos, mediados del siglo XVIII, muy poco de juego, pero a juego se la tomaban los jóvenes, practicando con asiduidad uno, el de las bolas, en el que, muy probablemente también, dada su popularidad, de ocultas, se cruzaban apuestas; una manera, con cierta fortuna y habilidad, de ganarse unas monedas en días en los que no era fácil ganárselas; más que nada en un lugar de escasas posibilidades de hallar otra ocupación que no fuera de jornalero de sus campos, como era el barrio de San Francisco, en su plaza, donde venía a practicarse el juego.
            Otra práctica, en más poderosas manos, la de la nobleza con sus ejercicio militares, sus corceles y armas, vino a poner fin a ese escenario utilizado por los jugadores, que buscaron una nueva zona, si no más apropiada, sí más libre de otros ejercicios que no fueran los de sus miembros lanzando la bola, para la que también era necesario buena fortaleza pues era de hierro, concretamente la del tramo más céntrico y llano de la actual carrera de Espinel.
            Subyace otra historia sobre la dicha, bastante más actual, que, unida a la anterior, creo que merece ser referida aquí; más que nada por si fuera posible sacar algún provecho de ella, no es otra la pretensión que mueve a estas líneas. Con la idea de recuperar de una vez por todas, para guías y visitantes, el origen de la calle, y unir nuestro respeto a la insistencia popular de generaciones para que el antiguo nombre siguiera ahí, con la colaboración de la consejería de turismo de nuestro ayuntamiento, se fabricó, quiero recordar hace ya al menos, un año, una hermosa cerámica, obra de María Guillén,  que tiene sembrada de ellas los pueblos de nuestra Serranía, con un somero texto de su origen. La intención, claro está, era promover su instalación en cualquier fachada de la calle de la Bola. Pero no deja de sorprender, con la extensión de nuestra calle en sus tres primeros tramos, donde mejor quedaría, la de negativas recibidas para que en la fachada libre de cualquier comercio o en casa particular, luciera –que eso sería- la mencionada cerámica, con ningún gasto para sus propietarios, que correrían a cargo del ayuntamiento, y con la certeza, si se tratara de un comercio, de la segura parada de los guías y la posibilidad de que más de un turista entre a comprar. 
            No sé si ha  mediado en las adversas respuestas, la reconocida abulia y desidia rondeña, o, más bien,  un temor  a ulteriores perjuicios que por ningún lado vemos. Lo que si esperamos del nuevo gobierno municipal, y de su buen obrar, que tratándose de una proyecto bonito, y de nimio costo, tratara de finalizarlo. Si es así, por anticipado nuestro agradecimiento.

En RONDA SEMANAL HOY     


             

miércoles, 29 de mayo de 2019

A CRISTÓBAL AGUILAR, AL ARTISTA, AL AMIGO


            Hay escritos que nunca deberían ver la luz, que son los que, como el presente, destinamos, con torpe voz,  a la ingrata tarea de resumir lo que es arduo resumir: los hechos de una vida cuando ya nada queda de aquella, sino su memoria, por muy viva y por muy duradera que permanezca. Ha muerto Cristóbal Aguilar, ese andaluz, sevillano de nacimiento y rondeño de corazón,  ciudades a las que, a parte iguales, amaba con callado ardor. 
            Eso de que, la mayoría, solo caemos en la cuenta ya viejos, lo de que en ese azaroso viaje que es nuestro paso por el mundo, únicamente cabe cumplirlo con provecho si se lleva a cabo con plena conciencia de lo que somos y lo que debemos a los demás: altruismo, bondad, honestidad, transmisión de conocimientos, y todo ello lejos del brillo de cegadores focos y vanas tribunas, lo había puesto en práctica Cristóbal desde su juventud, desde un humilde y callado obrar, de andaluz sin trampa ni cartón, a lo Giner. Nada más así puede entenderse, desde esa parca importancia que se daba, que una obra tan ambiciosa como la suya, de centenares de cuadros, de grabados, de dibujos, de cerámicas, no haya dado la vuelta al mundo. Basta contemplar cualquiera de ellos para cerciorarse de que no hay exageración en nuestras palabras.
            Se nace artista, como una cualidad más, el que la tiene, de un don de la sangre y la contribución de unos padres artesanos y la perfección que permite una concienzuda actividad. En su Sevilla natal, estudia en la Escuela de Artes y Oficios, y, posteriormente en la de Bellas Artes. Pensionado con una beca en El Paular, en tierras castellanas, amplia conocimientos, con un grupo seleccionado de profesores y compañeros, con los que comparte materia y objetivos. Una ciudad que respira arte a raudales por los cuatro costados, le seduce, hasta el punto de fijar allí su residencia durante un período de seis años. Dibuja y pinta cuanto tiene a la vista y más allá de ella, seres, escenas y paisajes. Con el rumor del río Clamores de fondo, lo único que perturba el silencio del monasterio, hace amistad, les ayuda en sus actividades y pinta a los monjes de El Paular. Es el obsesivo comienzo de una obra a la que permanecerá fiel de tal forma, sin faltar una jornada, que aun en los  últimos días, que precedieron a su muerte, privado de la facultad del habla, le acompañan y usa sus útiles de pintar.
            Sin embargo, en la histórica Segovia, no se detiene solo en recrear esa mezcla de misticismo y piedra que constituye su paisaje, y busca nuevos retos. Quiere saber más. En París, bebe los saberes del arte de grabar de mano de un prestigioso exiliado español, José Ortega, también sus recónditos sus secretos, el de la xilografía y de la litografía. En su Sevilla, en una época, el inicio de los 60, en que el grabado es un arte olvidado, quiere dejar constancia, a su manera, con un grito de protesta en sus personajes, jornaleros, albañiles, parados y menestrales empobrecidos, enflaquecidos, desesperados, del desgarro que le produce su situación, a los que retrata, dentro de la producción del Grupo Sevilla de Estampa Popular que funda junto a Fco. Cortijo y Fco. Cuadrado, y parte de la cual, hoy ocupa una de las salas del madrileño museo Reina Sofía.
            A Ronda llega en 1965 con una ganada plaza de profesor de dibujo para ocupar un puesto en  su Instituto de Enseñanza Media. Contaba, que lo que le decidió a venir, a una  ciudad que desconocía, fue la contemplación de un folleto turístico con la imagen de una fachada, ebria de luz y en ella el anchuroso vuelo de un rondeño cierro. En el Instituto “Pérez de Guzmán”, crea los estudios nocturnos, y día y noche  imparte clases de sus amplios conocimientos artísticos. Pero, al mismo tiempo, de mil formas, en carteles y dibujos deja oír su voz contra la represión de un régimen que no ceja en perseguir las ideas y que llena las cárceles de presos. En ellas, en sendas ocasiones, es recluido Cristóbal, que antepone a todo su profundo sentido de libertad, para exigirla porque no la hay, y desde luego, para expresar con arte la carencia de ella.
            En esos años, hasta su muerte, de intensa vida en Ronda, con escapadas a Sevilla, de ver era cómo, cada día echaba un pulso, como a tantas cosas, al amanecer serrano, a ver quién llegaba primero a pisar su pino y enrevesado suelo, y allí estaba, cuesta abajo o cuesta arriba, en un lugar estratégico, en la ladera de una montaña, o en lo más hondo del Tajo,  hasta que el sol se encumbraba bien alto, muy pendiente del vagabundeo de una nube, del vuelo de un ave, del centelleo de una luz, de la huella de un ventarrón del Estrecho en un grupo de árboles, que hacían a sus cuadros tan inefables, tan diferentes, tan vivos. Cuando el tiempo se tornaba insoportable para pintar al desnudo aire, lo hacía en su casa, o se entregaba a sus grabados y cerámicas, midiendo la temperatura de su pequeño horno, con su babi lleno de lamparones.
            Para no extenderme más en lo que necesitaría un volumen, decir cuánto echaremos de menos sus amigos, sus lecciones de humildad, la de los tesoros de sus iglesias sevillanas, su bonhomía, el preguntarnos cada mañana, a veces sin conseguirlo tras recorrer toda la población qué dónde estaría pintado hoy, como ayer, como siempre. Y no quiero pensar, cuánto lo echarán de menos, su mujer, María, y sus hijos Luis y María.
                
      




viernes, 26 de abril de 2019

ANTONIO ROMÁN, EL SERRANO QUE DERROCÓ A TRUJILLO

            Nada más contundente y severo, para trastocar el sesgo de nuestras bamboleantes vidas, que la irrupción de una guerra en ellas. Ni nada, con más virulencia que una conflagración de las características de la civil española, para sacar a relucir en los que intervienen, cobardías, heroicidades, u otras osadías o miedos que yacían latentes, y que, posiblemente, no hubieran llegado a aflorar sin el vendaval provocado por la contienda. 
            Como paradigma, entre muchos otros, bien podría servir el de Antonio Román Durán, natural de Montejaque, donde vio la luz primera en 1905. Médico militar desde 1925 y profesor de siquiatría en la Academia de Sanidad Militar, consta su afiliación al partido socialista en 1929. Pensionado por la Junta de Ampliación de Estudios de la República, el estallido de nuestra contienda le sorprendió en Alemania. En ella participaría activamente, ya ostentando el cargo en Guadarrama de Jefe de Sanidad del Ejército del Sur, como tomando las armas, siendo heridos en sendas ocasiones.
            Exiliado en Toulouse en 1939, casaría allí con otra refugiada, Rosario Domínguez, licenciada en Letras. Fue también lugar del nacimiento de la única hija del matrimonio, Rosario Román Domínguez.  En 1941, desde Las Martinicas, embarcan los tres para Santo Domingo, lugar en el que permanecerá hasta 1946, con sucesos dignos de figurar en cualquier relato de aventuras al por mayor.
            A la isla, en diferentes oleadas habían llegado entre tres y seis mil españoles, que no es que buscaran la tierra prometida sino que huyendo de la suya evitaban unas muertes, que aun acabada la fratricida guerra se contaban en España, de manos de otro dictador, en una represalia sin sentido y de innombrable crueldad, en mayor número que el componía este específico exilio.  Trujillo, acogiéndolos, perpetraba un doble juego, con todas las cartas a su favor: hacer gala de un falaz talante democrático, a la vez que se aprovechaba de lo más granado de los exiliados para mejorar todas las instituciones locales, a las que se fueron incorporando intelectuales de reconocida fama e historia.
            Por su parte los nuevos moradores, a los que no engañaba Trujillo, aceptaron de momento la situación, la más aceptable para poder ganarse la vida, la suya y la de sus familias, incluso firmando un manifiesto en el que le agradecían su actitud. Algo que, drásticamente, empezaría a cambiar unos años más tarde cuando la tiranía del dictador se hizo insoportable para ellos y para la oposición dominicana.
            Antonio Román, ejercía de profesor de sicología en la Universidad, cuando un episodio inesperado le hizo entrar de lleno en la lucha contra el dictador. En 1946, Antonio Bonilla Artiles, vicerrector de la Universidad, dominicano, que públicamente osó manifestarse a favor de democratizar el régimen, era herido de gravedad al salir de una sala de cine, por los esbirros de Trujillo. Refugiado en la embajada de Méjico, no encontraría más ayuda médica que la que le prestó Román Durán. Las consecuencias de su actitud no tardaron en llegar, Trujillo, que acusó al montejaqueño de haber introducido el comunismo en la isla, fue expulsado inmediatamente del país.
            Asilado ahora en Guatemala y declarado ya enemigo mortal de Trujillo y de su dictadura, no cejaría Román Durán en su pretensión de derrocarlo. Como primera providencia, fue autor de un manifiesto revolucionario que se distribuyó entre el pueblo dominicano, espoleándolo a que se levantara contra Trujillo. No contento con ello, participaría, como uno más en dos expediciones armadas que, saliendo de Guatemala, llegaron a Santo Domingo para enfrentarse a las fuerzas de aquél. La medida de expulsión de sus cargos como profesores de la Universidad y a varios del país, se haría extensiva en 1947 a una veintena de españoles, con el caso más conocido de la muerte del jurista Jesús Galindez, al que mandó asesinar en su apartamento de Nueva York, donde residía tras dejar la isla.
            En el aspecto cultural, asimismo en Guatemala dejarían huella el malagueño, introduciendo la sicología y creando el Instituto de Sicología e Investigaciones Sicológicas de la facultad de Humanidades, que el mismo dirigía. Derrocado el gobierno democrático en 1954, y divorciado de su mujer, volvería, puede que en ese año o en algunos más tarde, a España, para establecerse en la costa malagueña donde dirigió un centro geriátrico.

DIARIO SUR DE HOY
               
             

miércoles, 3 de abril de 2019

                                                          
TU REINO

            En el fútil reino de los sueños, abrumado de estupores, de cavernas tenebrosas, de rendijas sin fondo y pasadizos que a ningún lado llevan, es, cualquiera de nosotros, Zaide, el perenne monarca, aferrado al mullido lecho de un inamovible trono. Tus súbditos, miríadas de legiones enardecidas que conspiran con infinito furor para esclavizarte, subyugarte o enaltecerte; tu inacabable predio, un esotérico escenario, con millones de acres de tierras luminosas o sombrías, con abismos, palacios, centauros, extinguidas especies y seres inauditos que te adulan o hieren, que surgen y se desvanecen porque no son nada tuyo; donde campan a su impredecible aire, las escenas más fastuosas, más fantasmagóricas, más impronunciables, las persecuciones más feroces, las actitudes menos deseables, las fogatas que menos arden, los insondables piélagos en los que te ves sin remedio perecer, para no hundirte jamás.  
            En una rueda carente de redondeces, voltean cientos de cangilones, a los que desesperados te aferras para no ser presa de un vacío en el que no existen salideros, ni pretiles, ni agarraderos. Y cayendo andas, angustiado, desnortado, mirando caer a otros, perdido, gimiendo o riendo sin saber por qué, en una noche en la que no hay estrellas, ni montañas con sederos que alguna parte conduzcan, o en la que si atisbas presuntos caminos, se esfuman cuando a su pie estás, son caudales con ningún lecho y torrenteras con ninguna agua, que buscan océanos que nunca están.
            Tu reino, el que gobiernas sin saberlo ni gobernarlo más que en huidizos instantes, en el que eres rey y siervo a la vez, lo pueblan, a su soberano antojo, villanos y taumaturgos, que lo mancillan o enaltecen, magnates de un suspiro, que en ese menudo tiempo de sopor, cuando tú, su dueño, convocas a todas las dichas, a todo el conocimiento, a todo el amor, a todas las melodías, a toda la tácita paz que, insólita, cabe en un segundo, para que te socorran, se esfuman de súbito antes de aparecer, porque es un tiempo inabordable, inefable, inapresable, que, aunque ansías, nunca aprehendes porque nunca está a tu alcance. 
            Es tu reino, pase lo que pase en él, y pese a quien pese, que nadie te disputa,  y en él, allí, en las desasosegadas horas en que el sueño te ampara o te desespera, en las que todo se esfuma o empequeñece, eres tú, su indiscutible señor: un dueño que, en rigor, nada o poco manda.

            EN DIARIO SUR DE HOY

sábado, 2 de marzo de 2019


ARTURO REYES POR  LA SERRANÍA

            Entre los muchos méritos que caben atribuirle a Arturo Reyes como literato, habría que reconocerle, en destacado estadio, un amor por su tierra malagueña que, en su caso, además, no se detuvo, como en el de otros paisanos escritores, en la ciudad en la que vio la luz, llevándolo con idéntico fervor a los apartados rincones de la provincia poco tratados y menos conocidos.
            El gusto por lo que estando tan cercano, tan remoto y desconocido aparecía, se plasmaría con especial brillo y colorido en el montaraz y soberbio escenario de la Serranía rondeña, actuando, incluso, ante sus amigos de oficio como ilustre difusor de una rutilante atmósfera, cuyo resplandor quería llegara también a ellos.
            En este empeño, para su personal historia, la de sus acompañantes y la de la literatura andaluza, han quedado los avatares de esa excursión de unos días en la primavera de 1910, en tren con destino a Jimera de Líbar, y, luego, a caballo, riberas del Guadiaro adelante, emprendida en unión de Narciso Díaz de Escobar y Antonio Nicolás, autor del jugoso relato del viaje. 
            No es solo Jimera, de la que cantará sus encantos Reyes, con un largo poema en octavas, recreando un idílico ambiente pastoril, igualmente presente en su aplaudida novela Cartucherita, sino que toda la Serranía será para él sitio de observación para idear personajes y escenarios en sus abundantes novelas y cuentos.
            Con argumento que se desarrolla en Ronda, hallamos el cuento titulado Al borde, con acción que tiene lugar en el Tajo, donde un grupo de personas se descuelga por el abismo con cuerdas buscando nidos de águilas. El tema de los contrabandistas y su persecución por los escopeteros o guardia civil, está en el titulado Entre breñas, presentando tipos muy de su tiempo y de la tierra:
            “Tos los de Gaucín y los de Igualeja, y los de Jimera, y los de Arriate conmigo por si sa menester pararles los pies un rato a esos caballeros” (sus perseguidores).
            Con parecida atmósfera, pero esencialmente girando la acción en torno a una gentil serrana, Mariquita Rodríguez, transcurre la novela corta en tres capítulos, de nombre La niña de Montejaque, con el que su autor quiere reflejar el indómito carácter de los nativos, puesto en evidencia en cientos de históricas ocasiones, aunque muchas no trascendieran todo lo que merecían: pero sí que bien lo resalta él a propósito de una conversación de la protagonista con su tía, a quien quieren quebrar la voluntad para contraer matrimonio con quien no desea: “… pero es que yo no quiero casarme; primero, porque no hay mozo que a mí me tire pa tanto, y segundo, porque yo no necesito de nadie pa que ni a usted ni a mí nos falte nunca trigo en el troje…”.
            Bien retrata Arturo Reyes, con veraz pincelada, la casa de Mariquita, igual a la de tantos pueblos de esa Serranía medio ignorada todavía hoy en día y en los que no mucha mudanza han traído los tiempos, en las “que fulge el sol en ventanas, en las blancas paredes, y en la blanca techumbre”, con mesas de pino, sillas de enea, “y dos o tres macetas de rosas y claveles… delatando la mano incansable y pulcra de una mujer hacendosa”…

 Diario SUR de hoy.

             
            
                       

lunes, 28 de enero de 2019

CONTAR ESTRELLAS Y CUADRARLAS ES DE DIOSES



            En nuestras febles luces, briznas que perplejas otean el vasto universo, imaginarnos podemos que, en el perenne asueto que les deja el gobierno de sus eternidades, los dioses matan su tiempo jugando a contar los millones de estrellas que los rodean; su número exacto, ni una más ni una menos, un recuento del que ni una de ellas escapa.
            Aunque torpemente y cada uno con sus fuerzas, un cierto remedo nos cabe a los humanos. En el empeño, de desear sería que esotéricas fórmulas ayudarte pudieran en esa ingente locura  de contar astros, de acotarlos. Como utópico eso es, Zaide, para calmar tu sed de aprehender magnitudes que humana medida no tienen, te propongo esta voluntariosa simulación:
            En la augusta calma en la que moran las densas sombras, mejor si el silencio impera, elige mirando a las alturas una parcela de cielo. A diestra o a siniestra, es lo de menos, ni muy amplia ni muy henchida de astros, para que sobre ella un mínimo dominio visual ejerzas. Te recomiendo, no te extralimites en eso de la elección de la etérea superficie, por lo que te he dicho y porque por nimia que sea relucirán, cegadoras, deslumbrándote, como áureos doblones medievales, miríadas de estrellas.
            Fija, luego tus ojos, con gran esmero, en quince, veinte, o treinta, como mucho, de ellas. No es una lista que se diga cerrada, ya que alguna puede colarse o fugitiva huir; pero en las que se  mantengan inamovibles tendrás que aplicarte para intentar lo que te sugiero hagas después:
            Lo más peliagudo, como en todo, es el comienzo, ya que has de conseguir colocar la imagen de los que amas, una a una, con harto celo y ambición, no hay que decirlo, en cada astro, sin descartar, desde luego, a los fallecidos. Será cuestión de meses, puede que de años, pues ardua y parsimoniosa es la tarea, dependiendo también del fervor y del período de tiempo que cada noche le dediques; pero a la larga, con esa infinita paz que desprenden las tinieblas, cuando llegue el momento,  éxtasis que no es para contar, será una gloria casi cercana a la de los dioses, ver aparecer en tu estrellada parcela, en la faz de dos, tres docenas de ellas, la de tus padres, la de tus hermanos, la de la madre de tus hijos, la de los hijos de estos, componiendo un friso que no es para contar, un santuario de santuarios a tu solo alcance, que es y no es de este mundo,; sí, tal vez, de ese otro que, queremos creer, más temprano o tarde nos espera.


lunes, 21 de enero de 2019




Los trabajos serranos de Miguel de Cervantes


            Nimbado con sus méritos literarios, cuesta a veces creer que Cervantes, aparte de su vida de genial escritor, tuviera, sin aparente relación con esta, otra menos conocida, llena de penurias y desilusiones, como cualquier humano. Y es que su obra como escritor, y sobre todo ese monumento para entender con una única lectura, sin buscar más, el vecino mundo de reír y llorar, conociéndolo de su mano, que es Don Quijote, de tal modo idealiza la figura de Cervantes, que solo la retratamos en nuestra mente como urdidor de un mágico friso de sueños e imperecederas historias, olvidando la más material y real.
            No hace falta decir, sin embargo,  lo azarosa y compleja que fue la última, de lo más agitada, aventurera y sufrida, con cientos de peripecias y destinos, de aquí y allá, donde le llevaba su sino, coadyuvando de paso, con miles de ideas y de mimbres, a la creación de su novela cumbre, ese resplandeciente cesto sin fondo en el que todo bulle y emociona, en el que todo cobra sentido sin, al parecer, pretenderlo.
            En esa batalla interior entre comer y escribir, y en su deseo de, al menos, poder compaginar ambas actividades se inscribe por su mayor biógrafo hasta hoy, Astrana Marín, el empeño de Cervantes por encontrar un empleo de cierta autonomía y bien remunerado, sin la molesta cercanía de superiores y con tiempo libre par escribir o ir dando forma a sus proyectos literarios. Acogiéndose a amigos influyentes, un día de agosto de 1594, cree Cervantes encontrar si no el empleo ideal sí un buen sustituto, cuando es nombrado comisario o encargado de cobrar impuestos de tercias y alcabalas, que tenía pendientes de ingresar las arcas reales en el reino de Granada. Obligado quedaba, en el ejercicio de su oficio Cervantes a recaudar lo adeudado en el plazo de 50 días, cubriendo ocho leguas, al menos, en cada uno de ellos, o unos cuarenta y cuatro kilómetros, sin que se contara en ese período los obligados viajes a la Corte a rendir cuenta al Rey. Las  partidas eran siete, correspondientes a ese número de zonas de Andalucía. De un total adeudado a las arcas reales de 2.459.989 maravedíes, entre ellas la de 454.824 maravedíes correspondientes de las tercias de las tierras de Ronda.
            En noviembre, la deuda general estaba cobrada, siendo la de Ronda la única en la que todavía estaban pendientes de cobro 24.975 maravedíes, que según el escribano de Felipe II en Ronda, Sebastián de Montalbán, se debía a un error de la contaduría real, que pretendía cobrar más de lo debido. En cualquier caso, mientras se aclaraba el desfase o no, como cumplido estaba el plazo, de pedir hubo Cervantes al Rey una ampliación de este, que le concedió 21 días más de estancias en nuestras tierras. No obstante, Cervantes, con la salud debilitada, en esta última etapa dejaría en manos de su ayudante Nicolás Benito la tarea de recaudar lo reclamado; decisión que lamentaría pues el asunto llegará a enredarse de tal maneras como para darles inesperados quebraderos de cabeza y poner la Hacienda Real en duda la efectividad de su nombramiento como recaudador.
            Es cuando menos digno de comentario, el destino que se la daba a la provisión de trigo de las tierras de Ronda y de las poblaciones que comprendía, con los impuestos reales dichos, que no era otro que el de harina para fabricar bizcochos, uno de los alimentos esenciales, además de garbanzos, habas y queso, para los marineros y soldados de las galeras en sus viajes a América y a otras colonias, de las numerosas que España tenía en la época. Que la más importante fabricante de bizcochos, y también receptora de estas cosechas fuera una sevillana, Magdalena Enríquez, casada, de más saberes que los de hornear pan y galletas, pues, algo raro en una mujer entonces, sabía leer, escribir y echar cuentas, ha dado que hablar a sus biógrafos.  Normal era que Cervantes con ella se entendiera para asuntos relacionados con su actividad de recaudador y el destino que se le daba a las mieses; pero, parece que, igualmente,  otros menos sólitos y  lícitos entraron en el mercantil intercambio en juego, añadiendo nuevas páginas al capítulo de la vida amorosa del preclaro genio.

En el Diario Sur de hoy día 21





             
            
            

miércoles, 2 de enero de 2019

POR DOQUIER PREGUNTÉ

            Al hosco viento del norte, el de afilado cuchillo, pregunté por su morada, de dónde llegaba, si su casa se alzaba al amparo de campos bardados de espinos, junto a bosques impasibles que huían de hirientes luces, ajenos a la mirada y voracidad de otros seres, junto a la cálida compañía de amables brisas; si auriga era de algún desconocido amo, y si este, cada madrugada, con el sol aún madurando los rayos en su alcázar de fuego, le daba las órdenes precisas de suelos en los que galopar, dónde soplar y a que lugares con más saña azotar. 
            Calló y no me contestó.
            A la mansa y apocada aura del sur, la de dulces pregones, le inquirí sus orígenes. Si es que nacía de la inacabable placidez de noches con luna llena y bandadas de estrellas amasando con ninguna prisa el silencio magnánimo del universo infinito; o bien, nacía a lomos de ondas maternales, en piélagos de sostenida galanura, no quebrados por corrientes traidoras que empañaran la quietud de sus aguas serenas.
            Calló y no me contestó.
            Al cantarino arroyo, que con apresurado paso, acunando en su seno baladas de tiernos torrentes, por un manido sendero de honduras y riberas de densas frondas, enfilaba su ancestral y manida ruta hacia un destino inamovible, por no gozar de otro, le pregunté si en tantos miles de años, en tantas centurias, en tantas millones de fracciones de tiempo, alguna vez, en algún milagroso instante, dispuso de la mínima ocasión de trocar su infalible destino, de verter su límpida y rumorosas corrientes en otros ríos, en otros mares que nos fueran los de siempre.
            Calló y no me contestó.
            A la rosa, venero de sedas, carmines y fulgores de fiesta en sus pétalos, que atraía fogosas miradas y vendía miríadas de poesía a trovadores para su florido reino; que lucía en sacros altares, en virginales coronas de esponsales, en desfiles de gloriosas victorias, y en estancias imperiales, pregunté si valía la pena ser reina en un luminoso momento, para no ser nada en el siguiente, sin trono, adoradores, ni serviles cantores, condenada a marchito penar.
            Calló y no me contestó. 
            Al andrajoso eremita, en la silente fragosidad de riscos y desnudas rocas, en las que se refugiaba, apartado de los suyos y de un desgajado mundo, cuando hacía un alto en sus rezos y meditaciones, le pregunté si imprescindible era que hubiera que verter lágrimas para esperar que otra vez la risa aflorara, si enfermar para sanar, si dormir para despertar, si desengañarse para creer, si nacer para morir.
            No me contestó, pero sí que con la mirada me mostró su cueva.


             Artículo en Sur de hoy